Recreación de un asteroide.

Recreación de un asteroide. iStock

Ciencia

Geólogos descubren en Brasil el rastro de un gran asteroide cuyo impacto se desconocía hasta ahora: hace 6 millones de años

Unas tektitas apuntan a un gran impacto de hace 6,3 millones de años: el campo de dispersión supera 900 km y el cráter sigue oculto.

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Las claves

Geólogos han descubierto en Brasil centenas de tektitas, pequeñas esferas de vidrio natural formadas por el impacto de un asteroide hace unos 6,3 millones de años.

Las tektitas, llamadas geraisites, presentan niveles extremadamente bajos de agua, lo que confirma su origen por el intenso calor generado durante el impacto.

El campo de dispersión de estas esferas supera los 900 kilómetros, indicando que el evento fue de gran energía, aunque aún no se ha localizado el cráter del impacto.

El análisis geoquímico señala que el material fundido proviene de la corteza continental antigua, probablemente del cratón de São Francisco en Brasil.

Durante años, Brasil parecía un hueco en el mapa de grandes impactos recientes. Ahora ese vacío empieza a llenarse con algo tan modesto como llamativo: centenares de bolas de vidrio natural, del tamaño de un guisante a una pelota de golf, esparcidas por el interior del país.

Son tektitas, gotas de roca fundida lanzadas al aire por el golpe de un meteorito y congeladas en vuelo. El equipo liderado por Álvaro Penteado Crósta (UNICAMP) las ha bautizado geraisites, por Minas Gerais, el estado donde empezaron a aparecer los primeros ejemplares.

La historia tiene un inicio casi de andar por casa. Un residente encontró una cuenta negra extraña, buscó información y contactó con un experto en meteoritos. Al principio hubo escepticismo: en internet se venden tektitas asiáticas y, en foto, pueden parecer obsidiana.

El cambio llegó cuando aparecieron más avisos en puntos distintos. Con muestras en mano, el equipo tiró de química e isótopos hasta confirmar que no era vidrio volcánico. El criterio decisivo fue lo que casi no tenían: agua.

La obsidiana suele contener desde cientos de partes por millón hasta porcentajes de H₂O; las geraisites miden 71–107 ppm, un rango típico de tektitas, porque el calor del impacto hierve la humedad del material fundido. Esa sequedad es una huella de alta energía.

No hay cráter

La datación por ⁴⁰Ar/³⁹Ar sitúa el evento alrededor de 6,3 millones de años (final del Mioceno), aunque los autores insisten en que es una edad máxima: parte del argón podría proceder de rocas antiguas vaporizadas por el impacto.

El campo de dispersión también se ha ido moviendo según avanzaba la investigación. Cuando se describió por primera vez, ocupaba unos 90 kilómetros en el norte de Minas Gerais. Con nuevos hallazgos en Bahía y Piauí, la franja conocida supera ya los 900 kilómetros.

Lo que cambia el cálculo del impacto. Cuanto mayor es el “strewn field”, mayor suele ser la energía del evento y el volumen de roca fundida expulsada. Por eso el equipo está reajustando modelos a medida que llegan piezas nuevas.

La geoquímica señala además una procedencia muy concreta: corteza continental granítica antigua, compatible con el cratón de São Francisco, uno de los bloques más viejos y estables de Sudamérica. Eso estrecha el área candidata donde debería esconderse el cráter.

Y, sin embargo, el “elefante en la habitación” sigue ahí: no hay cráter. No es tan raro como parece. En la Tierra, la erosión, la vegetación, la tectónica y los sedimentos borran cicatrices; incluso grandes campos de tektitas carecen de cráter confirmado.

De hecho, solo una parte de los grandes campos clásicos de tektitas tiene estructura de impacto asociada con claridad, y que el mayor de todos —el australasiano— podría esconder su cráter bajo el océano. Brasil entra así en un club muy pequeño.