Benjamin Moser, reseñista, columnista de The New York Times y biógrafo.

Benjamin Moser, reseñista, columnista de The New York Times y biógrafo.

Libros Biografías, mujeres y nacionalismos

B. Moser (New York Times): "Velázquez es importante, pero no por ser español"

"Los nacionalismos son lo opuesto a la cultura" / "Yo soy radical feminista, ahora que nadie lo dice, hay que decirlo" / "La cultura no es subrayar que Gaudí era de Cataluña" / "Las cuotas benefician a los hombres, porque las mujeres son más brillantes" / "El problema no es de Cataluña, sino de España".

Ha trazado la vida secreta de Clarice Lispector, la escritora-enigma, la niña hambrienta que salió de un pueblo asesinado del Este de Europa y pasó a ser la mujer más arrebatadora y brillante de Río de Janeiro. Dice Benjamin Moser -crítico literario, columnista de The New York Times, traductor y escritor- que él se ha sentido durante mucho tiempo "el loco de la aldea" recomendando a todo el mundo la lectura de la Santa, de la impenetrable, de la hondísima hembra.

Dice que Lispector es religión, es mito, es símbolo. En Brasil ya casi hacen chapas con su cara, en pleno fenómeno Che Guevara: se le encasqueta cualquier frase, a la pobre genio. Por qué este mundo (Siruela) es la autobiografía que descubre a la leyenda. En 2018, publicará la de Susan Sontag. Aquí, Moser habla con EL ESPAÑOL -en castellano, qué alegría- sobre márketing cultural, nacionalismos, feminismo radical, cuotas, comunismo... y sobre el Museo del Prado, claro. Su favorito

¿De dónde nace el misterio de Clarice Lispector?

Es una cosa muy rara de ella. Ella nos conoce mejor de lo que nosotros nos conocemos. No sé si alguna vez has jugado al test que te dice tu personalidad… yo tengo una aplicación en el teléfono. Te hacen preguntas sobre si, por ejemplo, en las fiestas te sientas a la derecha o a la izquierda, cosas de ese tipo, ¡y acierta! A veces frecuentamos astrólogos para saber algo sobre nosotros, esto en Brasil es muy habitual. Lo creen tanto que me han hecho creerlo a mí también (ríe). Los buenos saben decirte cómo es tu propia vida, te ayudan a explorarte, aunque sea mediante símbolos como Saturno. Hay personas que tienen esa capacidad y que de alguna manera agarran así a los que son sensibles. Si no eres sensible a eso, no funciona. Es como una atracción sexual, algo muy difícil, porque una misma persona a alguien le puede parecer encantadora y a otra, indiferente. ¿Cómo explicar eso?

El factor “x”.

Claro, pues con Clarice es algo así. ¿Por qué uno se siente tan atraído por ella? Clarice Lispector es una de las religiones más arraigadas en Brasil. La secta de Clarice. Yo me siento un poco sacerdote de su secta (ríe), pero ella nos da una cosa… hace que volvamos a sentir el arte como niños. Estuve en El Prado, ayer, y tú ves que la mitad de los niños están delante de Velázquez resoplando, y la otra mitad está fascinada. Si tú eres de esa mitad que se deja tocar por la literatura, por el cine o por el arte… sabes que existe algo que nos enaltece o que nos saca de la realidad cotidiana (de ir al supermercado, hacer nuestros deberes diarios, lavarnos los dientes), etc. Y cuanto más viejos nos hacemos, más difícil es sentir eso. Los niños se maravillan por todo.

Lispector apela a esa parte nuestra.

Sí. Es una religión sin rituales.

¿En qué momento se convirtió en secta? ¿Cuándo surgió el boom y se reinstauró el interés hacia su trabajo y su personaje?

Ella murió siendo bastante desconocida, pero se comenzó a expandir su obra en los años ochenta gracias a sus “sacerdotes”, que eran, sobre todo, periodistas y actrices, actrices porque Clarice tenía esos rasgos tan característicos, esa belleza, y ese habla tan rara… no pronunciaba bien las erres… ¡a las actrices esto les llamaba mucho la atención! Era muy enigmática, muy poderosa. Por eso hay muchos como yo, que me siento como un misionario en Filipinas en el siglo XVI, aquí intentando conquistar las almas para que lean a Clarice. Es una cosa bastante religiosa.

