El Cultural

Cacharros (6): Asombroso Liliput

Abel Hernández
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Hace ya (quién lo diría) dos años y medio desde nuestro primer acercamiento al universo paralelo de los nuevos cacharros musicales. En aquel momento intentábamos asimilar la proliferación exponencial de ciertos instrumentos electrónicos salidos del entorno geek y concluíamos que cada vez estaban más presentes en la vida musical de aficionados y profesionales, como simples juguetes divertidos y otras cosas. Nos asomábamos entonces a lo que poco a poco hemos ido comprendiendo como un trenzado coherente de diversos sistemas dentro de la música actual: la siempre fundamental a lo largo de la Historia relación entre la creación musical con la tecnología, es cada vez más íntima y erótica; la música como una forma de programación open source y colaborativa; la interconexión en red muy relacionada con la dinámica lúdica participativa y de reto entre cómplice de los videojuegos; los flirteos con lo automático (instrumentos que tocan casi o del todo solos), con el absurdo, el error y el azar y el amor por lo portátil, lo pequeño, lo accesible en la palma de la mano, en ocasiones también a precios nimios. El gadget doméstico (móvil, tableta) como juguete musical y el juguete musical cada vez más extendido como instrumento también para los músicos que se lo toman un poco más en serio.

Así, a medida que los estudios virtuales de los PC se vuelven cada vez más completos y profesionales, permitiendo a millones de personas hacer sus propias grabaciones y producciones desde la sala de estar de sus casas, parece que tabletas y móviles táctiles se vieran empujados en una multiplicación incesante de las innovaciones en apps musicales que revisitan instrumentos de toda la vida o crean apasionantes nuevas formas de generar (quizá en utilizar esa palabra en lugar de crear, esté un poco la clave) nuevas formas mediante lo intuitivo, gracias a las características visual-táctiles.

Y ello, si no está produciendo a su vez un efecto dominó en el contexto de los instrumentos electrónicos, al menos sí parece seguro que puede relacionarse o cuanto menos encajar con la salida de nuevos instrumentos de teclado que reúnen buena parte de esas características.

Al calor de las legiones de aficionados (empezando por los músicos) a recuperar instrumentos y juguetes en general de poca monta de esa época (desde los 70 a los 90) en que las marcas japonesas intentaron instalarlos en cada hogar de occidente, a la sombra de los que los tunean mediante circuit bending, que surgen por doquier, la demanda en el mercado de segunda mano de pequeños teclados se convierte en algo brutal.

Ello no quita para que en el mercado de segunda mano los teclados y sintes grandes y prestigiosos del pasado, en especial los analógicos, también tengan una demanda cuantiosa. Buena prueba de ello está en el hecho de que grandes casas históricas y blasonadas como Moog (las familias Minimoog Voyager, Phatty, Taurus), Korg (que acaba de reeditar el MS-20), Waldorf (con su increíble piano eléctrico Zarenbourg) e incluso Mellotron (Mark VI) estén reeditando sus máquinas a precios medios-altos y al parecer vendiendo bien el percal. O casas de electrónica como Doepfer (por poner un ejemplo), que no dejan de proponer nuevos módulos para grandes sintetizadores de pared o de habitación, que también encuentran su eco.

Y no deja de ser curioso que esté surgiendo una tendencia (sobre la cual seguiremos informándonos) a convertir los teléfonos en módulos de interfaces mucho más amplias y quizá inútiles como el Engadget.

Pero en esta columna aérea no podemos dejar de pensar en esto último como reacciones al liliputianismo, directriz principal salida de modos de producción musical de los entornos domésticos más o menos profesionales. Porque lo que sigue imparable es el avance de lo cacharros más o menos asequibles, pequeños o diminutos, versátiles y ligeros y ya no sorprende que se consolide una gama media y alta donde la calidad profesional de prestaciones y de sonido, se unen a la facilidad (tan geek) de manejo y pensados para la interconectividad.

