Fernando Savater.

Fernando Savater. Javier Carbajal

Ciencia

Savater (78), filósofo: "La felicidad es tener gustos simples y mente compleja, no gustos complejos y mente simple"

La ciencia explica por qué la sobreestimulación dopaminérgica y la adaptación hedónica nos empujan a desear cada vez más y disfrutar cada vez menos.

Más información: Víctor Küppers, experto en psicología, sobre las 3 claves de la felicidad: "Amor, vida digna y no tener a nadie muy enfermo"

Publicada

Las claves

Fernando Savater defiende que la felicidad reside en tener gustos sencillos y una mente compleja, en contraste con la tendencia actual de buscar placeres complejos con una mente simple.

En su ensayo 'Jardines interiores', Savater recupera la tradición epicúrea y subraya que los deseos verdaderamente necesarios son pocos y accesibles, mientras la imaginación y el mercado multiplican expectativas.

La sobreestimulación digital y la búsqueda constante de gratificación inmediata generan insatisfacción y dificultad para disfrutar de experiencias simples, según expertos citados en la noticia.

Savater propone la cultura, la reflexión y la atención consciente como herramientas para construir una felicidad basada en la lucidez moral y la responsabilidad individual ante la vida.

En una España envejecida, hiperconectada y cada vez más dependiente de ansiolíticos, Fernando Savater cumple 78 años defendiendo una idea que descoloca el clima emocional del presente. "El secreto de la felicidad es tener gustos sencillos y una mente compleja, el problema es que a menudo la mente es sencilla y los gustos son complejos", afirma, provocando una revisión incómoda de nuestras prioridades.

La frase resume el corazón de su forma de ver la vida, en especial, la que expone en su ensayo Jardines interiores, recogido en la obra colectiva Muchas felicidades. Tres visiones de la idea de felicidad (Ariel). En ese texto articula una defensa exigente de la lucidez moral. La felicidad se presenta, explica, como una construcción consciente que depende del modo en que cada uno ordena sus deseos y educa su mirada.

En Jardines interiores, Savater recupera la tradición epicúrea para recordar que los deseos verdaderamente necesarios son escasos y asequibles. El problema surge cuando la imaginación, estimulada por el mercado y la comparación constante, multiplica expectativas hasta volverlas inalcanzables. "La idea de la felicidad no es algo que se añada a la vida, sino que es la vida misma cuando se sabe vivir", escribe.

La advertencia se concreta cuando invita a "embridar la imaginación para que no nos convierta en perpetuos insatisfechos". La imaginación descontrolada convierte lo accesorio en urgente y lo suficiente en insuficiente. Así, el placer se encarece y la satisfacción se aplaza indefinidamente. El individuo queda atrapado en una carrera silenciosa contra su propia expectativa.

Esa carrera tiene un correlato bien estudiado por la psicología contemporánea. La adaptación hedónica describe la tendencia humana a regresar al nivel habitual de bienestar tras acontecimientos extraordinarios. Un estudio clásico de 1978 mostró que incluso quienes ganaban la lotería recuperaban, pasado un tiempo, su estado previo de satisfacción.

El cerebro se acostumbra con rapidez a los estímulos intensos. Lo que ayer generaba euforia hoy apenas provoca interés. Para obtener la misma sensación se requiere una experiencia más llamativa o más costosa. El resultado es una escalada permanente que rara vez desemboca en una plenitud estable.

En la España actual, este mecanismo se manifiesta con especial claridad en el consumo digital. Las redes sociales ofrecen recompensas inmediatas en forma de notificaciones y reconocimiento público. Sin embargo, el uso prolongado se asocia con mayores niveles de ansiedad y comparación social, especialmente entre adolescentes y jóvenes adultos.

Mente compleja en la era digital

Paralelamente, nuestro país figura entre los países europeos con mayor consumo de ansiolíticos y antidepresivos. La abundancia de estímulos convive con una sensación extendida de insatisfacción. La sofisticación tecnológica no ha traído una sofisticación equivalente en la gestión emocional. La pregunta por la felicidad reaparece con urgencia.

La propuesta de Savater encuentra respaldo en la neurociencia a través del concepto de reserva cognitiva. El neurólogo Yaakov Stern ha demostrado que las personas con mayor estimulación intelectual a lo largo de su vida desarrollan redes neuronales más robustas y flexibles. Esa riqueza estructural permite compensar mejor el deterioro y adaptarse con mayor eficacia.

Una mente entrenada dispone de más recursos para reinterpretar la realidad y amortiguar frustraciones. La revaluación cognitiva permite encajar pérdidas, relativizar contratiempos y descubrir matices donde otros solo ven carencia. Cuando Savater habla de mente compleja, alude precisamente a esa capacidad de análisis que amplía el repertorio vital.

La psiquiatra Anna Lembke, desde la Universidad de Stanford, ha estudiado la homeostasis de la dopamina en un entorno saturado de estímulos. Según explica, nuestro sistema de recompensa funciona como una balanza. A cada exceso de placer le sigue un descenso compensatorio que puede traducirse en apatía o desánimo.

Cuanto más frecuentes e intensas son las gratificaciones inmediatas, mayor es la dificultad para disfrutar de experiencias sencillas. La sobreestimulación reduce la sensibilidad del sistema dopaminérgico. Lembke propone reducir la exposición a estímulos extremos para restaurar el equilibrio. Savater, desde la ética, coincide al señalar que debemos "saber qué es lo que de veras nos hace falta y no dejarnos engañar por lo que simplemente brilla".

En este contexto, Savater defiende la cultura como una forma de resistencia íntima. Leer, estudiar, conversar o pensar no son actividades ornamentales. Constituyen un entrenamiento de la atención y del juicio. Una mente cultivada convierte la soledad en diálogo y el tiempo libre en oportunidad de exploración, incluso cuando el cuerpo pierde vigor.

"La felicidad no es algo que nos pase, sino algo que nosotros hacemos que pase por nuestra manera de mirar la realidad", sostiene. La frase condensa una ética de la responsabilidad individual. No elegimos todas las circunstancias, pero sí podemos elegir el enfoque con el que las afrontamos y el significado que les otorgamos.

De sus palabras, se intuye la crítica a la necesidad de buscar experiencias extraordinarias mientras se descuida la calidad de la atención cotidiana. Savater invierte esa lógica y propone una sofisticación interior que abarata el placer sin empobrecer la vida.