De izquierda a derecha, el rey de Marruecos, Mohamed VI; el presidente de EEUU, Donald Trump, y Townsend, exsubsecretario de Defensa.

De izquierda a derecha, el rey de Marruecos, Mohamed VI; el presidente de EEUU, Donald Trump, y Townsend, exsubsecretario de Defensa.

Reportajes

Trump pretende castigar a Sánchez retirando sus tropas de Morón y Rota: utiliza Ceuta y Melilla como "cortina de humo"

"Si Trump quiere presionar a España lo hará con Rota y Morón. No con Ceuta y Melilla", dice a EL ESPAÑOL Townsend, exsubsecretario de Defensa de EEUU.

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Denver
Publicada

En Washington, Ceuta y Melilla no quitan el sueño a casi nadie. Ni siquiera ahora, cuando una memoria explicativa de la Cámara de Representantes de Estados Unidos ha utilizado una fórmula especialmente sensible para Madrid al describir las dos ciudades autónomas como territorios “administrados por España” en suelo marroquí.

Quien quiera buscar el verdadero punto de presión de Donald Trump sobre España, sostiene Jim Townsend en conversación con EL ESPAÑOL, debe mirar a otro sitio: Rota y Morón.

Townsend, investigador del Programa de Seguridad Transatlántica del Center for a New American Security y exsubsecretario de Defensa de Estados Unidos para Europa y la OTAN, conoce bien el mapa de seguridad europeo.

Jim Townsend, investigador del Center for a New American Security y exsubsecretario de Defensa de Estados Unidos.

Jim Townsend, investigador del Center for a New American Security y exsubsecretario de Defensa de Estados Unidos. CNAS

La lectura de este exalto cargo del Pentágono es incómoda para España porque rebaja una alarma y abre otra: Ceuta y Melilla tienen un enorme peso político para Madrid, pero apenas existen en la conversación estratégica estadounidense. Las bases, en cambio, sí.

La pregunta se ha vuelto inevitable después de que Washington haya empezado a tantear fórmulas de castigo contra aliados considerados poco leales por su falta de apoyo a la guerra contra Irán: si Trump ha contemplado revisar posiciones históricas sobre territorios europeos como las Malvinas, ¿podría hacer lo mismo con Ceuta y Melilla?

El ex alto cargo del Pentágono es tajante: no lo ve. “No he oído absolutamente nada en Washington sobre la posibilidad de utilizar Ceuta y Melilla como herramienta de presión contra España”, explica. “No es un asunto conocido aquí”.

Ceuta y Melilla, una alarma española

La frase no salió de una declaración de Trump ni de un comunicado de la Casa Blanca. Apareció en un lugar menos visible, pero políticamente delicado: la memoria explicativa de un proyecto presupuestario de la Cámara de Representantes de Estados Unidos.

No es una ley, no es vinculante y no modifica por sí sola la posición oficial de Washington. Pero en diplomacia a veces basta una línea en el lugar adecuado para abrir un problema.

El texto, vinculado al Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes y suscrito por el republicano Mario Díaz-Balart, describe Ceuta y Melilla como ciudades “administradas por España” en territorio marroquí.

Además, anima al secretario de Estado, Marco Rubio, a promover un diálogo entre España y Marruecos sobre su “estatus futuro”. Ahí está el núcleo de la polémica: no reconoce formalmente la tesis marroquí, pero introduce a Estados Unidos en una cuestión que España considera cerrada.

La redacción toca una fibra especialmente sensible. Los enclaves no son, para España, un expediente colonial pendiente ni una soberanía en revisión. Son ciudades autónomas y territorio nacional. Por eso la reacción política fue inmediata.

El congresista Mario Díaz-Balart, junto al presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

El congresista Mario Díaz-Balart, junto al presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Pero Townsend separa esa alarma del cálculo real de Washington. La diferencia con las Malvinas, explica, es importante: las Falklands sí tienen un lugar reconocible en la memoria diplomática estadounidense por la guerra de 1982 entre Reino Unido y Argentina. Ceuta y Melilla, no.

“Las Malvinas son más conocidas por la guerra”, señala Townsend. “Los territorios españoles en el norte de África no tienen esa presencia en Washington”.

El exsubsecretario de Defensa sí conoce esos enclaves porque ha trabajado durante años en asuntos europeos y de la OTAN, conoce España y conoce el Pentágono. Precisamente por eso cree que el debate español puede estar leyendo desde su propia perspectiva un asunto que en la capital estadounidense apenas circula.

La mención puede agitar a España, alimentar a Rabat y abrir una grieta diplomática. Pero el experto no ve detrás una estrategia elaborada para convertir Ceuta y Melilla en un arma contra Sánchez.

“Puedo imaginar a alguien en la Administración intentando agitar este asunto para crear problemas”, sostiene Townsend. “Pero no creo que sean lo bastante listos ni que conozcan lo suficiente Ceuta y Melilla como para convertirlo en una estrategia”.

