Image: Goran Bregovic

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El Cultural

Goran Bregovic

"En los países comunistas el rock se convirtió en una religión"

Vis Molina
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Goran Bregovic

El compositor yugoslavo presenta hoy en el Festival Grec de Barcelona su Banda de bodas y funerales

El suyo es un caso curioso y a la vez un buen ejemplo de la complejidad de su identidad. Nacido en Sarajevo (Bosnia-Hercegovina) en 1950, Bregovic es un defensor acérrimo de la nacionalidad yugoslava. Y como tal se proclamó desde la Guerra de los Balcanes, en la que se vio obligado a trasladar su residencia a París. Tras licenciarse en filosofía y sociología en la Universidad de Belgrado, trabajó durante unos años como profesor en la facultad de Filosofía de esa ciudad, hasta que decidió dedicarse de lleno a su gran pasión, la música. Junto a la banda de rock Bijelo grabó su primer disco, centrándose después en la recuperación del floklore de su nación y fusionándolo sabiamente con el rock y la música clásica, abriendo un camino que después siguieron tantos otros. Más tarde le llegó el turno al cine, lo que confirió a sus creaciones una dimensión plenamente internacional. Muy conocidas son sus bandas sonoras de las películas de Emir Kusturica y de Patrick Chéreau.

Pregunta.- ¿Siempre supo que lo suyo era la música?
Respuesta.- La música ha formado parte de mi vida desde que tengo memoria. Mi padre fue un gran violinista y quiso que yo me dedicara también a ese instrumento, de modo que empecé siendo muy niño a estudiar violín en la escuela. Luego, a los 17 años, ya me inicié tocando en los bares de modo más o menos profesional, pero en esos ambientes era más aceptada y aclamada la guitarra que el violín, ese fue el motivo de que decidiera cambiar de instrumento. Los dos me gustan mucho, pero no cabe duda de que por ideología y forma de vida me identifico más con la guitarra.

P.- Usted es un claro ejemplo de la tolerancia cultural y religiosa, y así se refleja en sus composiciones. R.- Sí, en mi obra está muy presente la mezcla étnica y religiosa de los Balcanes. Mi madre era ortodoxa serbia, mi padre croata católico y mi esposa, con la que vivo en París, bosnia musulmana. Es evidente que soy un cóctel complejo de nacionalidades y religiones que me han impregnado, por suerte para mí, de tolerancia, falta de prejuicios y multiculturalidad.
P.- ¿La música es algo más que una profesión?
R.- La música es un sentimiento, una emoción, una manera de entender el mundo y de comunicarse con el entorno y con los demás. A mí me gusta pensar que no hago únicamente música sino que estoy inmerso en un lenguaje, trabajando en él. Está científica e históricamente comprobado que la música es el primer sistema de comunicación que usaron los seres humanos, de hecho procede de un lugar mucho más profundo y atávico que el lenguaje. La música es algo visceral, casi biológico.

P.-
¿De ahí que sus composiciones estén tan sumamente arraigadas en el folklore de su país? R.- El folklore es una parte muy importante del legado cultural de una nación, es algo intrínsecamente unido a la tradición. Los escritores pueden pensar y escribir en una lengua ajena, de hecho muchos de los grandes lo han demostrado. Ahí está Milan Kundera que escribe en francés a pesar de ser checo, o Salman Rushdie que lo hace en inglés y en realidad es indio. Con los músicos eso es imposible. Cada compositor está atado a su tradición, a sus vivencias de infancia, a su experiencia y a lo que se le ha enseñado de manera consciente o inconsciente. Y eso se demuestra en la música de los grandes, como pueden ser Monteverdi, Stravinsky, Gerswhin, Lennon, Mc Cartney o Bono. No hay más que escucharlos para saber de dónde vienen.

P.- Aparentemente la música tradicional y el rock and roll tienen poco qué ver...
R.- Siempre he creído que el rock and roll ha sido más importante en los países del Este que en los occidentales. De hecho, en los países comunistas el rock se convirtió prácticamente en una religión, de modo que, de alguna manera, forma también parte de su tradición. Socialmente el rock ha sido, en los países comunistas, una especie de militancia, una manera de abanderarse ante los demás y de gritar que se pertenecía a un determinado grupo social e ideológico.

P.- ¿Las suyas son piezas para ser escuchadas o bailadas?
R.- Claramente para bailar, para sumirse en el desenfreno y olvidarse de las emociones negativas. Siempre he intentado imprimir el sello de la alegría en mis trabajos musicales, así como animar al espectador a abandonarse al placer que la música proporciona y entregarse a la sensualidad del baile. En los Balcanes la música es algo muy presente en nuestra vida, y sobre todo en los momentos más trascendentes como son las bodas y los funerales.

P.- Uno de sus últimos trabajos se llama Alcohol ¿tan importante es su presencia a la hora de componer? R.- Vengo de un lugar en el que la música es para bebedores. Un cantante de un país normal debería de pedir perdón por componer, grabar o interpretar bajo los efectos del alcohol, mientras que en los Balcanes eso es muy diferente, todos nos sentimos muy cómodos cuando bebemos, forma parte de nuestra cultura y nuestra idiosincrasia. P.- Hábleme de Banda de bodas y funerales, el espectáculo que viene a presentar a Barcelona.
R.- Este trabajo está dividido en dos partes. La primera recibe el nombre de Slijivovica, un aguardiente hecho con ciruelas que se elabora en la región eslava de la Europa central y que recibe esa denominación en la región serbia. Se sirve tradicionalmente en los ritos familiares como bodas, bautizos y funerales. Y la segunda parte se llama Champagne y es un concierto para violín interpretado por una orquesta de cámara, una banda zíngara y seis voces masculinas. Se trata de una producción muy balcánica, en definitiva, tanto en esencia como en resultado.

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