Una imagen de un glaciar en los Pirineos.
Los meteorólogos lo confirman: los Pirineos perderán sus glaciares en 2050 tras reducirse un 94,5% de su hielo desde 1850
Ni paisaje eterno ni hielo inamovible: los glaciares pirenaicos atraviesan ya su fase final.
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Durante generaciones, los glaciares de los Pirineos parecían una parte inamovible del paisaje. Hoy son una cuenta atrás visible. El hielo que cubría grandes extensiones de la cordillera se ha reducido hasta quedar confinado en pequeños circos de alta montaña, donde cada verano cálido borra una parte de su historia.
El Observatorio Pirenaico del Cambio Climático calcula que los glaciares han perdido el 94,5% de su superficie desde 1850, aproximadamente el final de la Pequeña Edad de Hielo. No significa que haya desaparecido ese porcentaje del volumen exacto de hielo: la cifra compara la extensión ocupada entonces con la superficie conservada actualmente.
El inventario histórico reúne 93 aparatos glaciares que sumaban 2.388,7 hectáreas. En la actualidad sobreviven solo pequeñas masas en las zonas más elevadas del Pirineo central. Varias ya han dejado de comportarse como verdaderos glaciares porque su hielo apenas fluye y se consideran heleros.
Por eso, afirmar que desaparecerán “en 2050” requiere un matiz. Mediados de siglo ha sido durante años el horizonte manejado por distintas proyecciones, pero las observaciones recientes indican que la pérdida avanza más rápido. Un estudio publicado en 2025 en Annals of Glaciology apunta incluso a que la cordillera podría quedarse sin glaciares hacia 2034.
El hielo ya se pierde incluso en las cotas altas
La aceleración quedó especialmente clara después de 2022 y 2023. Una investigación internacional analizó 12 de los 15 glaciares que permanecían entonces y encontró pérdidas generalizadas de espesor. Entre 2020 y 2023, su superficie conjunta disminuyó un 40%, con retroceso incluso en las partes altas donde debería acumularse nieve.
Un glaciar necesita que una parte de la nieve del invierno sobreviva al verano, se compacte y termine convertida en hielo. Cuando la fusión estival supera repetidamente esa aportación, pierde masa, se adelgaza y se fragmenta. Llega un momento en que deja de desplazarse por su propio peso y pierde su condición glaciar.
El aumento de la temperatura es el principal motor de esta transformación. También influyen los inviernos con poca nieve, las olas de calor y la llegada de polvo sahariano o partículas oscuras. Al depositarse sobre la superficie, reducen su capacidad para reflejar la radiación solar y favorecen una fusión más rápida.
Los Pirineos son especialmente vulnerables porque sus glaciares son pequeños, están situados en latitudes relativamente meridionales y ocupan cotas que ya no garantizan frío suficiente durante todo el año. No poseen grandes reservas capaces de amortiguar varias temporadas desfavorables.
La desaparición no elevará el nivel del mar de forma apreciable ni dejará sin agua de repente a las poblaciones pirenaicas. Estas masas son demasiado pequeñas para regular por sí solas los grandes caudales. Sin embargo, su pérdida sí transformará arroyos y humedales de alta montaña, alterará hábitats fríos y modificará la disponibilidad estacional de agua a escala local.
También cambiarán el paisaje y la seguridad en la montaña. Al retirarse el hielo quedan rocas inestables, laderas expuestas y recorridos clásicos de alpinismo más peligrosos. Desaparece además un archivo natural: las capas heladas conservan información sobre el clima, el polvo y la atmósfera de épocas pasadas.
Estas masas también poseen un valor cultural difícil de medir. Forman parte de la memoria visual de los valles, de fotografías familiares y de la identidad montañera. Su retirada no elimina las cumbres, pero cambia para siempre la manera de recorrerlas, nombrarlas y recordarlas colectivamente en Europa.
La fecha exacta dependerá de cómo se defina la desaparición y de la sucesión de próximos inviernos y veranos. Puede quedar hielo residual protegido en alguna umbría después de que cese el movimiento glaciar. Por eso, 2050 no es una cita cerrada, sino un límite prudente que estudios recientes adelantan.
Lo que ya no ofrece dudas es la tendencia. El 94,5% perdido resume 175 años de retroceso, pero buena parte de la aceleración se concentra en las últimas décadas. Los Pirineos no están esperando un futuro sin glaciares: ya atraviesan su fase final.