Foto-Fatima-Daas2

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El Cultural

Fatima Daas: "Mi única forma de aceptar mis contradicciones es hacer bricolaje con ellas"

La escritora francesa debuta con una novela autobiográfica en la que explora su condición de musulmana, lesbiana e hija no deseada

5 noviembre, 2021 17:53

Fatima Daas (Saint-Germain-en-Laye, Francia, 1995) es la última de una familia de cinco hijos, de la que solo quedan cuatro, según su primera novela La hija pequeña, que estos días publica en España Cabaret Voltaire. En el Instituto Francés, Daas ha conversado con Elizabeth Duval sobre la novela y la repercusión mediática de un libro en el que se abordan temas como el Islam, la homosexualidad y la identidad francesa de la población magrebí a la que pertenece la autora. Al día siguiente, El Cultural queda con ella en la sede de la editorial española. La autora se acerca, me da la mano, me recibe con una mirada franca y sincera, pelo desordenado y rizado. Con una sudadera roja, la autora parece tan joven que cuesta creer el éxito que está teniendo en Francia. Sin embargo, aquí está, simple y pura como su escritura. 

Hasta que descubrimos que, en los suburbios parisinos donde nació y creció, Fatima Daas ha tenido que luchar más que los demás. La escritora francesa mira de frente y a través de sus ojos negros descubrimos una paz casi mística con la que nos explica que el amor lo cambia todo y que “ama a una mujer, como también ama a Dios”. Conciliar la homosexualidad con el hecho de ser musulmana no es aceptado por todo el mundo, explica con un tono que ya muestra el largo camino que esta joven autora ha tenido que recorrer. 

La hija pequeña es una novela breve, con un estilo propio, en la que todo reside en la simplicidad de sus propósitos. La autora consigue expresar lo máximo con el mínimo de palabras. Hay que buscar el significado entre líneas, en esos espacios en blanco por donde, a través de sus silencios, se cuela la narradora. Daas busca definir su identidad como define cada palabra, a través de su etimología y de su historia. 

En tan solo cuatro semanas, esta preciosa novela alcanzó la segunda edición y al poco tiempo obtuvo el Premio Les Inrockuptibles. La novela, que habla del paso de la infancia a la adolescencia y a la edad adulta, cuenta la vida de Fatima, la mazozia, la menor, argelina, musulmana, francesa, finalmente escritora, la que vino por accidente y cuyos padres desearon que fuera un chico. Con ese historial arranca la novela, cuyo estilo la hace repetir comienzos, analizar palabras, detenerse en las etimologías, descubrir cómo la sexualidad no está reñida con la fe. 

Pregunta. Un personaje en busca de su identidad en una ciudad en la que se siente, desde que nace, rechazada. Para definirse, ¿es importante primero definir el lugar que uno ocupa en su familia? 

Respuesta. Para mí lo ha sido. Uno cree siempre que el pequeño entre los hermanos es el mimado, a quien se le toleran más cosas. Es el hijo al que más se protege, pero que suele ser el resultado de un error, por no decir un accidente, y que llega después de muchos hijos... Hablo de las familias numerosas, como fue la mía. Me interesaba preguntarme por ese preciso lugar cuando, como yo, se llega la última. Cuando una, claramente, no ha sido deseada y descubre que sus padres aspiraban a tener un hijo. Desde el nacimiento, la hija menor no se siente en su sitio dentro del nido familiar. Y se siente sola. 

P. ¿Diría usted que la primera novela es siempre autobiográfica? 

R. ¡No solo la primera novela! Pienso que el primer libro, como todos los demás, tiene una parte de autobiografía importante, a menos que el escritor esté totalmente desconectado de sí mismo y escriba algo que no tenga nada que ver con él. En mi novela es muy visible. No me escondo al decir que soy francesa de origen argelino y musulmana. Pienso que es importante partir de uno mismo. 

P. Idioma, cultura, geografía… Usted que nace en Francia, pero no se siente de este país, ¿qué hay que hacer para ser y sentirse francés? 

R. Es una pregunta que me hago desde siempre. La mirada exterior nos muestra que somos extranjeros. No tendríamos quizá ese sentimiento si no lo viéramos reflejado en la mirada de los demás que nos dice que venimos de otro mundo. Sabemos que nuestros padres no fueron bien acogidos. Con eso, ¡qué difícil es sentirse francés!

»Cuando era pequeña no me lo planteaba. Era la única en una familia que había nacido en Francia y me recordaban constantemente que yo era francesa. Con el paso del tiempo entendí que la situación es más compleja. Que tenía dos historias y que debía separarlas. Por eso, desde la escritura parto de la etimología de las palabras para buscar sentidos, para decir hasta qué punto lo que nos transmiten, la manera en la que nos educan y que nos imponen las cosas, influye en lo que somos. Mis capítulos empiezan todos de la misma manera: “Me llamo Fatima Daas, soy la hija menor, soy musulmana, soy francesa”, etc. Es lo que nos dicen los demás y sobre lo que me cuestiono. Entender dónde estamos entre esa maraña de identidad. 

