El Cultural

Los tiempos light

Juan Sardá
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El otro día, The Washington Post publicaba un interesante artículo en el que se defendía la tesis de que los artistas de la actualidad están mucho más descafeinados que los de antes. El texto comparaba los tiempos en que Janis Joplin o Jim Morrison revolucionaban el mundo con el compromiso de las actuales estrellas. De esta manera, hemos pasado del artista enfurecido y antisistema a un nuevo tipo de participación que consiste en que la celebridad se convierte en una experta en las cuestiones técnicas del asunto a tratar. O sea, Bono es un experto en África y una máquina de soltar datos y estadísticas pero no se opone de forma frontal al contubernio corporativo sino que se limita a aportar soluciones técnicas basadas en una suerte de erudición en la materia; tres cuartos de lo mismo con Angelina Jolie, que da conferencias sobre los refugiados, no despotricando contra la política de su país sino haciendo recuento de cuántas mantas y tiendas de campaña necesitan infraestructuras concretas o sobre el problema del agua en tal región del mundo. Ya no aspiran a cambiar la realidad, se limitan a intentar que mejore un poco mediante acciones específicas, lo que les hace parecer más una suerte de políticos al uso y los aleja del modelo clásico de artista que pretende transformar la sociedad desde sus cimientos.

Ahora, con motivo de la presentación de La noche que no acaba, documental sobre Ava Gardner de Isaki Lacuesta, éste ha dicho que debemos asumir que los nuevos iconos de masas son los futbolistas y esto es lo que hay. Hablando sobre su película, que trata sobre la convulsión que se produjo en Tossa de Mar con la llegada de Ava Gardner, Lacuesta opina que semejante escandalera hoy no la provocaría ninguna estrella de cine sino la aparición in person del macarra de Ronaldo o del timorato Messi. Los nuevos iconos futboleros se asemejan a los de principios de siglo XX y el nacimiento del cine (mudo) en que no hablan y cuando lo hacen sólo dicen banalidades relacionadas con el juego, sus problemas con el míster o el estado de su rodilla. Sin duda, una cosa tiene que ver con la otra. El espectro público de hoy es mucho menos interesante que el de los años 60, 70 e incluso los 80. Los propios medios han favorecido un nuevo tipo de celebridad amable y light que dice cosas que no molestan y con las que todos podoemos estar de acuerdo, nadie negará a George Clooney que Sudán es un desastre pero pocos conocen el verdadero alcance del asunto y tampoco interesa que se sepa, del mismo modo que las declaraciones de cualquier futbolista muy raramente llevarán a la sociedad a plantearse sus valores.

Es cosa de los tiempos y el resultado es un vacío alarmante de voces radicales en el mejor sentido de la palabra, una falta de portavoces cualificados del descontento y los muchos problemas que padecemos que cristaliza en la ausencia de líderes o famosos en un movimiento como el del 15m (por cierto que a Willy Toledo lo acabaron echando a patadas lo cual no me extraña porque más que un radical es un histérico, que no es lo mismo). Suele decirse que la democracia es aburrida y que los países que funcionan se entretienen en trivialidades y se suele poner como ejemplo a la aburridísima Suiza. El problema es que ni España ni Occidente, que está en plena decadencia, ni desde luego el mundo funcionan ni medianamente bien así que lo que tenemos es un discurso público tremendamente banal y una situación política, económica y social desastrosa. El abismo es tan descomunal que es peligroso porque ese lugar pueden acabar ocupándolo todo tipo de tunantes e iluminados. Ya está pasando, mientras la ciencia avanza a diario, hay unos que siguen haciendo un buen negocio: o sea, lectores de cartas, tarotistas y demás personajes. El caos reina, como se dice en el Anticristo de Von Trier.