Isabel Gemio en la cena de Fundación Isabel Gemio en Madrid. Gtres
El refugio medieval de Isabel Gemio: un castillo del siglo XIII, águilas imperiales protegidas y dehesas junto a Portugal
Alburquerque une memoria personal y frontera medieval: el pueblo natal de Isabel Gemio entre murallas, encinas y rapaces amenazadas.
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Isabel Gemio nació en Alburquerque, una localidad pacense levantada junto a la frontera portuguesa y coronada por una de las fortalezas medievales más reconocibles de Extremadura. Aunque desarrolló su carrera lejos de allí, la comunicadora continúa regresando al pueblo para reencontrarse con sus orígenes.
La presentadora ha explicado que durante su juventud sintió la necesidad de abandonar aquel entorno rural para buscar independencia y nuevas oportunidades. Con el paso del tiempo, sin embargo, se reconcilió con el lugar donde creció y al que vuelve cuando viaja a Extremadura.
Alburquerque se encuentra en plena Raya, la extensa frontera histórica que separa España y Portugal. El municipio conserva alrededor de 5.000 habitantes y un casco antiguo en el que las murallas, las calles estrechas y las viviendas encaladas recuerdan su importancia estratégica durante la Edad Media.
Sobre el risco de San Cristóbal aparece el Castillo de Luna, construido en una posición desde la que se dominaban los caminos y las dehesas que conducen hacia Portugal. Cristianos y musulmanes se disputaron este territorio durante los siglos XII y XIII, antes de su incorporación definitiva a los dominios cristianos.
La fortaleza comenzó a adquirir su estructura básica durante el siglo XIII, aunque la imagen que conserva actualmente pertenece también a reformas posteriores. Álvaro de Luna y Beltrán de la Cueva ampliaron considerablemente el recinto durante el siglo XV.
Águila imperial ibérica
De aquella etapa proceden algunos de sus elementos más llamativos, como la torre del homenaje, la torre pentagonal conocida como de los Cinco Picos y el gran arco ojival que comunica ambas construcciones mediante un puente elevado.
Dentro de la fortaleza se encuentra la iglesia de Santa María del Castillo, levantada a finales del siglo XIII. Su presencia convierte el conjunto en algo más complejo que una instalación militar, al reunir funciones defensivas, residenciales y religiosas sobre la misma cresta rocosa.
Las murallas descienden desde el castillo para proteger Villa Adentro, el barrio más antiguo de Alburquerque. Este entramado recibe también los nombres de barrio gótico y barrio judío por las huellas dejadas por la comunidad hebrea que vivió entre sus calles.
Todavía permanecen puertas con arcos apuntados, pequeñas viviendas adaptadas a la pendiente y marcas vinculadas al pasado judío. Entre ellas aparecen letras hebreas grabadas por canteros en la torre del homenaje y restos asociados a una antigua sinagoga, convertida posteriormente en vivienda.
Sin embargo, el paisaje que rodea el pueblo resulta tan importante como sus murallas. Alburquerque se asienta en la Sierra de San Pedro, un territorio de relieves suaves, monte mediterráneo y grandes dehesas de encinas y alcornoques que se prolongan hacia la frontera portuguesa.
La dehesa no es un bosque completamente salvaje, sino un ecosistema modelado durante siglos mediante la ganadería, la poda, el aprovechamiento del corcho y la eliminación selectiva de vegetación. Esa intervención humana ha creado un mosaico donde conviven pastizales, árboles maduros, matorrales y pequeñas zonas de cultivo.
Este paisaje proporciona refugio y alimento a una extraordinaria comunidad de aves. La Sierra de San Pedro está declarada Zona de Especial Protección para las Aves y alberga especies como el buitre negro, la cigüeña negra, el alimoche, el águila perdicera y el águila imperial ibérica.
El águila imperial es una rapaz exclusiva de la península ibérica y continúa clasificada oficialmente como “en peligro de extinción” en España. Puede utilizar las dehesas como territorio de caza, especialmente allí donde encuentra poblaciones suficientes de conejo, una de sus principales presas.
La presencia de estos grandes depredadores indica que el entorno conserva árboles adecuados para anidar, espacios abiertos para buscar alimento y una relativa tranquilidad. No significa que el visitante vaya a contemplar necesariamente un águila imperial durante una excursión, pero sí que recorre uno de sus territorios protegidos.
Los alrededores permiten seguir caminos entre encinares, alcornocales y antiguas fincas ganaderas. Desde las zonas elevadas se distinguen las ondulaciones de la Sierra de San Pedro y un paisaje casi continuo de dehesas que ayuda a comprender por qué el castillo ocupó una posición tan codiciada.
Alburquerque conserva también restos mucho anteriores a la fortaleza. En los abrigos del risco de San Blas aparecen pinturas rupestres esquemáticas con figuras humanas, animales y símbolos realizados por comunidades prehistóricas, prueba de que estas elevaciones funcionaron como refugio mucho antes de la Edad Media.
El pueblo reúne así varias capas difícilmente separables. El castillo recuerda los conflictos de frontera; el barrio amurallado conserva la convivencia entre culturas; y las dehesas mantienen uno de los paisajes con mayor valor ecológico del oeste peninsular.
Para Isabel Gemio, Alburquerque representa además una memoria personal. No se trata únicamente de una escapada monumental, sino del lugar del que necesitó marcharse para construir su vida y al que todavía puede regresar entre murallas, encinas y cielos sobrevolados por algunas de las rapaces más amenazadas de España.