Gato negro con pajarita.
Adriana Patricia López, veterinaria: “Normalmente, el gato negro es el más sociable, juguetón, inteligente y tierno”
Los gatos negros cargan con siglos de superstición, pero la ciencia no demuestra que su color determine el carácter.
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Durante siglos, los gatos negros han cargado con una fama que no han elegido. Brujería, mala suerte, misterio y superstición se han pegado a su imagen, aunque quienes conviven con ellos suelen contar una historia bastante distinta.
Adriana Patricia López Romero, médica veterinaria especializada en felinos, cuestiona directamente esos prejuicios. En declaraciones a La Red Zoocial, de El Espectador, defendió que el gato negro suele ser sociable, juguetón, inteligente y tierno.
La veterinaria trabaja en Cat Medical Care y ha divulgado durante años sobre bienestar felino. Frente a la imagen del animal agresivo o difícil, insiste en que muchas veces ocurre lo contrario: son gatos con muy buena disposición.
“La gente piensa en un gato negro y, al mismo tiempo, piensa en brujas, piensa en gatos de mala suerte”, explicó López Romero. Esa asociación cultural sigue pesando, aunque no tenga nada que ver con el comportamiento real del animal.
La frase de la especialista funciona muy bien para desmontar el prejuicio, pero conviene añadir un matiz científico. Hoy no hay pruebas sólidas para afirmar que el pelaje negro produzca por sí mismo una personalidad más sociable.
Depende de varios factores
Una revisión sobre temperamento felino recuerda que la personalidad de un gato surge de una combinación compleja de genética, ambiente y experiencia. No se construye solo por el color, ni por una etiqueta heredada de la cultura popular.
El entorno pesa mucho. La socialización temprana, el trato recibido, la estabilidad del hogar, los recursos disponibles, el dolor, el estrés o la convivencia con otros animales pueden cambiar por completo la forma en que un gato responde.
Un estudio publicado en Applied Animal Behaviour Science analizó factores demográficos de gatos y cuidadores. Encontró efectos relacionados con el tipo de alojamiento y el número de gatos en casa, pero no un efecto significativo del color del pelaje.
Eso no significa que todas las observaciones de veterinarios o cuidadores carezcan de valor. Significa que, para convertirlas en regla, habría que separar muchas variables: edad, sexo, raza, procedencia, socialización, salud y experiencias previas.
Algunos estudios sí han encontrado diferencias en conductas reportadas según el color, pero con límites claros. El trabajo de Elizabeth Stelow, Melissa Bain y Philip Kass analizó agresividad declarada por propietarios, no una relación automática entre color y carácter.
En aquel estudio, los gatos completamente negros no aparecieron como el grupo más agresivo. Además, los cuestionarios siempre recogen también la mirada humana: cómo recuerda, interpreta y describe el cuidador lo que hace su animal.
Ese punto es clave con los gatos negros. Dos personas pueden ver el mismo bufido, la misma mirada fija o la misma retirada y describirlo de forma distinta si una ya espera encontrarse con un animal “misterioso” o “arisco”.
El prejuicio también afecta a la adopción. Un estudio de 2026 en Animals observó que los gatos negros fotografiados para adopción eran considerados menos adoptables y recibían más atribuciones de emociones negativas, como miedo o enfado.
Los autores plantean una explicación muy cotidiana: las expresiones de un gato negro pueden ser más difíciles de leer en fotos oscuras o mal iluminadas. Si no se distinguen bien ojos, bigotes y gestos, el animal parece menos expresivo.
Por eso elegir o descartar un gato solo por su color tiene poco sentido. Su sociabilidad dependerá mucho más de su historia, su salud, su seguridad en casa y la forma en que las personas respeten sus tiempos.
La descripción de López Romero sirve, sobre todo, para darle la vuelta al mito. La ciencia no permite afirmar que todos los gatos negros sean más tiernos, pero tampoco hay base para considerarlos agresivos, problemáticos o de mala suerte.
Al final, un gato negro necesita lo mismo que cualquier otro: una casa segura, juego, cuidados veterinarios, espacio para retirarse y una mirada limpia. Lo demás no está en su pelaje, sino en lo que los humanos hemos proyectado sobre él.