La psicóloga Ana Aznar Botella.

La psicóloga Ana Aznar Botella.

Salud

Ana Aznar Botella, psicóloga: "La misión del padre no es criar un niño feliz, es darle herramientas para que conquiste su felicidad"

"Se nos vende que cada decisión que tomamos puede destrozar a nuestros niños, y eso no es real"/ "Puedes decir que quieres a tus hijos, pero si ellos no lo sienten, de poco vale"/ "Los niños interpretan la falta de límites como falta de interés"/ "Muchos padres confunden el ser autoritario con tener autoridad".

Más información: Ignacio Morgado, catedrático de psicología: "La felicidad según la ciencia llega cuando deseas lo que realmente está a tu alcance"

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Las claves

Ana Aznar Botella, psicóloga especializada en crianza, defiende que los padres deben dar herramientas a sus hijos para conquistar su felicidad, no intentar hacerlos felices directamente.

Critica la presión sobre los padres por alcanzar modelos de perfección y recuerda que equivocarse es parte del proceso de crianza, defendiendo la compasión hacia los errores propios y ajenos.

Subraya la importancia de poner límites desde el cariño, diferenciando entre autoridad y autoritarismo, y destaca que los niños interpretan la falta de límites como falta de interés.

Aznar alerta sobre el impacto de la soledad y el mal uso de la tecnología en los jóvenes, recomendando educar en el uso responsable de pantallas y priorizar las relaciones personales de calidad.

Hay combinaciones de nombres y apellidos que cuentan más que una página de Wikipedia. Es el caso de Ana Aznar Botella, psicóloga especializada en crianza y familia. Cuando su padre José María Aznar se convirtió en Presidente del Gobierno de España, pasó a vivir los años de su adolescencia y juventud en el Palacio de la Moncloa. Su boda a los 20 años con Alejandro Agag la puso en el centro de los focos.

Dos décadas después, la carrera de Aznar Botella se ha apartado de lo público y centrado en el estudio de los lazos íntimos familiares. Formada en la Kingston University de Londres y profesora de la John Cabot University de Roma, es fundadora de la plataforma de apoyo a la crianza 'REC Parenting'. Su primer libro, Educar también es decir no, pone la compasión por delante: hacia los errores de nuestros hijos, pero también para los nuestros como padres.

¿Hay una tendencia en los padres y madres actuales a sobreexigirse? ¿A ponerse unos baremos de crianza que no son razonables de cumplir?

Sí. Todos tenemos en mente un ideal de la madre perfecta -sobre todo de la madre, que siempre se lleva la 'culpa' de todo- que hace de todo, que siempre está presente y nunca pierde los papeles.

No es un buen ideal porque impone una presión enorme. Debemos ser conscientes de que el padre y la madre perfectos no existen. Nos vamos a equivocar, y no pasa nada. Se nos ha vendido que cada decisión que tomamos puede destrozar a nuestros niños, y eso no se corresponde con la evidencia real.

Usted critica que se hayan banalizado estudios sobre el impacto del abuso psicológico, con afirmaciones falsas como que 'el grito daña tanto como el abuso físico'.

El tema del grito es complicado porque genera mucha culpa en los padres. Hay que diferenciar por un lado el abuso verbal: "Eres un inútil, no vales para nada, tu hermano es mucho mejor que tú". Pero eso no es el grito que diría que ocurre en todas las familias: "Ponte ya el zapato, por favor", cuando se lo has pedido ya 33 veces. No hay evidencia de que eso destroce al niño.

Eso sí, siempre y cuando el grito sea ocasional. En casas en las que el grito es permanente, se eleva el estrés de toda la familia y eso no es bueno para nadie. Además, el niño se acaba acostumbrando, y vas a tener que subir la voz cada vez más para lograr el mismo efecto.

¿Tendemos a normalizar el estrés en casa, sin darnos cuenta de lo disruptivo que es para el bienestar y los objetivos de crianza?

Sí, y cuando los padres tienen niveles de estrés muy elevados, tienden a ser más autoritarios. Pierdes más la paciencia, aguantas menos y tiendes a darles gritos antes. O, por lo contrario, son más permisivos. "Mira, no voy a discutir, haz lo que te dé la gana".

Hay que ser conscientes de que habrá momentos en los que vamos a estar peor, y otros mejor. Esto nos permite entender cómo nos estamos comportando con los niños y, según la edad que tengan, también explicárselo.

Porque también ellos necesitan recibir explicaciones. "Estoy pasando por una etapa muy dura, estoy más angustiada de lo normal, perdóname si estoy menos cariñosa o aguanto menos".

En el libro subraya que no basta con querer a los hijos, también deben sentirse queridos.

Claro, al final lo que importa es cómo te perciben tus hijos. Puedes decir: "Yo quiero a mis hijos por encima de todo". Pero si los hijos no lo sienten, de poco vale. Por otro lado, confundimos el amor con no poner límites. "No le digo que no, porque se va a enfadar conmigo".

Pero los niños interpretan al final la falta de límites como falta de interés. Yo siempre digo a mis hijos: "Para mí sería mucho más fácil dejarlos hacer lo que os dé la gana, pero porque os quiero y porque me importáis, os voy a decir que no en esto, aunque toque discutir un poco".

¿Qué ha basculado entre generaciones para que los padres y madres vean ahora la idea de poner límites como algo autoritario?

Yo creo que muchos padres han querido moverse del modelo autoritario, del "aquí se hace esto porque yo lo digo". Y está fenomenal querer acercarnos a los niños, pero en esta transición muchos padres han confundido el ser autoritario con tener autoridad.

Sí, tú puedes poner límites a tus hijos. Sí, puedes decirles que no desde el cariño, sin golpes, explicándolo y sin ser autoritario. Cuando no pones límites, estás desprotegiendo a tus hijos y no estás ejerciendo tu responsabilidad como padre.