¿Cómo crees que afecta al mito de la autora que ella no diese entrevistas, que se aislase, que no contase mucho de sí misma…? ¿Es posible hacer ese márketing hoy, que parece que hemos sacrificado el misterio en pos de la exhibición?

Bueno, ella no se aislaba tanto, era más bien que ella quedaba fuera de la moda por la dictadura de que todo tenía que ser un poco nacionalista. Aunque era algo críptica en las entrevistas, ella era una persona accesible a todo el mundo, vivía en el centro de la ciudad. El problema es que los mitos, cuando se establecen, son difíciles de desenraizar, de extirpar. Te digo un ejemplo: en Brasil, hace como seis o siete años surgió un rumor de que yo había contratado a Meryl Streep para hacer de Clarice en una película. Bueno, yo no tengo ninguna capacidad de contratar a Meryl Streep para nada (risas). Aunque lo quisiera. Pero si Clarice es un mito es porque, aunque yo lo desmentí mil veces y me llamaron otras mil, el bulo siguió en las redes sociales durante dos años.

Y eso que yo no soy un Premio Nobel y no estoy muerto ni nada de eso, era una cosa muy fácil de confirmar, pero nadie se dio por satisfecho, porque la gente quiere creer en los mitos. Por eso creo que hoy es más fácil crear un mito que antes, porque la gente se lo cree todo. Mira Putin. Los servicios secretos de Rusia están publicando artículos diciendo que el ejército de España está conquistando a Barcelona, esas cosas, que no se lo cree todo el mundo, y que tiene una parte de verdad, pero no es así… es peligroso, porque puedes hacer pasar una mentira por una verdad, aunque se lo crea un 8% de tu público. Pero un 8% en las elecciones es mucho. Clarice tiene el añadido de que era una persona muy rara a la que difícilmente se la podía etiquetar de nada.

Cuando vio la Esfinge de Egipto, Lispector dijo “no la descifré, pero ella tampoco me descifró a mí”.

Exacto. Por eso yo creo que muchas personas famosas se casan de estar siempre explicándolo todo: créanlo o no lo crean. Los mitos, cuando surgen, son muy difíciles de desentrañar, y son más fuertes que la realidad. Era tan guapa, y tan rara, y tan genial… las personas buscaban una explicación para ella. Por eso acabaron dándole esa mitología, que también es una cosa bonita, creo.

Clarice es un exitazo en redes sociales. Pero para muchos adolescentes también es un icono de autoayuda, o eso dicen sus críticos.

¡Claro! Y es verdad, porque si tú miras las redes sociales de Brasil, cualquier cosa se le atribuye a Clarice. A menudo, muchas personas me escriben, y me señalan una frase, por ejemplo: “El cielo azul está muy lindo, me inspira a ser mejor” (Clarice Lispector), ¡y ya se la han atribuido y no es de ella!

Es como el fenómeno del Che Guevara. Todo el día poniendo en su boca cosas que el hombre nunca dijo.

Ése es un gran ejemplo, porque la gente no sabe nada de él, sólo sabe que era una persona rebelde, y luego le echan encima cosas inventadas. Yo a veces les digo que no, que Clarice no dijo tal frase, pero da igual (ríe). Latinoamérica tiene mucho eso de figuras y creencias populares, de hacer figuras mitológicas de figuras históricas recientes.

Es hermoso que eso aún sea posible, ¿no? Que Lispector sea una suerte de diosa en un mundo en el que todos andamos tan escépticos, siempre levantando la ceja.

Exacto, por eso a mí no me gusta que a Clarice la agarran los académicos. Y no es contra los académicos solamente, es que no quiero que ella forme parte de algo catedrático, de los apuntes de un libro, ¡quiero que sea una cosa viva! Ella dijo “hasta después de mi muerte continuaré escribiendo”. Como profética. Ella está escribiendo todavía, sólo que está diciendo cosas idiotas en Twitter, eso no lo sabía ella (risas). Se le atribuyen cosas igual que a los grandes pintores: “Eso es de Velázquez”, y no tiene nada que ver con Velázquez, sólo hay una gran infanta española en el cuadro. La obra se va como denigrando.

