El Cultural

Luces y sombras: Para qué sirve un sello (III)

Abel Hernández
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Terminaremos esta columna, que seguramente sólo mi torpeza para resumir ha convertido en triple, intentando dejar en el aire algunas respuestas. Procuraremos aportar luz al hecho, todavía deseado por algunos, de que los discos se editen de un modo tangible. ¿Para qué sirve un sello hoy? La cuestión sigue sonando en los altavoces del cambio tecnológico y todas sus ramificaciones culturales y sociales que marcan y seguirán marcando la vida y costumbres de esa parte del mundo que se preocupa de cuestiones en otros lugares (por desgracia) tan banales como el futuro de la música Pop.

Abundando sobre lo que escribimos hace catorce días , lo que la discográfica aportaba al músico hasta hace poco eran esencialmente dos cosas: ese cierto respaldo social indicador de que a lo que se dedicaba no era un pasatiempo de chaval ocioso; y capital. Pasta y, sí, algunas llamadas, para un montón de cosas. A cambio de esos aportes, el músico firmaba un pacto casi luciferino: la desposesión a perpetuidad de las grabaciones de sus canciones (su legado, en realidad lo que permanecerá, ¿su alma?) y ceder un porcentaje muy alto de los beneficios de las ventas de los discos. Esto funcionó durante años. Incluso los más independientes necesitaban ese entramado para salir adelante.

Hoy se da la paradoja de que el capital que se necesita es algo tan pequeñito como raramente comprometido por los sellos. Estos parecen estar ofreciendo únicamente la primera parte del acuerdo: "sin sello no llegarás al público, lo que haces será considerado amateur..." Cuando tal sentencia se ha convertido en falsa: cualquier información puede fluir y hacerse respetada o compartida hoy a velocidades de vértigo, si tu número es el premiado. Y, si es el caso, tampoco supone tanto dispendio fabricar un puñado de discos (no más venderá la mayor parte de los músicos) y venderlos on line o después de los conciertos.

La doble paradoja hace el resto: algunas veces hoy al músico le resulta más fácil grabarse un disco (ya sea en su estudio casero o uno externo), hacerse fotos, diseñar lo que sea, promocionarse y distribuir su música (al menos gratis o en formato digital) que encontrar un sello que se encargue de ello, comprándole a coste casi cero el alma y poniendo sobre la mesa contratos donde, además, piden una porción importante de los derechos de autor y los "beneficios" de tocar en directo.

Por supuesto, habrá músicos que no quieran dedicarse a promocionarse, ni a lidiar con una fábrica o el diseño de un libreto, pero ya no es difícil encontrar profesionales que presten tales servicios a buenos precios, empresas que procuran a los músicos servicios particularizados y a la carta. En España encontramos algunos como Doitter que ofrece un abanico donde el músico puede escoger qué servicios contrata de entre todos los necesarios para publicar un disco, desde ayudas con el diseño, la fabricación, la promoción y el aporte visual (videoclips, sesiones fotográficas), la distribución o incluso asesoría artística hasta todo un menú de degustación en el modo de sello online. O auto[edit]arte, con servicios de edición, gestión de asuntos legales para comercializar, diseño y promoción y ayuda en la distribución digital.

El eslogan de Doitter dice mucho sobre por dónde van estos nuevos tiros: "¡Hazlo! Es tu música. Es tu negocio". Quién esté detrás de esta empresa entiende muy bien qué necesita el músico hoy. Necesita servicios que le permitan centrarse en Su música por un coste justo. Nuevos intermediarios que no se aprovechen de su trabajo sino que intervengan aportando valor, calidad, profesionalidad y dedicación a Su trabajo creativo.

Entonces, ¿qué pasa con los sellos? Mi opinión es que los grandes están destinados a esfumarse como agua sobre fuego; o a vivir de los masters del pasado, que al fin y al cabo es lo mismo. Pon tus barbas a remojar cuando alguien como Madonna llega a un acuerdo global con una promotora de conciertos (Live Nation) o cuando los éxitos de los últimos cinco años son más fruto de la perspicacia de un puñado de productores musicales que de una menguada legión de ejecutivos y expertos en marketing.

Pero, al menos de momento, el papel del sello discográfico especializado, comprometido, vocacional, donde lo musical importa más que lo mercantil, sí se me antoja más necesario que nunca. Su función debería ser, sobre todo, cuidar de la cantera. Su olfato y su experiencia son aspectos imprescindibles en un momento tan confuso que aportarían valor a la cadena. Hay muchos buenos profesionales de eso por aquí. Pero (por seguir con el símil futbolístico), desde que se consolidara el cambio de patrón desde el modelo de adquisición y posesión al de múltiple acceso a la experiencia musical, muchos parecen más preocupados del patrocinador de la camiseta, de sacar comisiones de traspasos millonarios, que de descubrir, orientar y hacer jugar mejor a los jugadores. Nada de tiki taka: a menudo los sellos de segunda juegan al pelotazo por su temor a bajar a Tercera. Y apenas pagan el trabajo de quienes saltan al campo.

Si empezamos a preguntarnos para qué sirve un sello hoy será porque cuestionamos esas prácticas que ahora se han vuelto obsoletas y no aportan valor sino que encarecen la música. Visto que ni el trato de 360° ni otros más ligeros permiten funcionar mejor a muchos músicos hoy, sino que los lastran, y todos los motivos con los que venimos llenando líneas desde hace dos semanas y por los que nos hacemos la dichosa pregunta, hacer un buen catálogo, localizar talento musical (especialmente el nuevo) dentro del frondoso bosque creativo de nuestro tiempo y apostar económicamente por sacarlo adelante a cambio de un trato más justo para los músicos y el público, quizá sea lo único que puede hacer que su labor les sea de nuevo reconocida porque de verdad lo vale.

Para ello, parece necesario que actualicen su sistemas operativos al nuevo paradigma de pequeñas comunidades de creyentes y acceso directo, reciclándose y aprovechando sus posibilidades en lugar de quejarse. Iniciativas como la comunidad de sellos, artistas y tiendas minoristas que permite otra venta al publico on line Ithinkmusic (sobre la que escribiremos en otra ocasión), pueden aportar alguna pista. En definitiva es cuestión de volver a buscar lo que importa.