Habla de la diferencia entre 'padres jardineros', que 'cultivan' el desarrollo del niño, frente a 'padres carpinteros' que quieren que encaje en un molde predeterminado.

Lo fundamental en este caso es ser conscientes de que poner límites es una muestra de amor. Y a continuación tener claro cuáles son tus valores como padre. ¿Qué es lo que te importa a ti? ¿Qué le quieres transmitir a tu hijo? ¿Esfuerzo, altruismo, éxito académico o deportivo? En base a esos valores, ponle tú los límites, explícaselos y sé consistente.

También hay que recordar que los niños aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos. Tus comportamientos deben corresponderse con lo que quieres inculcar. Y no hay que tener miedo. Tomaremos decisiones más acertadas que otras, pero equivocarse no es un drama.

¿Es importante también entender cómo funciona la mente infantil? ¿Que una rabieta es también una manera con la que el niño aprende a gestionar su realidad?

Claro. Hay veces en las que pedimos al niño más de lo que puede dar porque todavía no ha llegado a ese momento. O en la adolescencia, donde podemos entrar en una dinámica negativa porque no conseguimos entender cómo está razonando.

La adolescencia es un momento que tiende a traer mucho estrés a la familia. El niño se va separando de los padres y todos se tienen que reajustar. Por otro lado, cada adolescente es un mundo. Hay que valorar la libertad que les damos en función de las herramientas que tiene.

Es decir, si les hemos sobreprotegido, no podemos soltarlos de golpe. Habrá que dejarle cometer errores y estar cerca para acompañarle. No digo que tengamos que hacer todos un máster. Pero los padres que tienen conocimientos sobre psicología y desarrollo infantil se sienten más seguros a la hora de criar.

Ana Aznar Botella, psicóloga.

Ana Aznar Botella, psicóloga.

Hay una gran preocupación por la salud mental en los jóvenes. Según el INE, hasta la mitad ha tenido ideaciones suicidas. ¿Es un fenómeno moderno, o hay mayor alerta?

Efectivamente, las estadísticas parecen decir que los problemas de salud mental aumentan. Pero muchos niños tenían esos problemas antes e iban por la vida sin diagnóstico ni tratamiento. Yo creo que están ocurriendo ambas cosas. Ahora hay más consultas, pero es que antes no se hablaba de esta problemática.

¿Hay un componente social y económico detrás de este fenómeno? La precariedad tiende a ser un factor de ansiedad mayor entre los jóvenes que entre sus padres.

Yo creo que los jóvenes probablemente tienen hoy más opciones que antes, pero eso conlleva más incertidumbre. Y el ser humano no lo lleva bien, prefiere la seguridad y la estabilidad. Lo que siempre decimos es que, si se produce un cambio drástico en tu hijo, hay que mirar qué pasa.

Si deja de estudiar, cambia de amigos, come menos o más, duerme mal, está más huraño de lo normal... Siempre hay que hablar con el colegio, padres y educadores tenemos que ir a una. E involucrar al niño en el proceso para abordarlo.

El último Barómetro de la Juventud también revelaba un dato dramático: uno de cada cuatro jóvenes se sienten solos, cuando debería ser una etapa de gran sociabilidad.

Nos estamos moviendo hacia una soledad más solitaria. Los avances tecnológicos son muy cómodos, pero no nos llevan a crear comunidad. Y eso es un grave problema, porque el ser humano es esencialmente sociable. Necesitamos a la gente y a las relaciones.

El estudio de Harvard de la Felicidad demuestra que la gente más feliz es la que tiene relaciones sociales de calidad. Pero no aislarse tampoco significa que haya que tener 500.000 amigos. Tener un par de personas a las que puedas llamar es la clave de la felicidad y la salud mental.

Se menciona a menudo la influencia de las pantallas y las redes sociales como un factor disruptor para los jóvenes. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Hay que hacer hincapié en que la tecnología no debe impedir las relaciones sociales. Y en lo que se refiere a las pantallas, nos centramos mucho en el tiempo que pasan conectados, pero en mi opinión es casi más importante fijarse qué hace el niño con la pantalla. No es lo mismo que chatee una hora con sus amigos a que esté viendo pornografía o contenido violento.

¿Es necesario aplicar medidas coercitivas como la prohibición de acceso a las redes sociales hasta cierta edad como ya aplican algunos países?

Yo soy de la teoría de que las pantallas están aquí para quedarse, por lo que más que prohibir, lo que tenemos es que educar a los niños. Igual que les enseñamos cómo comportarse en la vida real, lo tenemos que hacer con la vida online. Por mucho que en mi casa no haya pantallas, irá a la tuya y ahí sí las habrá.

A mí me encantan los padres que dicen: "En mi casa cada noche dejamos las pantallas todos cargando en la cocina y ahí se quedan". ¡Yo cada noche iba cuarto por cuarto recogiendo dispositivos! Por la noche, en los cuartos, no se deben quedar nunca, incluso apagadas.

Hemos mencionado el Estudio de Harvard de la Felicidad. ¿Cómo se puede educar a los niños en la felicidad, para que sean felices en el futuro?

Voy a decir una cosa que suena fatal, pero nuestra misión como padres no es educar a hijos felices. Es educar a hijos para que tengan herramientas con las que conquistar su propia felicidad. Que se respeten a sí mismos, que respeten a los demás, que sepan gestionar la frustración y puedan regular sus emociones.

Pero también que sepan que no todo les va a ir bien en la vida. Como padres, estamos ahí para apoyarles en lo que haga falta. Pero también hay que dejarles fracasar. La vida está llena de problemas, y si no lo practican con nosotros, el día que tengan un apuro y se vean solos van a tener problemas serios.