Raúl Entrerríos celebra un tanto con España en la final del Europeo de balonmano.

Raúl Entrerríos celebra un tanto con España en la final del Europeo de balonmano. Reuters

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Raúl Entrerríos, el capitán para la eternidad que levantó el oro prohibido

El asturiano, con 241 internacionalidades y 36 años, es el nexo de unión entre la edad de oro del balonmano español y la prometedora senda que se abre con el triunfo ante Suecia (29-23) en la final del Europeo. 

Los niños no dudan. Si hay que elegir, si hay que luchar por algo, que sea por lo más difícil. Ellos lo tienen claro. Y, quizás, también, el propio ser humano, que, a menudo, tiende a rechazar lo fácil para intentar obtener lo complicado. ¿La razón? El triunfo por lo imposible sabe mucho mejor. Cuando algo parece inalcanzable, cuando se resiste, cuando se escabulle, cuando huye, cuando dice muchas veces que ‘no’, cuando es codiciado y se alcanza… Ay, qué maravilla, qué suspiro, qué grandeza. Uno, de repente, levita en la inmortalidad, abraza lo que siempre quiso. O, en este caso, lo que muchos desearon. En España, tantos y tantos capitanes de balonmano, hasta que este domingo ante Suecia (29-23), con el brazalete, lo hizo Raúl Entrerríos (Gijón, 1981). Él esculpió el oro prohibido entre sus manos. Lo miró, le riñó y le guiñó el ojo. Por fin.

Apareció Rusia en 1996, Suecia en 1998, Francia en 2006 y Alemania en 2016. España agarró tres platas y dos bronces, pero siempre se quedó a las puertas. Desde la distancia, vio cómo el oro despedía su particular imposible, cómo las lágrimas lo diluían y cómo las cabezas gachas se hundían incluso con la medalla de plata colgada del cuello. Era la maldición a la que hacía referencia David Balaguer en la previa, aquella que perseguía a una selección que se sabía campeona del mundo (2005 y 2013), pero que no era capaz de comerse el continente. Siempre, absolutamente siempre, se quedaba a un solo mordisco de la gloria.

Y, en casi todas esas batallas, estaba Raúl Entrerríos, un tipo que llegó en 2003 con sus manías (como calzarse primero la zapatilla derecha) y su música (siempre U2) para aprender de los mejores. Por allí desfilaban su propio hermano, Alberto, con su guitarra y su rock and roll, David Barrufet o Mateo Garralda. Entonces, aparecía él y emergía de entre las catacumbas la edad de oro del balonmano (y del deporte) español. Y el central, con ellos, se sumergió entre metales: oro y bronce mundiales (2005 y 2011), bronce en los Juegos Olímpicos de Pekín (2008) y dos platas y un bronce en Europa (2006, 2016 y 2014).

Raúl Entrerríos lanza a puerta.

Raúl Entrerríos lanza a puerta. Reuters

Raúl creció entre gigantes y extirpó la leyenda de ser el ‘hermano de Entrerríos’ para ser autónomo. Ascendió en la cadena de mando y abrazó la capitanía en 2014, tras un oro Mundial en España (2013), y con Manolo Cadenas como nuevo seleccionador. Aprendió a coger el micrófono, a decir lo correcto y a hablar claro sin mojarse en demasía. Obtuvo galones y nunca los depreció. Hizo justicia al brazalete. Lo quiso, lo llevó con gusto y lo paseó por medio mundo. Y, también, lo tuvo que en el peor momento que recuerda este deporte con la no clasificación de los ‘Hispanos’ para los Juegos de Río, aquellos en los que fijó su posible retirada.

No pudo España acudir a Brasil y él, ya con una edad, pensó qué hacer con su vida. Podría haber tirado la toalla y dejar de luchar, pero no quiso. Jordi Ribera lo acogió entre sus brazos, lo reclutó para que marcara las pautas de la generación que está por venir, y él aceptó con gusto. Su valentía primó por encima de cualquier otra cosa. Acudió a la resurrección en Croacia y no pareció un veterano. Sus 36 años, sus arrugas, lejos de restar, han sumado en todas sus variantes. Lo que no permita la juventud, que lo compense la experiencia, pensaría.

Su figura ha sido capital en Croacia, tras la derrota ante Eslovenia, para que España se alzara contra Alemania y, sobre todo, contra Francia, en una semifinal de ensueño contra el mejor equipo del mundo, contra la selección campeona de todo. El equipo de Ribera, con él a la cabeza, se metió en la final para acabar con Suecia y arribar hacia su particular Ítaca, ese oro continental hasta ahora prohibido, ese que levantó el capitán Raúl Entrerríos, que puede recitar, como Walt Whitman al fallecido Abraham Lincoln, esa primera parte de un poema de tierra prometida para los Hispanos -y que no comparte, desde luego, el final-. “Nuestro azaroso viaje ha terminado; el barco capeó los temporales, el premio que buscamos se ha ganado (…) ¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!”. España ya tiene su metal preciado. Por siempre; para siempre.

Raúl Entrerríos y Pérez de Vargas, durante el Europeo.

Raúl Entrerríos y Pérez de Vargas, durante el Europeo. Reuters