La Banda del Rosario, tocando en Callao. Ayuntamiento de Cádiz.
Saetas y borrachuelos
Mi sur tenía sabor a contienda, a ruido y a desencuentro, a tempestad cotidiana y a anhelo de triunfo lejano. Aprendí a no naufragar entre huracanes y tremendismo en una gota de agua, ironizando a contracorriente, como pez en el aire.
Lo abandoné sin propósito de enmienda, ni de regreso. Pero, ahora lo sé, con tan poca convicción como la del niño enfadado que en su rabieta frunce el ceño, se cruza de brazos y jura que ¡nunca más y para siempre!
Quizás de aquellos cursos intensivos de esperanza a la deriva y de soledad sin anestesia, nació mi comunión con lo imposible y lo divino, con los cielos grises de este norte incipiente, con esta y otras lluvias de marzo que impregnan, esta y otras cuaresmas, de fragancias a recuerdos que aprietan, a vida que pasa y a infancia de pueblo que vuelve.
Intenté huir y amordazar a mi sur. Pero mi sur es de la estirpe de un Sur mayor, soberbio y eterno que no acepta condiciones, ni distancias. Antonio Gala decía que Andalucía jamás fue conquistada, ni doblegada porque era ella quien conquistaba y doblegaba a quienes lo intentaron.
El Sur deshizo mi propósito, porque nadie puede contenerlo cuando corre desbocado por las venas y por las calles de la memoria, entre aromas de azahar y de jazmín.
Cuando se acerca la Semana Santa el Sur me reta y me zarandea, a pesar de que nunca compartí con entusiasmo el clamor de sus trompetas, el baile de sus pasos, el tintineo de sus varales, el ¡ay! de sus suspiros o sus rictus de dolor exagerado entre levantás y aplausos. Mi sur vuelve burlón y altivo para recordarme que somos lo que fraguó en nuestros comienzos, para imponerme como penitencia el martirio de mis cosas pendientes y para perdonarme con el milagro de la tregua y de la Resurrección.
Callejeo nítidamente por aquellos años. El mío era uno de esos barrios de la periferia, de casas blancas y uniformes que Girón de Velasco construyó en la década de los 50 del siglo pasado. La nuestra tenía un patio con un jazmín, aspidistras y don pedros, geranios y ruido de chiquillería y travesuras que se colaban por los muretes medianeros, desde las casas cercanas.
Por Cuaresma todo empezaba a prepararse. Se encalaban las casas. Pololos llegaba con la primera luz del amanecer, con sus brochas y con sus cañas largas para blanquear el mayor número de fachadas de una sola tirada. La tradición conllevaba sus retahílas y cantinelas; la de las madres a los niños, "no te acerques al cubo que está la cal hirviendo, y además vas a cobrar"; la de la vecina que aparecía en el momento oportuno, a Pololos, "pega otro brochazo por encima de la reja que te has dejado un santo". Y Pololos dejaba de tararear el Soy minero para repintar lo pintado sin discutir. Cuando acababa se giraba con sorna hacia la fila de mujeres que desde la acera de enfrente examinaban como un jurado implacable la pared recién encalada, ‘¿qué?, ¿os gusta como ha quedado?’, mientras desataba las cañas y guardaba ‘los arreos’. En cuestión de paciencia Job era un aprendiz al lado de Pololos.
olviendo del colegio la semana previa a las vacaciones, desde algunas casas llegaba el olor a arroz con leche y a canela, a roscos fritos y a borrachuelos hechos con las recetas que nuestras madres aprendieron de nuestras abuelas. Hasta los últimos años, cuando coincidíamos algún domingo en el cortijo, mis tías me ofrecían uno de los suyos recién hechos y me provocaban pícaramente para que me mojara y dijera cuál era el que más me gustaba de todos. Yo me reía y ellas también. Nunca los he probado mejores.
Cuando Mariano Medina anunciaba por la tele en blanco y negro tiempo soleado para la Semana de Pasión, mi padre, sin mirar a nadie susurraba ‘¡con la falta qué hace el agua para los olivos!’. Realmente lo que deseaba es que lloviera a cántaros para librarse de procesiones, bullicio y jaleos. Mi madre le miraba enfadada reprochándole su petición encubierta, como si él influyera en Dios para que obrara el milagro.
Después, ya metidos en faena, entre el gentío que nos llevaba hacia la esquina en la que siempre cantaban alguna saeta, se hacía el silencio. Todos escuchaban embelesados y yo por imitación, como un niño sentado en el banco mientras transcurre una homilía indescifrable en la misa. Un toque de trompeta y los aplausos acababan con la tensión contenida.
Mucho tiempo después volví al Sur, pero ya no era el mío. Descubrí un Sur que no conocía. Eran los mismos lugares y los mismos aromas, pero yo lo vi por primera vez a través de otras miradas. No era mi mano la que buscaba otras para no perderme. Eran otras las que se agarraban a las mías, para salvarme. Escuché la misma saeta en la misma calle y la entendí como nunca. Y me rendí ante el Sur invencible de siempre.