El pueblo español donde Marcelino García Toral se refugia

El pueblo español donde Marcelino García Toral se refugia EE

Fútbol

El refugio de Marcelino García Toral en un pueblo de 178 habitantes: una perla española entre costa, prados y caserías

El técnico del Villarreal, que ya confirmó su salida del club a final de temporada, tiene sus orígenes en una 'parroquia' del Cantábrico.

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J. P.
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El refugio de Marcelino García Toral está en un rincón mínimo de la geografía asturiana: Careñes, una parroquia de apenas 178 habitantes en el concejo de Villaviciosa.

Allí, entre prados verdes, caserías dispersas y el Cantábrico muy cerca, el técnico encuentra el contrapeso perfecto a la tensión del banquillo de élite. No es un destino turístico masivo ni un nombre que suene al aficionado medio, y precisamente en esa discreción reside buena parte de su encanto.

Careñes no es un pueblo al uso, sino un puñado de casas y explotaciones agrícolas agrupadas en un territorio que mira al mar y al mismo tiempo respira campo.

A solo unos kilómetros de Villaviciosa, su paisaje condensa muchas de las postales típicas de la Asturias rural: pomaradas para la sidra, caminos estrechos bordeados de muros de piedra y un silencio solo roto por el ganado y el viento.

En ese escenario, el entrenador se reconoce. De hecho, en una ocasión lo definió con una frase que ya es marca de la casa: "Ye un pueblín, pero ye el mío".

La parroquia forma parte de la llamada Comarca de la Sidra, con Villaviciosa como gran referencia. El entorno de Careñes se reparte entre manzanos, prados y suaves colinas que descienden hacia la costa cantábrica.

Esa mezcla de mar próximo y interior verde le da una personalidad particular: es fácil, en pocos minutos, pasar de una casería tradicional a un mirador natural sobre el Cantábrico. Para alguien como Marcelino, acostumbrado al ruido mediático y a la presión constante, ese cambio de escenario es casi una desconexión física y mental.

Marcelino García Toral, en un partido del Villarreal

Marcelino García Toral, en un partido del Villarreal EFE

El paso del tiempo ha sido benévolo con Careñes en un sentido: no ha sufrido una urbanización agresiva ni un turismo masivo que altere su escala. La vida sigue girando en torno a las labores del campo, a las relaciones vecinales de toda la vida y a un ritmo pausado que contrasta con la velocidad del fútbol profesional.

Esa fidelidad a lo rural es otra de las razones por las que el lugar se ha convertido en su refugio emocional. Allí, el entrenador deja de ser personaje para volver a ser vecino.

El patrimonio también ayuda a entender la singularidad del sitio. La iglesia de Santa Cecilia, templo de origen medieval, resume la historia de un territorio pequeño pero con hondas raíces.

Su arquitectura sencilla, levantada en piedra y sin grandes alardes, encaja con el tono general del paisaje: nada sobra, nada pretende deslumbrar. Es una Asturias sin artificios, en la que todo parece pensado para durar más que para llamar la atención.

Que de un lugar tan minúsculo haya salido uno de los entrenadores españoles más reconocidos añade otra capa de lectura. El contraste entre la dimensión de su carrera y la escala de su origen refuerza la idea de que Careñes es mucho más que un punto en el mapa: es un ancla.

Entre costa, prados y caserías, Marcelino conserva allí un refugio donde todo empezó, y al que siempre puede volver cuando el fútbol, con su ruido y sus urgencias, aprieta demasiado.