La frase es casi más inquietante que tranquilizadora. No descarta la mala intención; descarta la sofisticación. Townsend incluso ironiza con la posibilidad de que existan “genios malvados” dentro de la Administración capaces de detectar esa palanca. Pero su conclusión es otra: el asunto es demasiado desconocido en Washington como para formar parte de una operación real.

“Me sorprendería mucho que recurrieran a Ceuta y Melilla para castigar a España”, afirma. “Sería una vía muy inusual”.

El punto no es que ambas ciudades carezcan de importancia. Para España la tienen toda. El punto es que, en Washington, hay mecanismos más visibles, más simples y más conectados con los intereses estadounidenses si el objetivo es presionar a Madrid.

No están en el norte de África. Están en la península.

Rota y Morón, donde sí puede doler

En Washington, Rota y Morón se entienden mucho mejor que Ceuta y Melilla. Son barcos, tropas, acceso y despliegues. Poder tangible. Por eso Townsend cree que, si Trump quisiera castigar a España, el punto de presión estaría en las bases.

“Creo que sería más probable que hablaran de las bases de Morón y Rota”, explica. “Que dijeran: vamos a retirar tres barcos de Rota”.

La frase desplaza el foco. Ya no se trata de si Washington puede agitar una disputa territorial sensible para España, sino de si puede utilizar contra Madrid la arquitectura militar que ambos países comparten.

En Rota está una de las piezas del escudo antimisiles de la OTAN. Los destructores estadounidenses localizados allí refuerzan la seguridad de Europa, el Mediterráneo y el Atlántico, además de acortar los tiempos de respuesta de la Marina estadounidense. Morón, por su parte, funciona como plataforma para operaciones hacia el sur y el este, especialmente en África y Oriente Próximo.

El USS Donald Cook (i), uno de los destructores del escudo antimisiles de la OTAN en la Base Naval de Rota (Cádiz).

El USS Donald Cook (i), uno de los destructores del escudo antimisiles de la OTAN en la Base Naval de Rota (Cádiz). EFE

Por eso, si Washington cuestionara esos despliegues, España no sólo perdería actividad militar extranjera: perdería centralidad estratégica. Dejaría de ocupar una posición privilegiada en la conversación de seguridad estadounidense sobre el Mediterráneo, África y Oriente Próximo, vería debilitado su papel como socio clave en el flanco sur de la OTAN y quedaría expuesta a una señal política devastadora: que Estados Unidos ya no la considera un aliado plenamente fiable en una zona crítica.

La presión tampoco sería solo geopolítica. Rota y Morón generan actividad económica, empleo, contratos, servicios, industria auxiliar y presencia institucional en Cádiz y Sevilla. Una reducción significativa de actividad no tendría únicamente valor simbólico: afectaría a territorios, empresas y trabajadores que viven alrededor de esa presencia militar.

Townsend compara ese escenario con Alemania, donde Trump ya amenazó con retirar tropas estadounidenses.

“Eso estaría más cerca de lo que ha hecho con Alemania, cuando habló de sacar fuerzas de allí”, señala.

La lógica sería la misma: convertir la presencia militar de Estados Unidos en Europa en un instrumento de presión política. Pero el matiz más revelador es otro. Una amenaza sobre Rota o Morón no solo dañaría a España. También dañaría a Estados Unidos.

“Eso nos perjudicaría también a nosotros”, admite Townsend. Aun así, no descarta el riesgo: “Es algo que puedo imaginarles haciendo”.

Ahí está una de las claves del trumpismo en política exterior: la amenaza no tiene que ser plenamente racional para ser útil. Basta con que sea visible, comprensible y políticamente intimidatoria.

Las Malvinas, el laboratorio de presión

Sin embargo, que Townsend enfríe la hipótesis de Ceuta y Melilla no significa que no vea un problema mayor.

La inquietud europea no nace solo de la memoria sobre las ciudades españolas, sino de otra señal que llegó desde el Pentágono: un correo interno, revelado por Reuters, en el que se planteaban posibles fórmulas para castigar a aliados europeos que no habían respaldado plenamente la ofensiva estadounidense contra Irán.

Entre esas opciones había una especialmente sensible para Reino Unido: revisar el respaldo de Estados Unidos a la posición británica sobre las Falklands/Malvinas. No era una decisión oficial de la Casa Blanca, pero sí una advertencia política: incluso posiciones diplomáticas históricas podían entrar en el terreno de la presión.

Javier Milei y Donald Trump, en Nueva York.

Javier Milei y Donald Trump, en Nueva York. Reuters

En ese caso, Washington sabe qué toca. La guerra de 1982 entre Reino Unido y Argentina forma parte de la memoria diplomática occidental. Londres sabe lo que puede perder. Buenos Aires sabe lo que puede ganar. Y Javier Milei, uno de los aliados ideológicos más cercanos a Trump, ha vuelto a reactivar la reclamación argentina sobre las islas.