En el libro dice que los críticos comunistas la tachaban de “alienada, intimista, tediosa”. ¿Por qué no entendieron su individualidad? ¿Tiene sentido la literatura como manifiesto colectivo, que quizá era lo que pretendía el comunismo del momento?

Esto es muy interesante, porque a Clarice intentaban ponerle etiquetas, un nombre a una cosa que se les escapaba. En esa época Brasil era como, supongo, España en la dictadura: que eras franquista o eras comunista. No había un partido de centro izquierda, un partido socialdemócrata, que era con el que se hubiese identificado ella. Todo era polarización: ser radical de una u otra cosa. Querían ponerla en una cajita.

Delimitarla.

Sí. Para entenderla. Se sentían intimidados por ella y, justamente, porque con la capacidad y el talento que tenía...

¿Cree que la querían reclutar para su causa, porque les hubiese gustado que esa potencia literaria sirviese, de alguna manera, al comunismo?

Sí, pero se dieron cuenta que no podían y la atacaron. La derecha la llamaba “comunista” y la izquierda la llamaba “reaccionaria”. La importancia del individuo, que es el centro de su obra, la dignidad de la persona… es una cosa que no encaja bien en tiempos de fuertes ideologías. Nosotros ahora vivimos en sociedades abiertas donde el individuo tiene su identidad, sus derechos, y nos es difícil ver lo complicado que era afirmarse en épocas así.

La obra de Lispector trascendía al país, a su propio Estado, a la época. Era universal.

¡Claro! Nadie va a ver a Velázquez porque sea el mejor pintor de España. Eso no interesa. Ya te estás durmiendo… Velázquez es importante, pero no por ser español, igual que Dante no es importante por ser italiano. 

¿Es perjudicial que haya nacionalismos en la cultura?

Los nacionalismos son lo opuesto a la cultura. La cultura es para el individuo, para el ser humano, para el corazón y el alma, no para la política. No para que subrayen que Antonio Gaudí es de Cataluña y que los de Andalucía no pueden visitar la Sagrada Familia (risas).

Yo soy de Andalucía (risas).

¡Pues entonces no vayas…! La Alhambra no puede ser visitada por franceses… ¿te imaginas? Es el enemigo del arte.

¿Qué opinión le merece la modificación de la cultura catalana como elemento independentista, la Historia reformada para favorecer el secesionismo?

Bueno,a mí me dijo una amiga catalana el otro día que el problema de Cataluña no es de Cataluña, sino de España. Yo estoy de acuerdo. Hay una tradición de dictadura y de incultura impuesta en un pueblo que quería tener su lengua, sus elementos propios… para mí eso es el enemigo de la cultura. Las personas que van a la Sagrada Familia no lo hacen porque sea una obra maestra del arte “catalán”, ¿sabes? Eso no es lo interesante. Igual que si nos gusta la Alhambra no es porque seamos musulmanes. El arte es arte para todo el mundo y nos da, ¿cómo te digo?, nos abre el alma, nos da una visión más allá de lo cotidiano. Nos da esperanza, nos da belleza, y ese es el gran regalo del artista. Por eso la queremos tanto a ella, a Clarice, porque es mucho más que un nacionalismo.

¿Tenemos que olvidarnos de que Cervantes es símbolo español? ¿Debería ser símbolo mundial?

¡Por supuesto! España puede enorgullecerse de haber tenido a Cervantes en su suelo, igual que Italia tiene a Dante. Pero el artista nacional…

Es que si decimos “nacional” parece algo institucionalizado, ordenado desde arriba, conforme al discurso oficial.

¡Eso es lo que hacen las dictaduras! Cuántos acólitos tuvo Francisco Franco, nacionalistas, católicos… y oprimían a los artistas catalanes, vascos y a los demás, porque es el enemigo, el arte.

