Image: Carlos Saura
Escena de Goya en Burdeos, de Carlos Saura
Son viajes ideales, viajes soñados, pero esta vez desde la ficción. Porque viajar es también un placer cuando se hace desde las páginas de un libro, la imagen sugerente de un cuadro, una fotografía, desde la butaca de un cine. Y así, nos vamos al Nueva York de Paul Auster, al Sáhara de El paciente inglés, al Cape Cod de Edward Hopper...
"Me gustaría -dice el cineasta- haber estado dentro de Las meninas, conocer personalmente a Velázquez y ver cómo pintaba tan excelso cuadro. Cuando era joven a alguien se le ocurrió poner en el Prado el cuadro de Velázquez frente a un enorme espejo en la pared de enfrente. Uno podía entonces entrar y salir del cuadro como un personaje más. Ya ves". Y es que uno de los momentos más mágicos del laberinto de espejos sauriano lo encontramos en Goya en Burdeos, cuando Goya descubre Las meninas de Velázquez, donde, como bien sabemos, el autorretrato del artista ocupa el motivo principal, y el retrato regio se adivina en un espejo. O, quizá, como dice Goya en la película, "todo el cuadro se refleja en un espejo". Mientras se inscribe en los márgenes del cuadro, habita sus espacios, colocándose como punto de fuga de la historia del arte, Goya dice que la pintura "parece inacabada, ligera, con la apariencia de hacerse sin esfuerzo, fuera de todo tiempo, espacio y lugar". Esa misma ambición es la que ha perseguido el cine de Carlos Saura a lo largo de medio siglo de carrera.