La idea de usar la soberanía de un aliado como instrumento no nació, sin embargo, con las Malvinas. Rachel Rizzo, experta en relaciones transatlánticas e investigadora principal del Observer Research Foundation, un influyente centro de análisis estratégico, sitúa el precedente más claro en Groenlandia.

“Cuando Trump empezó a utilizar la soberanía de Groenlandia como herramienta de coerción dentro de la relación transatlántica, los aliados europeos reaccionaron con auténtica preocupación”, explica a EL ESPAÑOL. “Pero la respuesta europea fue rápida y bastante unida, y eso demostró a Estados Unidos que amenazas de ese tipo no iban a ser aceptadas”.

La secuencia ayuda a entender el temor europeo: Groenlandia fue el aviso; las Malvinas, el precedente más operativo; Ceuta y Melilla, la alarma española

El método Trump: amenaza e incertidumbre

El riesgo, dice Townsend, no está solo en una decisión concreta. Está en el camino que va de una frase de Trump a una política de Estado.

En Washington, ahora, no todo empieza con una estrategia cerrada. A veces lo hace con una amenaza lanzada en público, una ocurrencia repetida en una reunión o una frase que alguien del entorno presidencial interpreta como una orden. Con Trump, explica el exsubsecretario de Defensa, esa frontera es especialmente difícil de leer.

Trump dice muchas cosas. A veces lanza amenazas y luego no ocurre nada”, afirma. “Otras veces, alguien a su alrededor escucha lo que dice y piensa que puede hacerlo feliz convirtiendo esa idea en realidad”.

Ahí está la zona gris que inquieta a los aliados. No hace falta que exista un plan sofisticado sobre territorios, islas o bases. Basta con que el presidente abra una puerta y alguien dentro del sistema decida atravesarla.

El presidente de EEUU, Donald Trump.

El presidente de EEUU, Donald Trump. Reuters

“Nunca sabes realmente qué va a hacer”, sostiene Townsend. “Puede decir algo, olvidarse, distraerse con otra cosa y luego volver sobre ello meses después”.

En política exterior, esa incertidumbre ya produce efectos antes de que haya una decisión formal. Los aliados recalculan, los rivales observan y terceros actores —Marruecos, Argentina o cualquier otro interesado— pueden interpretar la señal como una oportunidad.

“Eso es lo que lo hace imprevisible”, resume Townsend. “Y eso pone nervioso a todo el mundo”. La razón, añade, es simple: “No puedes ignorar lo que dice, porque es el presidente de Estados Unidos”.

El experto tampoco ve claro que una confrontación abierta con España le resultara rentable a Trump dentro de Estados Unidos. España no ocupa un lugar hostil en el imaginario estadounidense y mantiene vínculos históricos y culturales fuertes con el país. Puede que una parte del mundo MAGA celebrara “golpear” a otro aliado, admite, pero duda de que castigar a España le diera rédito electoral.

“Creo que podría perder más de lo que ganaría”, resume.

Eso no elimina totalmente el riesgo. Townsend cree que lo más probable es que Trump se distraiga con otros frentes —Irán, China, la política interna o las elecciones— y no vuelva sobre el frente español. Pero en su análisis esa es solo una probabilidad, no una garantía.

Rizzo coloca esa incertidumbre en un marco más amplio. Europa, sostiene, ha comenzado a entender el método.

Europa empieza a acostumbrarse al manual de Trump”, señala. “Las amenazas que utilizó en el pasado ya no tienen el mismo impacto que antes. Y eso, en cierto modo, es positivo, porque demuestra que Europa está aprendiendo a defenderse por sí misma”.

Pero acostumbrarse no significa confiar. Puede que los enclaves españoles no estén en el radar. Puede que las bases sigan siendo demasiado útiles para Washington como para tocarlas de verdad. El mensaje, aun así, ya ha calado en Europa: con Trump, casi todo puede acabar entrando en la negociación.

“No creo necesariamente que esto vaya a destruir la cohesión de la OTAN”, afirma Rizzo. “Pero sí transmite la idea de que Europa quizá ya no pueda confiar plenamente en Estados Unidos. Y eso debilita algunos de los elementos fundacionales de la Alianza”.

El conflicto, por tanto, no gira solo en torno a territorios concretos. Gira en torno a qué está dispuesto a utilizar Estados Unidos para disciplinar a sus aliados. En el caso español, Townsend traza una línea clara: las ciudades autónomas son el símbolo que dispara la alarma; Rota y Morón, el lugar donde una amenaza tendría consecuencias reales.

El ruido está en el norte de África. El poder, en las bases. Y la incertidumbre, en Washington.