Quería comentar con usted la cuestión de la invisibilización de la mujer en la literatura y qué obstáculos tuvo Clarice Lispector, si los tuvo, para hacerse, más que notar, leer.

Es increíble lo que han tenido que enfrentar las mujeres. Uno se da cuenta de lo difícil que era ser mujer en cualquier sociedad. En España cuando era una sociedad nacionalcatólica, y en Brasil, que es una sociedad machista… ¡es todo el mundo, en todas las épocas! Yo he leído reseñas sobre obras de mujeres y te das cuenta cómo usan ese tono… ese “ay, querida, has escrito algo, qué bueno”, ¿sabes? Una condescendencia. En EEUU, en Brasil, en todos lados. Es algo de los hombres a las mujeres. Por eso a ellas les ha costado tanto alcanzar los paraninfos, la gloria, y a Clarice también. Primero tuvo que morir, dejar esa gran obra hasta que alguien quisiese rescatarla. ¡Se las trata como minoría!

A pesar de que somos mayoría.

¡Por eso! (Risas). Hay mucha gente que se molesta cuando hablo del tema judío en la obra de Clarice. Y lo mismo pasa con los negros, los homosexuales, las mujeres… “ay, ya van las chicas quejándose de nuevo, o los negros, ¡ya lo sabemos, que hubo racismo”, dicen. Qué horror. Y eso es tan común. La lucha de Clarice sí es una lucha por la dignidad de la mujer que es más feminista que el feminismo, en cierta forma, porque justamente no entra en ideologías. Yo soy radical feminista, y todo…

Mire que es difícil que alguien lo diga.

Pues por eso es más importante decirlo. Hay que decirlo. Si leyeras las cartas de rechazo que le enviaban a Lispector… ¡y ahora son el atalaya! Pues nada, eran como “ay, querida, tu libro es un poco raro y nadie lo va a entender, chao”. Y otra, y otra, y otra. Y cuando se publican, dicen “ay, la pobre esa loca”. Y la llaman loca, que es algo muy común hacia las mujeres. A las grandes artistas mujeres siempre las llaman locas o raras. Lo vemos en EEUU con Hilary Clinton. Con todo el sexismo que se ha execrado.

Usted es columnista de New York Times. Aquí hay una polémica reciente: ha habido un cartel de un congreso de columnistas donde no aparecía ni un nombre de mujer. En el avance de la programación sólo hay nombres de hombres. ¿Qué reivindicación cree usted que se debe hacer al respecto? ¿Cree en las cuotas?

Las cuotas no me gustan, son negativas. Es como si las mujeres no merecieran estar ahí pero se lo dieran. En EEUU, en las Universidades, se habla mucho de que hay personas a las que les dejan entrar por negras. Y es verdad que a las minorías étnicas se les da un espacio fijo para favorecer la diversidad. Pero, ¿tú sabes quién se beneficia más de las cuotas en EEUU? Los hombres. Los hombres se benefician más de las cuotas, porque si fuese por las notas del colegio… muchos no entrarían a las universidades. Las mujeres son más brillantes. Si fuese así, sería el 70% de mujeres en la Universidad. ¡Y eso no se dice! Gracias a las cuotas los hombres tenemos más oportunidades, porque las chicas son mejores en todos los estudios del colegio. Y cuando se habla de eso es como si fuese una limosna para que alguien que no lo merece… basta ya.

Pero claro, si pudiésemos confiar en el criterio de quién monta los carteles… si supiésemos que es un criterio ecuánime, no pasaría nada si hubiese siete hombres y dos mujeres. El problema es que no lo es.

¡Fingen que todo es igual! Porque legalmente lo es, pero no es real. Porque ¿cuántas presidentas del gobierno ha tenido España? ¿Cuántas son dueñas de las grandes empresas españolas? Pero Clarice le da una voz a la mujer, a la mujer normal de clase media, que no había hablado hasta 1972. Hasta ese año no había habido en EEUU ninguna biografía de una mujer que no fuese reina o esposa de fulano. Y no se estudiaban a mujeres en el currículo de la facultad. Hombres, hombres, hombres. Más Virginia Woolf, por favor.