Las 10 políticas españolas con más seguidores en redes sociales
Es extraordinariamente común en el mundo digitalizado que construimos cada día la aparición de relaciones que, en tiempos anteriores, eran muy limitadas. Estas son las denominadas "relaciones parasociales": vínculos unilaterales que en la antigüedad preindustrial se reservaban a las personalidades famosas célebres e, incluso, a iconos religiosos y personajes destacados de la literatura. Una relación parasocial, en la actualidad, consiste en la relación descompensada que se establece entre un espectador y una persona famosa.
Quien consume la producción del famoso en cuestión cree saberlo todo acerca de la vida de la persona a la que sigue, mantiene la ilusión de conocerlo y lo defenderá o criticará, en caso de que sea preciso, únicamente con base a la información sesgada y parcial a la que este puede acceder; por su parte, el sujeto parasocializado desconoce la existencia o las características personales de la persona que lo enaltece o lo aborrece.
El mundo internáutico está repleto de individuos parasocializadores, productos de la sociedad del espectáculo que anticipó el filósofo situacionista Guy Debord. Las experiencias innatamente humanas, incluyendo bastiones de la sensorialidad como la amistad o la admiración, han sido reducidas a meras representaciones, por lo que muchos de los amigos de la sociedad digitalizada se ven reflejados en aquellos influencers y streamers que no fungen más que como un simulacro de una auténtica relación de afecto y pertenencia.
La proliferación de las relaciones parasociales sirve como próvido prefacio para el comportamiento que se ha adoptado con el tema tabú por antonomasia: la política.
La política es polémica desde los albores del género humano. La violencia inherente a un asunto que provoca tanto revuelo con su sola mención ha facultado que exista una parasocialización con respecto a sus figurantes principales a lo largo y ancho de toda la historia. Sería osado y aún ingenuo pensar que el mundo moderno, con sus millones de conexiones por segundo y su compresión del planeta en una manejable aldea global, ha inventado también este fenómeno. Es palmaria la influencia que los líderes políticos y sus caracteres han ostentado en el océano de la historia. Un líder institucional particularmente simpatizable obtendría la venia del pueblo; muy pocos lo conocerían personalmente, pero la multitud, parasocialización mediante, le atribuiría los detalles benéficos que le interesase y daría la vida por él. Asimismo, una figura crudelísima en la jefatura de un estado, aun cuando los detalles verdaderos de sus quehaceres permaneciesen ocultos, podría ser derribada a través de la propaganda y, ulteriormente, con la atribución, por parte de los gobernados, de las más grandes villanías que pudieran mellar el alma de un mortal.
No obstante, es igualmente palpable que las flamantes herramientas que posee el ciudadano promedio han intensificado el fenómeno y han convertido la clásica parasocialización hacia las figuras de poder en una silvana guerra henchida de desinformación, fanatismo y post-verdad. Los datos objetivos ya no importan, pues el fenómeno parasocial de falsa relación con los políticos se da en tan elevado grado que muchos sujetos defienden a los representantes del partido que votan como si fueran sus amigos o sus familiares cercanos. Los representantes públicos están cada vez más inmiscuidos en las redes sociales, la representación de su vida es más accesible que nunca para el gran público y ello dota de armas tanto a sus implacables defensores como a sus fieros detractores. El político, idealmente, debería ser un servidor público; no debería existir una relación con el contribuyente en mayor grado sentimental que la que se mantiene con cualquier otro funcionario, empresa dificultosa hogaño debido a la institución social de la parasocialización.
La parasocialización política presenta pues dos características esenciales en su influjo social: 1) hace creer a los individuos parasocializadores que conocen a la persona que defenderán o atacarán hasta las últimas consecuencias cuando, en realidad, son sólo víctimas de una flagrante manipulación llevada a cabo por expertos en imagen y 2) convierte la discusión política en una defensa (o en una ofensiva) visceral hacia personajes que ya no actúan como políticos, sino como extraños recipientes de un afecto incondicional por parte del parasocializador.
Me es imposible no relacionar este tipo de comportamiento interpersonal con una suerte de pasión religiosa y neurótica, en la que se reduce a una persona, con todas sus complejidades y dobleces, a lo que de ella se muestra a través de la pantalla. En lo que es un ejercicio prácticamente chamánico, acreedor de unas propiedades mágicas ineluctables, la parasocialización política viene, más de medio siglo después, a refrendar la vigencia de Debord y a corroborar que la política, como fiel espejo de la vida moderna, no se trata de verdad, sino simplemente de imagen.