El tomillo en la calle durante la procesión de San Roque en Villarino de los Aires en 2022.
La jubilación que huele a pan y a tomillo: vivir en Villarino
Aquí la calidad de vida no se mide únicamente en hospitales cercanos o en estadísticas de renta. Se mide en cosas más pequeñas y más humanas.
Hay lugares donde el tiempo corre con prisa, como si tuviera miedo de llegar tarde a ninguna parte. Y hay otros donde el reloj de la plaza parece haberse sentado a descansar en un banco de madera, bajo la sombra de un balcón.
Villarino de los Aires, mi pueblo, pertenece a esa segunda clase de lugares: pueblos donde la jubilación no se vive como una despedida, sino como una forma distinta —y quizá más auténtica— de empezar la vida.
Quien llega desde la ciudad, como ha sido mi caso, suele traer aún en el cuerpo el ruido de los coches, el color de los semáforos, la ansiedad de las colas y el cansancio de los horarios. Durante semanas continué mirando el reloj para todo: para comer, para salir, para dormir.
Pero el pueblo termina curando lentamente esa enfermedad moderna de medir la existencia en minutos, como si el día no tuviera final. En Villarino, el tiempo vuelve a tener mañanas, noches y estaciones en lugar de agendas.
Las mañanas empiezan con un silencio que no es vacío, sino compañía del toque del reloj de la plaza, que no suena a toros ni a fuego ni arrebato, sino las horas que pasan con parsimonia.
El sonido de una persiana que se abre, el vecino de al lado que ríe a carcajada aún en su soledad, una escoba arrastrándose por la acera, el saludo lento de las gentes, las campanas marcando la hora sin imponerla.
El jubilado, como es mi caso, descubre entonces un lujo que en las ciudades parecía reservado a los ricos: poder vivir despacio.
Aquí la calidad de vida no se mide únicamente en hospitales cercanos, ‘tardeos’ aburridos o en estadísticas de renta. Se mide en cosas más pequeñas y más humanas. En entrar a la tahona y saber cómo se llama el que te da la barra de pan cada mañana.
En salir a caminar sin miedo a cualquier hora. En dejar la puerta entornada porque aún existe la confianza. En sentarse al fresco mientras cae la tarde, en el poyo de la puerta o en la terraza del Teleclub y alguien pregunta simplemente: “¿Qué tal va el día?”
Villarino tiene además algo que las grandes urbes han perdido casi por completo: horizonte. No solo el paisaje abierto de los Arribes, donde el Duero dibuja cañones imposibles y el viento huele a jaras y romero, sino también un horizonte interior.
Aquí uno aprende que jubilarse no significa dejar de ser útil.
Siempre hay un pequeño huerto que cuidar, unas cepas que vigilar, un nieto al que enseñar cómo se injerta un almendro o cómo se reconoce la lluvia antes de que llegue, esas cosas de antaño que ahora se hacen casi imposibles.
La naturaleza deja de ser decoración para convertirse en rutina cuando se camina hacia el Teso, el Arenal o a los Castañares.
El campo acompaña. Caminar entre olivos o escuchar los pájaros en primavera produce una serenidad difícil de explicar a quien vive rodeado de rótulos de neón y tráfico.
Muchos mayores descubren en pueblos como Villarino algo parecido a una segunda juventud emocional: duermen mejor, hablan más, ríen más y necesitan menos para sentirse completos.
Vida de dimensión colectiva
La manera en la que tratamos con la gente que nos rodea ya no vuelve a ser la misma. En las ciudades uno puede pasar años sin conocer a quien vive pared con pared. En los pueblos, en cambio, la vida aún conserva cierta dimensión colectiva.
Las fiestas patronales, las partidas de cartas, las conversaciones en el Teleclub o las reuniones improvisadas en la plaza crean una red invisible que protege contra una de las mayores amenazas de la vejez moderna: la soledad.
Ya lo escribí un día, en el pasado, cuando añoraba las tertulias bajo el árbol de la farmacia a Pablo Zamorano, Quico Florito, Luis Raúl, Juan Sánchez y a mi padre. Tiempos, porque ahora no son más que un espectro del ayer.
Porque el verdadero drama de muchas jubilaciones urbanas no es la falta de dinero, sino la falta de pertenencia. Hay ancianos rodeados de comodidades que apenas hablan con nadie durante días.
En Villarino todavía existe el gesto sencillo de preguntar por el vecino si hace tiempo que no se le ve. Ese estar pendiente, con cariño y sin agobiar, cura más que la mitad de las pastillas que nos recetan.
Claro que vivir en un pueblo también exige aceptar ciertas renuncias. Hay menos servicios, menos inmediatez, menos opciones de ocio sofisticado, menos ‘tardeos’ y menos noches de tributos y recuerdos rockeros que pasaron, como Karina, al baúl de los recuerdos.
Pero quizá ahí reside precisamente la esencia de todo. La jubilación obliga a distinguir entre lo necesario y lo accesorio. Y al final muchos descubren que no echaban de menos los centros comerciales, sino el cielo estrellado; no necesitaban tanta velocidad, sino más conversación.
Aquí, por suerte, tenemos un moderno centro de salud con servicio de urgencias las 24 horas, Guardia Civil, farmacia, escuela, teatro, bares, servicio de restauración donde comer, hermosas piscinas, comercios y buenas fiestas, que todo hay que decirlo.
Más el ingrediente necesario de un Ayuntamiento con solvencia económica después de muchos años en la ruina y que permite dar empleo a decenas de familias, lo que garantiza la vida.
Mi pueblo, Villarino, no es un pueblo cualquiera, por lo que muchos prefieren regresar en la juventud, pero también en la jubilación.
En Villarino de los Aires las noches aún son oscuras de verdad. Y eso permite volver a mirar las estrellas como se hacía antes. Tal vez por eso tantos jubilados sentimos aquí una paz difícil de nombrar. Porque el pueblo no promete una vida perfecta, pero sí una vida más humana.
Imagen de la Plaza Mayor de Villarino de los Aires durante unos bailes charros en sus fiestas de San Roque.
Un día a día donde el invierno se despide con olor a hoguera y el verano te recibe con el aroma del suelo ardiente. Donde el silencio no pesa. Donde aún se escucha a los pájaros al amanecer.
Y donde, después de tantos años trabajando deprisa, en una profesión, el periodismo, que no conoce el sosiego, uno por fin aprende el arte olvidado de vivir, ¡ay!