Carla Cordúa, 100 años, filósofa, en el Centro de Estudios Públicos.

Carla Cordúa, 100 años, filósofa, en el Centro de Estudios Públicos.

Ciencia

Carla Cordúa, 100 años, filósofa: "Para el sabio, la felicidad verdadera incluye aprender que estamos destinados a morir"

En su opinión, reconocer que la vida es limitada no conduce al miedo paralizante, sino a una forma más consciente de elegir qué merece tiempo, energía y compromiso.

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Las claves

Carla Cordúa, filósofa chilena de 100 años, sostiene que la verdadera felicidad implica aceptar conscientemente la inevitabilidad de la muerte.

Cordúa rechaza la idea de una felicidad permanente y afirma que integrar la conciencia de la finitud otorga profundidad y salud mental a la vida.

La filósofa argumenta que la muerte, lejos de ser un acto heroico, es un hecho biológico ineludible que da sentido y urgencia a la existencia humana.

Cordúa critica la medicalización y el tabú moderno sobre la muerte, defendiendo una filosofía más viva y conectada con el misterio de la condición humana.

Desde las culturas que ritualizaron la muerte como un tránsito sagrado hasta la biología contemporánea que la describe como un proceso celular irreversible, la humanidad ha interpretado el final de la vida de formas cambiantes. De esa tensión entre sentido y biología habla en una entrevista la filósofa y escritora chilena Carla Cordua.

Superando el siglo de vida, habla sobre pensar la felicidad desde la aceptación radical de la finitud. Especialista en la obra de Martin Heidegger y atenta lectora de Peter Sloterdijk, explica que la llamada “ciencia de vivir” no se encuentra ni en los manuales de autoayuda ni en la medicina antiedad, sino en una comprensión honesta de nuestra condición biológica.

La tesis que vertebra su reflexión desafía de forma frontal el ideal de felicidad permanente. "Para un filósofo esas dos cosas, la felicidad y aprender a morir, no se excluyen mutuamente", manifiesta

“La verdadera felicidad debería incluir una conciencia muy desarrollada de que estamos destinados a morir”, afirma. No se trata, aclara, de una invitación al pesimismo, sino de una exigencia de madurez intelectual y emocional que la cultura contemporánea suele esquivar.

Tal como señala la pensadora, debemos mantener una tensión compleja entre dos dimensiones que la modernidad ha separado artificialmente en lugar de negar la muerte. Integrar el goce de la experiencia vital con el conocimiento de su término inevitable es, para ella, un signo de auténtica lucidez y clave para la salud mental.

En palabras de la filósofa, “se trata de aprender a vivir feliz sabiendo que vamos a morir”. Esta formulación rompe con el existencialismo sombrío del siglo XX, pero también con el optimismo superficial actual. Cordua rechaza cualquier romanticismo en torno a la muerte y la define desde una perspectiva estrictamente biológica y despojada de épica.

Desde esta perspectiva, la muerte no es una elección ni un acto heroico, sino un “zarpazo de la naturaleza”, una agresión ante la cual la cultura siempre acaba perdiendo. Es, en sus palabras, “la gran derrota del hombre”. Sin embargo, esa derrota es también la que confiere intensidad, urgencia y densidad ética a la existencia humana.

Entre la filosofía y la neurociencia de la muerte

Esta intuición filosófica encuentra hoy un eco relevante en la psicología cognitiva y la neurobiología. Como ha señalado Cordua, los estudios sobre la Teoría de la Gestión del Terror muestran que la conciencia de la finitud activa mecanismos de búsqueda de significado. Lejos de paralizar, ese reconocimiento puede orientar la conducta hacia vínculos y proyectos más profundos.

La filósofa insiste en una dualidad cognitiva que define a la especie humana. “Sabemos con certeza que va a ocurrir, pero vivimos en una ignorancia total sobre el cuándo”, afirma. Desde la neurociencia, esa incertidumbre resulta fundamental para el funcionamiento psíquico y para la posibilidad misma de proyectar una vida con sentido.

Tal como explican algunos neurobiólogos, si el cerebro conociera la fecha exacta de la muerte, la corteza prefrontal colapsaría bajo el peso de una cuenta atrás permanente. Cordua denomina a este desconocimiento “ignorancia decisiva”, un margen de opacidad que permite planificar, desear y construir futuro sin quedar paralizados.

A diferencia de otros proyectos vitales, la muerte es el único acontecimiento no optativo de la existencia. Como señala la filósofa, es el único fin universal. Esa certeza ha sido históricamente el punto de partida para la construcción de sistemas éticos, religiosos y culturales en todas las civilizaciones conocidas.

Desde el Nirvana budista hasta la concepción azteca de la vida como un sueño, la humanidad ha utilizado la finitud como marco para pensar el sentido. Cordua se sitúa en esa tradición crítica al denunciar la “miseria espiritual” de una modernidad que ha medicalizado la muerte y la ha expulsado del espacio simbólico compartido.

Esa expulsión, sostiene, ha empobrecido la vida misma. Al convertir la muerte en un tabú técnico gestionado por expertos, se le ha robado a la existencia su “anchura”. La consecuencia es una cultura dominada por la prisa, el rendimiento y la incapacidad de detenerse a pensar lo que no es útil.

La filósofa también dirige su crítica hacia la propia academia cuando se encierra en un lenguaje estéril. “Hay tanto filósofo dando vueltas que escucharlos es para quedarse dormido de pie”, ironiza. Frente a ello, propone una filosofía viva, capaz de asomarse al misterio sin intentar neutralizarlo.