El sueño, de Franz Marc.

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Café Torino

Tormenta expresionista sobre Madrid

27 febrero, 2021 03:18

Colores y emociones fuertes, trazos anchos, distorsión, subjetividad, pinceladas enérgicas, misticismo… En Madrid se ha producido un estallido expresionista que ha tenido dos focos y dos momentos al fin coincidentes en el tiempo: ahora mismo. En octubre, el museo Thyssen-Bornemisza inauguró la exposición Expresionismo alemán, comisariada por Paloma Alarco. Hace 15 días, la Fundación Mapfre abrió la muestra Jawlensky. El paisaje del rostro, dedicada al pintor expresionista ruso -desarrollado en Alemania- Alexéi von Jawlensky (1864-1941) y comisariada por el francés Itzhak Goldberg.

Mujer española, Jawlensky.

Mujer española, Jawlensky.

En modo alguno puede perderse el lector la apabullante exposición del Thyssen, una de las mejores que hemos podido ver en el último año (y más). Que las 80 obras, casi todas maestras, procedan de la colección permanente del museo, visitable en cualquier momento, no es óbice para que su reunión y ordenamiento, con el iluminador discurso establecido por la comisaria Alarco y con el concurso de piezas de la colección personal de Carmen Thyssen, brinden al visitante una intensa y singular experiencia. Expresionismo alemán cerrará sus puertas el domingo 14 de marzo. O sea, toca espabilar.

El barón Thyssen-Bornemisza

La exposición anticipa los fastos y actividades que el museo celebrará a lo largo de este año para conmemorar, merecidamente, el centenario del nacimiento del barón Hans-Heinrich von Thyssen-Bornemisza (1921-2002), quien en su fértil vida reunió más de 200 empresas, cinco esposas, varias mansiones -unas ocho- en unos cinco países, cinco hijos y una fabulosa colección de arte con más de 700 cuadros de todos los tiempos.

Iniciada por su abuelo y continuada por su padre, la colección pictórica del barón se incrementó sustancialmente, a partir de 1961 y, por un deseo y gusto muy personales, con obras procedentes del Impresionismo y de las vanguardias de principios del siglo XX.

Por ello viene que ni pintada esta excelente exposición sobre el expresionismo alemán como prólogo de las conmemoraciones, ya que el barón -aunque nacido circunstancialmente en Holanda- centró sus renovados esfuerzos coleccionistas en los expresionistas alemanes (y centroeuropeos) por ser de su país y de su territorio cultural, desde luego, y porque, amén de muy valiosos por su relevancia en el devenir del arte contemporáneo, respondían a una predilección de su sensibilidad y a un propósito político muy deliberado.

Respecto a lo primero, Paloma Alarco, jefa del Área de Conservación de Pintura Moderna del museo, recuerda que el barón Thyssen decía sentirse impresionado por las “descargas eléctricas” -bien cierto- que la pintura expresionista proporciona al espectador.

En relación a lo segundo, y como subraya el itinerario y el recorrido de esta exposición, el barón Thyssen quiso reivindicar una pintura que había sido tachada y perseguida por los nazis como “degenerada”, opción que, fruto de su talante liberal, le permitía visualizar -bien dicho- su alergia al nazismo y desmarcarse con ello de las complicidades con el régimen hitleriano de, en concreto, su hermano Fritz, de quien se alejó explícitamente.

Tres corrientes principales   

Expresionismo alemán recoge, con un elenco de artistas asombrosos, las principales tendencias o grupos del movimiento: El Puente (Dresde, 1905), El Jinete Azul (Munich, 1911) y Nueva Objetividad (Mannheim, 1921-1925), bien entendido que esta última corriente se proclamó antiexpresionista, si bien ha quedado tan reconocible en sus diferencias como en su continuidad.

Detalle de 'La joven pareja', de Emil Nolde.

Detalle de 'La joven pareja', de Emil Nolde. Museo Thyssen-Bornemisza

Los historiadores del arte atribuyen a El Puente un mayor primitivismo, más furia, más afán demostrativo de las posibilidades del oficio y, a la vez, mayor intención crítica. El Jinete Azul ha fraguado como más espiritualista, místico y ascético, mientras que Nueva Objetividad quiso obtener un mayor realismo, entre el verismo y lo mágico.

Pero el caso es que estas y otras atribuciones son imperfectas y sólo aproximadas por muchas razones: los expresionistas no tuvieron propósitos pormenorizados en detallados manifiestos; cada grupo fue plural y poroso a las influencias de los otros; no pocos  artistas pasaron por etapas distintas y cambiaron de orilla y, además, casi todos no fueron ajenos a las concomitancias con otras corrientes como el Fauvismo, el Cubismo o el Futurismo.

Solían moverse con frecuencia, ir de un lado para otro, y los periodos con algún atisbo de pureza compacta y distinguible de estos grupos fueron muy breves. Todo esto se percibe muy bien, si nos fijamos en los cuadros y en sus fechas, en esta exposición, tan variopinta de rasgos distintos como probatoria de notas comunes.

