Unas botellas de vino italiano y español en una tienda de licores en Nueva York.
Ya es oficial: así es como los vinos españoles mantienen sus ventas en EEUU frente a los vaivenes arancelarios de Trump
La promoción, apoyo y presencia están siendo decisivos para un sector cuyas exportaciones a Estados Unidos sumaron un total de 331 millones de euros en 2025.
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La actualidad internacional ha conducido a una panorama comercial mucho más volatil. Y en este escenario, el vino español ha aprendido a moverse con la elegancia de quien conoce bien el terreno.
Estados Unidos sigue siendo pieza clave para las bodegas, incluso en tiempos marcados por la incertidumbre arancelaria heredada de la era de Donald Trump.
Lejos de retroceder, el sector ha desplegado una combinación de inteligencia comercial, promoción institucional y ajustes internos que le permite sostener sus ventas y, en algunos casos, reforzar su presencia.
Estados Unidos se consolidó en 2025 como el primer importador de vino español fuera de la Unión Europea en valor, con 331 millones de euros. Sin embargo, la cifra también muestra cómo las importaciones cayeron un 15 %. Es decir, menos volumen, pero aún una fuerte dependencia estratégica.
El golpe de los aranceles —incluido el gravamen del 15 % que más tarde sería declarado ilegal por la Corte Suprema estadounidense— no pasó desapercibido. Aun así, marcas icónicas como Freixenet lograron mantener a EE. UU. como su segundo mercado por volumen, evidencia de una demanda que resiste, aunque con matices.
La respuesta institucional ha sido rápida. Desde el ICEX España Exportación e Inversiones, se ha desplegado una estrategia de acompañamiento directo a las bodegas más afectadas.
Programas como ICEX 500 han permitido un seguimiento personalizado, mientras campañas como Eat Spain, Drink Spain buscan seducir al consumidor final estadounidense con un mensaje claro: calidad, autenticidad y cultura.
A ello se suma una presencia reforzada en citas clave como la feria Summer Fancy Food de Nueva York, donde el vino español se presenta no solo como producto, sino como experiencia.
Además, el foco se amplía: atraer compradores internacionales a ferias en España y explorar nichos emergentes, como el mercado latino en EE. UU., forman parte de una estrategia que mira más allá del corto plazo.
Si algo define al sector es su capacidad de adaptación. Las bodegas han optado por una estrategia de “equilibrio”: absorber parte del impacto de los aranceles para no trasladarlo completamente al consumidor.
Empresas como Juvé & Camps han fortalecido alianzas con importadores premium como Vinamericas, apostando por posicionarse en el segmento de alto valor.
El botellero de largas crianzas Juvé & Camps, de donde saldrán botellas para Estados Unidos.
Otras, como Bodegas Manzanos, han reforzado su estructura en territorio estadounidense —con base en Miami—, donde el mercado representa ya un 32 % de su volumen.
La clave está en compartir el coste. En muchos casos, productores e importadores asumen conjuntamente hasta el 50 % del impacto arancelario, con el fin de proteger la competitividad sin erosionar la percepción de calidad.
Más allá del precio
El vino español no compite únicamente en precio. Compite en historia, diversidad y carácter. En un contexto de tensiones comerciales, esta dimensión intangible cobra aún más relevancia.
Estados Unidos sigue siendo un mercado “clave”, pero también un terreno que exige prudencia, flexibilidad y visión a largo plazo. Las bodegas saben que mantenerse no es solo vender, sino construir marca, fidelizar al consumidor y adaptarse sin perder identidad.