Las mismas marcas citadas lo confirman creando, a la vez que esas reediciones de monstruos sintéticos, una gama económica, de fácil acceso y manejo y compatible con el juego y lo profesional. Ya hemos mencionado en alguna ocasión el estirón propuesto por Korg con toda sus gamas bajas (de precio) de Monotron, Kaoss, Monotribe o Volca, pero no están solos. Hay muchos más en la familia de sintetizadores asombrosamente versátiles y baratos (para lo que son) de compañías como Waldorf (los sintes Blofeld, Pulse 2 o el Rocket), Moog (los Moogerfoogers, el Minitaur) o Doepfer (Dark Energy). Hasta Dubreq ha llevado más lejos su recuperación de la curiosidad Stylophone con el modelo 2, que está hecho todo un mozo ya.

Pero no queremos dejar de destacar a dos marcas que están creando algo más que versiones portátiles de sintes, dos que nos parece han comprendido a las mil maravillas el nuevo juego, esa tendencia a jibarizar y “juguetizar” los nuevos artilugios de teclado, pero haciendo aperos potentes y más que compatibles con muchas otras herramientas analógicas o digitales.

Los fabricantes del este de EEUU Critter & Guitari llevan unos tres años creando una nueva gama de cacharros que acaso profundizan y llevan más allá el actual paradigma. Instrumentos con un aire a reciclaje psicodélico de inventos rusos de la época soviética, dispositivos con mucha chispa y con la vista puesta en todas las posibilidades. Buen ejemplo de ello es el sampler de bolsillo Loopbox y especialmente ese Pocket Piano cuyas teclas son más bien como los bajos de un acordeón y que encierra un sinte interesante, un arpegiador y, en su versión MIDI, un controlador. Se les ha dado la apariencia de juguetes pero, en su simplicidad, encierran muchísimas posibilidades. Precisamente con esa mezcla de ingenuidad y posibilidades mágicas y de expansión de la mente musical se venden, haciendo un marketing inteligentísimo, tan sin pretensiones como cool, en una imagen acorde a sus productos.

Por su parte, los suecos de Teenage Engineering tampoco son mancos en saber cómo vender en estos tiempos. Ellos han creado el objeto de deseo más polémico de los últimos tiempos, el OP1, un teclado del tamaño y peso similar al de éste que usamos ahora mismo para escribir. El OP 1 tiene un diseño de lo más atractivo que recuerda a los primeros casiotones (como el VL-Tone, por ejemplo), aparentemente cuenta con botones en lugar de teclas, aunque en realidad su sensibilidad de toque es colosal y esconde una funcionalidad alucinante. Parece normal la polémica que ha provocado su alto precio (unos 800 €) pero Teenage Engineering lo han pillado y los venden como churros. Los suecos se han olvidado de hacer el mejor sinte o el mejor sampler o el mejor controlador, pero han visto la necesidad de interconectar y tener a mano de manera fácil todo en uno, dilatando al máximo las posibilidades de esa concentración. Todo ello es el OP1: sintetizador de ocho procesadores, con múltiples efectos de toda la vida pero puestos al día, con un sampler que incluye micro y antena de Radio FM, controlador MIDI y una grabadora digital de cuatro pistas incorporada, con sensores de fuerza para movimiento y demás. Sobre todo un sistema gráfico y una fascinante interfaz en una pantalla LCD bien pensada y a todo color y, claro, todo fácil, batería con dieciséis horas de autonomía. Eso aderezado con software en permanente actualización de su sistema operativo para el que agregan funcionalidades y con nuevas herramientas físicas (para usar los potenciómetros) que amplían las maneras de controlarlo y activarlo. Además, Teenage Engineering se convirtieron hace unos meses en la primera marca del mundo en abrir la descarga de diseños a imprimir en 3D, de sus repuestos y piezas para ampliar el manejo del teclado. Quizá sea un poco lujo, sí, pero bienvenidos al futuro.

Al margen de su consciente utilización del diseño industrial y el marketing, Critter & Guitari y Teenage Engineering crean herramientas musicales poderosas y demuestran que no estamos ante una simple moda aunque a veces se confunda con ello. Hablamos ya de cacharrería que compra gente que hace música para hacer otra música. El impacto de estas aunque incipientes ya nuevas tecnologías parece difícil de prever pero ya está ahí, se siente.

Otros Cacharros:

- La revancha de los geeks

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