Un agricultor frente a un campo de trigo.
Mervin, agricultor de 86 años: "No quiero 13 millones a cambio de destruir mis granjas para hacer centros de datos"
El agricultor de 86 años que dijo no a la IA: prefirió blindar sus campos antes que venderlos por millones.
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Mervin Raudabaugh lleva casi toda su vida mirando los mismos campos desde su casa de Pensilvania. A los 86 años, una oferta millonaria no fue suficiente para hacerle cambiar de idea sobre el futuro de esas tierras.
Los promotores de un centro de datos le ofrecieron unos 60.000 dólares por acre por sus 261 acres, algo más de 105 hectáreas. La operación completa habría superado los 15 millones de dólares.
Raudabaugh rechazó el dinero. “No estaba interesado en destruir mis granjas”, explicó en una entrevista con FOX43/WPMT, cadena local de Pensilvania. “No se trataba tanto de la cuestión económica”, añadió.
La frase resume bien su decisión. Para muchos propietarios rurales, una oferta así podría resolver de golpe la jubilación, las deudas o el futuro familiar. Para él, en cambio, suponía ver desaparecer dos granjas bajo nuevas construcciones.
Los terrenos se encuentran en Silver Spring Township, en el condado de Cumberland, una zona donde los desarrolladores de centros de datos buscan grandes parcelas disponibles, bien conectadas y con posibilidad de integrarse en nuevas infraestructuras tecnológicas.
La IA deja el campo sin futuro
Su respuesta no consistió únicamente en decir que no y esperar una cifra superior. Raudabaugh decidió proteger legalmente las propiedades mediante acuerdos de conservación que limitan de forma permanente el uso futuro de esas tierras.
Vendió los derechos de desarrollo por algo menos de 1,9 millones de dólares. La diferencia económica era enorme, pero el resultado era justo el que buscaba: que esas parcelas siguieran vinculadas a la agricultura.
Su relación con la finca no empezó con la llegada de los centros de datos. Raudabaugh ha dedicado décadas a trabajar esas tierras en Silver Spring Township y ha pasado gran parte de su vida ligado a la agricultura.
Allí también se concentra buena parte de su historia familiar. En esas propiedades creció, trabajó desde joven y crió a sus hijos junto a su esposa, Anna Mae. La finca no era solo un activo inmobiliario.
Según relató a PennLive, su madre murió en la granja cuando él aún estaba en el instituto. Desde entonces tuvo que asumir tareas duras, como ordeñar vacas antes de ir a clase, en una vida marcada por el trabajo temprano.
Ese componente sentimental pesa, pero no lo explica todo. Raudabaugh también piensa en qué ocurrirá cuando él ya no esté. Ninguno de sus herederos tiene previsto continuar directamente con la explotación agrícola.
Por eso buscó una solución distinta: separar la propiedad del uso futuro del suelo. Aunque algún día las parcelas cambien de manos, las restricciones impedirán que se transformen en grandes instalaciones industriales o comerciales.
El agricultor también describe sus terrenos como un refugio para la fauna. En declaraciones recogidas por People, habló de ciervos, tortugas y otros animales que utilizan esas superficies agrícolas y naturales como hábitat.
La historia llega en plena expansión de los centros de datos, impulsados por la demanda de computación asociada a la inteligencia artificial. Estas instalaciones necesitan suelo, electricidad, conexiones y grandes inversiones, lo que aumenta la presión sobre áreas rurales.
Raudabaugh reconoce que no todos los agricultores podrían rechazar una cantidad semejante. Mantener una explotación cuesta dinero, los márgenes pueden ser estrechos y una oferta varias veces superior al valor agrícola resulta difícil de ignorar.
Pero él había tomado otra decisión. “Amo esta tierra. Ha sido mi vida”, dijo al explicar por qué prefería conservarla. En su caso, los millones tenían un límite: la tierra, una vez construida, no volvería a ser la misma.