Los indios cherokee ya conocían y la usaban la cueva en la que se encuentra el Mar Perdido.

Los indios cherokee ya conocían y la usaban la cueva en la que se encuentra el Mar Perdido.

Ciencia

El 'mar subterráneo' bajo EEUU descubierto por un chico de 13 años: es tan colosal que nadie sabe dónde acaba

Tras las mediciones de los buceadores, se sabe que la superficie es mucho mayor, pero el borde sigue sin aparecer.

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Las claves

Un niño de 13 años descubrió en 1905 el 'Mar Perdido', un enorme lago subterráneo en las Craighead Caverns, Tennessee, cuya extensión completa sigue siendo un misterio.

La cueva ha sido habitada desde tiempos precolombinos por los indios cherokee y posteriormente utilizada como despensa natural por colonos europeos debido a su temperatura estable.

Craighead Caverns alberga hallazgos arqueológicos y paleontológicos, como cerámicas antiguas y restos de un jaguar gigante del Pleistoceno.

El 'Mar Perdido' es el lago subterráneo más grande de EE.UU., con más de 52.609 m² cartografiados y ecosistemas únicos, incluyendo truchas arcoíris adaptadas a la oscuridad.

Hay historias que empiezan con una imprudencia infantil y terminan convertidas en patrimonio natural. En 1905, en las laderas de Tennessee, un chico de 13 años llamado Ben Sands se coló por una abertura embarrada —estrecha, incómoda, a la par que tentadora— y acabó en una sala tan grande que su luz se perdió antes de tocar pared. No encontró un tesoro de monedas, sino algo más raro: agua. Mucha. Un lago subterráneo que hoy se conoce como 'El Mar Perdido' y que sigue guardándose el final como un secreto.

La cueva en cuestión, Craighead Caverns, ya era un lugar "habitado" mucho antes de que llegaran las excursiones. La propia historia oficial del enclave sostiene que los indios cherokee la conocían y la usaban, y que, casi a un kilómetro de la entrada, una sala apodada 'Council Room' ha devuelto cerámicas, puntas de flecha, armas y joyería. Después llegaron los colonos europeos y le dieron un uso muy poco romántico, pero eficaz: despensa natural. En el siglo XIX, su temperatura estable (en torno a unos 14°C) funcionaba como nevera para patatas y otros alimentos.

Habitada hace siglos

Otro detalle que hace especial a este emplazamiento es que el subsuelo también se comporta como una cápsula del tiempo. En esas galerías, un soldado confederado marcó con un 1863 la pared; de hecho, la web del recinto afirma que esa señal se comprobó con pruebas de carbono y que el rastro vendría del carbón de una antorcha. Durante la Guerra Civil, además, la cueva se explotó por su salitre (materia prima para pólvora), con su correspondiente anecdotario de espionaje y sabotajes fallidos.

Y, por si faltaba algo más de atractivo, Craighead Caverns presume de un visitante todavía más antiguo: un jaguar gigante del Pleistoceno. Según el relato del lugar, el animal se adentró demasiado hace unos 20.000 años, dejó huellas, terminó atrapado en una grieta y murió buscando la salida; parte de los restos hallados en 1939 se exhiben en el American Museum of Natural History.

En ese escenario de arqueología, guerra y paleontología, la aparición del lago tiene algo de cine mudo: un niño con una linterna insuficiente. Sands, cuenta la historia oficial, no lograba ver el final de la sala, así que hizo lo que haría cualquiera intentando medir la oscuridad a ojo: lanzó bolas de barro para escuchar dónde caían. Solo oyó chapoteos. Un "mapa" construido con sonido y paciencia.

Hoy sabemos bastante más del contorno visible: el tramo accesible mide aproximadamente 243 metros de largo por 67 de ancho y cubre unos 18.200 metros cuadrados. Pero el dato que mantiene el misterio es el de abajo: bajo esa superficie tranquila, los buceadores han cartografiado más de 52.609 m² (aprox. 5,26 hectáreas) —salas inundadas y pasillos que se abren— sin encontrar el final. En otras palabras: se ha medido una parte, se ha comprobado que hay más, y el borde continúa sin aparecer.

Un lago de récord

La fama del lugar se apoya en una etiqueta concreta: Guinness lo lista como el lago subterráneo más grande de Estados Unidos. Es una afirmación muy repetida por la propia atracción turística, que lo vende, literalmente así. Pero, más allá del récord, lo interesante es por qué existe un lago así. La respuesta está en el paisaje kárstico: terrenos de rocas solubles (sobre todo calizas y dolomías) que el agua va disolviendo con el tiempo, esculpiendo cuevas, sumideros y acuíferos muy productivos… y muy frágiles frente a la contaminación. El Servicio Geológico de Estados Unidos lo resume así: el karst nace por disolución y tiene una hidrogeología "única", con gran vulnerabilidad.

En el camino hacia el agua, el visitante se encuentra con otra rareza: las anthodites, formaciones delicadas que parecen flores cristalinas. La propia cueva las promociona como estructuras raras presentes en muy pocos sistemas del mundo. En términos mineralógicos, suelen asociarse a agujas de aragonito (y a veces calcita) que crecen en racimos; varios trabajos sobre espeleotemas (formaciones minerales secundarias que crecen dentro de las cuevas) describe cómo la química del goteo, la evaporación y la disponibilidad de iones (por ejemplo, magnesio) pueden inclinar la balanza entre aragonito y calcita. Dicho de otra forma: no es "decoración", es un registro cristalizado de cómo circula el agua y qué trae disuelto.

Luego están los peces. En este mar perdido viven truchas arcoíris introducidas por humanos, una especie que no estaba allí "de fábrica". La explicación popular es casi un experimento de cuento: se soltaron con la esperanza de que encontraran una salida y delataran otras conexiones del lago. No ocurrió. Sin alimento natural suficiente, las truchas dependen de lo que les cae desde las barcas turísticas. Incluso los guías de la cueva han contado que con el tiempo pierden parte de coloración y agudeza visual, algo coherente con lo que sabemos del mundo subterráneo: la vida en oscuridad sostenida empuja a cambios —a veces plásticos, a veces evolutivos— en pigmentación y visión.

En peces cavernícolas de verdad, la ciencia ha documentado mecanismos de degeneración ocular y evolución convergente, y también hasta qué punto la "plasticidad fenotípica" puede disparar rasgos típicos de cueva sin esperar miles de generaciones. En una trucha alimentada por turistas, lo esperable es una mezcla: algo de fisiología adaptativa al entorno y poco de esa evolución radical que vemos en especies que llevan siglos o milenios bajo tierra.

Por qué sigue sin estar mapeado

Explorar cuevas inundadas no es como nadar en mar abierto: es un entorno con techo, pasillos, sedimento que puede levantar una nube opaca en segundos y una orientación que se rompe con facilidad, volviéndose impredecible y peligroso para cualquier espeleólogo. Así que el "Mar Perdido" se mantiene en ese punto perfecto para una historia que no se agota: lo bastante explorado como para impresionarte con cifras, lo bastante intacto como para seguir siendo pregunta. Un niño midió la oscuridad a pedradas de barro; un siglo después, seguimos escuchando el mismo sonido —chapoteo— y aceptando que, debajo, aún queda más agua de la que cabe en la luz.