El filósofo de 104 años, Edgar Morin.

El filósofo de 104 años, Edgar Morin.

Ciencia

Edgar Morin (104 años), filósofo: "La felicidad es frágil, es más importante aprender a vivir de forma poética"

En contra de la idea de que la felicidad es el fin último de la vida, Morin defiende retomar la convivencia, la amistad o el arte.

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J. Rodríguez
Publicada

Las claves

Edgar Morin, filósofo de 104 años, sostiene que la felicidad es frágil y depende de muchas condiciones fuera de nuestro control.

Morin propone que es más importante aprender a vivir de forma poética, cultivando lo que nos hace florecer y disfrutar, en vez de obsesionarse con la felicidad.

El filósofo critica el individualismo y la falta de convivencia en la sociedad actual, subrayando la importancia de la fraternidad y los lazos comunitarios.

Morin diferencia entre la "prosa" (obligaciones cotidianas) y la "poesía" (momentos de disfrute y comunión), recomendando buscar el equilibrio para una vida plena.

Existe el consenso entre los seres humanos que el fin último de nuestras vidas debería ser alcanzar la felicidad. Sin embargo, el filósofo francés Edgar Morin asegura que en sus 104 años de vida ha aprendido que hay cuestiones que son mucho más importantes.

Pero, ¿cómo puede ser? "La felicidad es una condición que depende de múltiples ideas y condiciones. Diría incluso que lo que condiciona la felicidad es frágil porque, por ejemplo, si depende del amor de una persona y esa persona muere o se va, se va la felicidad", dice.

Vamos, que la felicidad va y viene sin que tengamos control sobre ella. Morin afirma que "no se puede soñar con una felicidad continua para el ser humano, es imposible porque depende de un montón de condiciones". Por eso, es mejor no obsesionarse con ella.

Ahora bien, el pensador propone otra forma de vivir una buena vida. "Para mí, el problema de la felicidad está subordinado a lo que llamo el problema de la poesía de la vida. Tal y como la veo, la vida está polarizada entre la prosa y la poesía", declara Morin.

Este filósofo denomina prosa a todo aquello que hacemos por obligación en la vida y que nos interesa para sobrevivir. La poesía, por su parte, es lo que nos hace florecer a las personas, amar y comunicarnos entre nosotros. "Lo realmente importante", afirma.

"No se puede vivir poéticamente todo el rato", aclara este filósofo a El País. "La vida es una lucha entre la prosa y la poesía. La prosa con las cosas aburridas, las que tienes que aguantar. La poesía es ese estado de encantamiento, de comunión, de disfrute".

Este lado poético de la vida inspira el amor por el otro, la amistad colectiva o el arte. "Cada uno de nosotros debe intentar cultivar la parte poética de la vida porque eso es vivir. Lo otro es solo supervivencia", añade Morin. Y, curiosamente, esta forma de vida trae felicidad.

Ciudades individualistas

Así lo dice Morin: "Si vives poéticamente, encuentras momentos de felicidad, de éxtasis, de alegría". Por esta razón, el filósofo centenario asegura que debemos poner en valor todo aquello que nos puede permitir a todos de una manera más poética.

La felicidad, por tanto, llega también cuando no nos centramos tanto en ella. "El verdadero problema no es la felicidad", insiste Morin. "La cuestión es que vivir la vida de forma poética es más importante que la felicidad". Poner atención en lo que importa, traerá la felicidad.

Pero, ¿por qué parece que en nuestra sociedad es difícil encontrar la felicidad a pesar de que nunca habíamos tenido tantos recursos como ahora? El filósofo es muy crítico sobre cómo ha evolucionado nuestra sociedad, muy marcada por el individualismo.

"Yo viví en mi juventud una época en que los vecinos no sólo hablaban entre ellos, sino que se ayudaban. Charlabas con el dependiente de la tienda… Hoy asistimos a la destrucción de la convivencia. Algo queda, con los amigos, con la familia", destaca este pensador.

Este anonimato es uno de los grandes problemas que Morin observa que nos alejan de la felicidad, pero también la robotización de la vida. "Las obligaciones cronometradas son cada vez más estrictas en el trabajo. Todo esto conduce a una degradación de la civilización".

Al final, este individualismo moderno —que Morin admite que ha sido bueno para alcanzar la autonomía— nos ha abocado al "predominio de uno mismo sobre los demás". Es decir, a pensar más en nuestras propias necesidades frente a las de la comunidad.

"El ser humano es, por un lado, egocéntrico: debe defenderse, alimentarse y pensar en sí mismo; pero también está abierto a los demás, es comunitario. El egocentrismo debe reducirse al mínimo vital de conservación. La fraternidad es algo capital", reivindica.