El crítico alemán Franz Roh, en su libro Realismo mágico, postexpresionismo: Problemas de la pintura europea más reciente (1925), señaló algunas de esas notas comunes más frecuentes en los cuadros expresionistas: excitación, rugosidad, calor, trasfondo religioso, deformación, ritmo, dinamismo, perspectivas angulosas, ruido, coloración densa…

Los rostros de Jawlensky

En la exposición del Thyssen, podemos ver El niño con muñeca (1910), de Alexéi von Jawlensky. Pero el reducido contacto con el pintor ruso se compensa temporalmente con la muestra de más de 100 de sus obras en la sala de la Fundación Mapfre, que permanecerá hasta el 9 de mayo.

El niño con muñeca, de Alexéi von Jawlensky.

El niño con muñeca, de Alexéi von Jawlensky.

Formado en San Petersburgo, el pintor ruso recaló en Munich hacia 1896 y se fue incorporando al ambiente expresionista, lo que derivaría en su vinculación posterior con El Jinete Azul. Si Jawlensky pudo adoptar los estridentes colores de Henri Matisse, su forja como expresionista se produjo, sobre todo, mediante la relación artística y personal con su paisano Vasili Kandinski, con la primera mujer de éste, la alemana Gabriele Münter, y con su propia compañera sentimental durante más de dos décadas, la también rusa Marianne von Werefkin, volcada en su vida y en su trabajo (de él). Münter y Von Werefkin fueron dos de las muy escasas pintoras adheridas al expresionismo. 

Si en sus comienzos, particularmente, pintó también paisajes y naturalezas muertas, su interés se concentró en las caras -de ahí el título de la exposición, El paisaje del rostro-, en gran medida por su devoción por los iconos rusos, causa también de la pulsión espiritualista de su pintura.

En series organizó su obra y en series la podemos ver en Mapfre: Cabezas místicas, Cabezas geométricas y abstractas y, finalmente, Meditaciones, rostros, en este último caso, llevados a la completa abstracción que, en pequeños formatos, pintó cuando ya casi no podía usar sus manos por una artritis reumatoide. Estas Meditaciones son lo que más me ha gustado de la exposición.

Una relación para orientar

Volviendo al Thyssen, y aunque no es fácil elegir entre tanta belleza, nombraré algunos de los cuadros -uno por pintor nada más- que, pensando en orientar al visitante con un criterio cómodo, más me han detenido en mi paseo -que requirió de tiempo- por la exposición.

De El Puente: Franzi ante una silla tallada (Ernst Ludwig Kirchner, 1910); Verano en Nidden (Max Pechstein, 1919-20) y Joven pareja (Emil Nolde, 1931-35). De El Jinete Azul: El sueño (Franz Marc, 1912); Húsares al galope (August Macke, 1913); Johannistrasse, Murnau (Vasili Kandinski, 1908) y Vista desde la casa del hermano de la artista, Bonn (Gabriele Munter, 1908). De Nueva Objetividad: La casa de la esquina (Ludwig Meidner, 1913); Quappi con suéter rosa (Max Beckmann, 1932-34) y, claro, Metrópolis (George Grosz, 1916-17).

Verano en Nidden, Max Pechstein.

Verano en Nidden, Max Pechstein.

Las cartelas, junto a los cuadros, proporcionan una información interesantísima y exhaustiva mediante una redacción infrecuente: frases cortas y reveladoras de datos y notas esenciales que se separan mediante barras (/). Este procedimiento sinóptico parece querer emular las pinceladas breves o/y contundentes de los propios pintores expresionistas que, por cierto, cuando están presentes en sus obras, exigen más que nunca el habitual doble juego de ver los cuadros de cerca, pero, sobre todo, de lejos.

La exposición contempla la influencia en el Expresionismo Alemán de pintores postimpresionistas, virtualmente pre-expresionistas. Tres ejemplos: Atardecer (Edvard Munch, 1888); Les Vessenots en Auvers (Vincent van Gogh, 1890) e Idas y venidas. Martinica (Paul Gauguin, 1890).

Idas y venidas. Martinica. Paul Gauguin.

Idas y venidas. Martinica. Paul Gauguin.

En el museo Thyssen podemos certificar las muy diferentes texturas de los cuadros expresionistas, muy matéricos y engrosados unos, muy planos y pulidos otros en su superficie.

Precisamente, Van Gogh (primera opción) y Gauguin (segunda opción) discuten acaloradamente sobre este asunto en una escena de la película El loco del pelo rojo (1956), que volví a ver hace unos días en Movistar. Creo que ya no está disponible, pero sí a la venta en DVD y Blu Ray. El filme de Vincente Minnelli sobre el pintor holandés y su volcánica amistad con el pintor francés sigue siendo, con todo lo que ha llovido, uno de los mejores que se ha hecho nunca sobre la pintura y los artistas.   

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