P. En su novela dice que su lesbianismo es un refugio, pero que ser lesbiana es también adoptar un cierto comportamiento. ¿A qué se refiere?  

R. Quiero decir que, si eres lesbiana, no estás desconectada de la cultura lésbica, de los códigos como lesbiana política, por ejemplo. En Francia, si eres lesbiana no puedes ser solo eso, sino que debes adoptar una forma de ser. Implica separarse de unos códigos sociales para adoptar otros.

P. Por eso cuando afirma que debe hablar en nombre de las demás mujeres significa que seguimos teniendo que defendernos. 

R. Desde luego, aunque yo ya he dejado de querer adoptar ese rol. Me mata el tener siempre que justificarme. Creo que, por ejemplo, la recepción de mi novela en Francia no ha sido la que se le ofrece a todos los escritores. Es verdad que se ha hablado mucho del libro, pero de forma reductora. Tengo la impresión de que se habla más de mí que de mi novela. Se busca que tome posición sobre el Islam cuando en la novela hablo de la fe que siento, pero no tomo posición política. 

»Se coloca a la mujer en un lugar en que debe defenderse y por eso, pienso que hay que salirse de ello. Me gustaría que no se tuvieran prejuicios al leer mi novela. 

»Yo tengo una novia, rezo mis cinco oraciones diarias y lo vivo muy bien. Me he reconciliado con mi fe. Soy una simple chica que ha publicado su primera novela de éxito. Soy lesbiana y musulmana. Punto final. Estoy en calma con mis ideas y conmigo misma y no tengo ganas de perder energía contestando a las críticas de los demás.

P. La hija pequeña también habla del paso de la infancia a la adolescencia y a la edad adulta. ¿Piensa usted que los jóvenes de hoy viven estas etapas de manera diferente a sus antepasados?

R. Por supuesto. Para mis padres, nosotros éramos unos caprichosos. Mi madre dejó el colegio a los dieciséis y su padre trabajaba como un animal en Argel. Yo crecí en un país en el que me hicieron sentir que no era bienvenida. Nuestras problemáticas son totalmente diferentes. Mi familia viene de una pobreza extrema, yo la tuve de niña, pero luego no. Pienso que la diferencia reside en las preguntas que nos hacemos sobre la identidad. Nuestros padres jamás se plantearon los mismos problemas. De hecho, hoy en día hay jornadas dedicadas a la infancia, a la adolescencia, a la juventud, como si estos jóvenes fueran un ente aparte. También es una manera de recordarles que no son adultos, que no pueden pensar por sí mismos y que no pueden actuar. Cuando yo lo que veo es muy diferente, veo a jóvenes sensibilizados sobre aspectos de la vida sobre los que la generación anterior no lo estaba. Cuando yo era joven no se hablaba de la homosexualidad. Hoy en día está aceptada. 

P. El final de su libro es de lo más sorprendente. En primer lugar porque usted afirma su identidad a través de la negación: “este libro cuenta la historia de una mujer que no es argelina, que no es francesa. Ni de París, ni de Clichy”. ¿Qué define entonces a una persona?

R. Lo que es más importante para ella. Hace unos años yo no decía que era feminista interseccional por ejemplo, y ahora sé que debo conocer mi lugar dentro del feminismo. Para escribir tuve que averiguar lo que era importante para mí. ¿Cómo me definía? Saber con qué me quedaba, entre lo que me decían que era o cómo me educaron. Pienso que nunca se define completamente a una persona. Somos movimiento. Tanto el discurso como el pensamiento cambia por ser movimiento. El ser humano avanza. 

P. En segundo lugar, me sorprendió el lugar que otorga a una madre, tan diferente a usted, a la  narradora... 

R. Es cierto, pero mi madre es un modelo de fuerza, de paciencia, de coraje. Ella me transmitió valores que espero no perder nunca y pienso que al final consiguió que sintiera esta especie de calma y de orgullo, incluso en las contradicciones. Por eso, mi novela no trata de una ruptura, de un padre violento, de una madre argelina y sumisa. No. La idea es intentar guardarlo todo a través del amor, hacia el padre, hacia la madre, hacia Dios y hacia su país y con todo ello, moldear. Mi única forma de aceptar mis contradicciones es hacer bricolaje con ellas.

P. Hace referencia a España en varios momentos a lo largo de su libro. ¿Cuál es su relación con nuestro país? 
R. España fue el primer país que visité cuando era pequeña. Adoraba el español en el colegio. Estoy feliz que mi novela se haya traducido al español y además en la Editorial Cabaret Voltaire junto a otros nombres que para mí son un referente, como Annie Ernaux y Abdelá Taia.