El Cultural

La Iglesia de Álex

2 julio, 2010 02:00

Hay, de entrada, algo un poco feo en que el Ministerio de Cultura, dirigido por Angeles González-Sinde, le dé el premio nacional de cinematografía al hombre que la ha sucedido en el cargo de director de la Academia. El mundo del cine es endogámico, no es bonito pero quizás es inevitable y, desde luego, el director merece el galardón. Su primera reacción es una prueba más de su bonhomía: "El premio me da mucha vergüenza porque, aunque no quiero parecer el típico humilde pedorro, se me ocurren otras muchas personas que son amigos míos y que se lo merecen más. Me supone una gran alegría porque me viene bien la pasta".



A Álex, según el comunicado, le dan el premio por dos cosas. La primera, lógicamente, es porque es un buen director. La segunda, por caer bien y haber sabido utilizar ese don de gentes al frente de la Academia. Un don que cristalizó con la aparición de Pedro Almodóvar en la última gala de los Goya, una aparición estelar que cerraba un feo y negro capítulo de la historia del cine en nuestro país. El comunicado lo dice así: "se le otorga el premio por su incuestionable trayectoria profesional innovadora y transgresora, que sin duda, ha enriquecido el lenguaje de nuestro cine y por su papel al frente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, y su clara labor a favor del consenso y acercamiento entre todos los que forman parte del cine español y de ellos con la sociedad". Más claro, agua.



No soy amigo de Álex pero sí lo he tratado en muchas ocasiones y lo aprecio tanto por lo que tiene de buena persona como de excelente cineasta. Recordar sus películas significa sumergirse en un universo que ha tenido el acierto de reinventar las raíces hispánicas y darles un barniz de modernidad. Acción mutante, su primer filme de 1993, fue un soplo de aire fresco en el adormecido panorama cinematográfico de aquel entonces y su grito de guerra: "¡No más guerra civil!" fue un poderoso revulsivo. Su siguiente título, El día de la bestia (1995) confirmó la pujanza y el tirón del universo del cineasta, en el que los elementos más kitsch de la cultura popular sirven como caldo de cultivo para un reciclado que, sin renunciar a la ironía posmoderna, podía alcanzar también a las emociones más profundas.



Álex ha rodado mucho y no siempre bien. Perdita Durango es más floja y Los crímenes de Oxford es un impecable ejercicio de estilo y sabiduría narrativa pero le falta el toque personal que ha hecho del cine del director algo muy reconocible. Pero ahí está La comunidad para recordarnos cuánto talento tiene De la Iglesia. Ese universo promete volver a brillar con luz propia en su siguiente película, Balada triste de la trompeta, que ha terminado de rodar y espera estrenar en Venecia, un filme en el que las esencias hispánicas vuelven a ser objeto de la mirada vitriólica y a ratos genial del bilbaíno. Felicidades, Álex, por el premio.