Pedro Sánchez, presidente del Gobierno.

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno. Clara Carrasco / Europa Press

Neutralidades

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Negarse a la guerra es encomiable. De hecho, tanto o más que negarse al cáncer, a la pobreza y a la contaminación y destrucción del planeta Tierra por la mano del hombre.

"Existente, por desgracia, el estado de guerra entre Austria-Hungría y Serbia, según comunicó por teléfono el Embajador de España en Viena, el Gobierno de S. M. se cree en el deber de ordenar la más estricta neutralidad a los súbditos españoles con arreglo a las leyes vigentes y a los principios del Derecho público internacional. En su consecuencia, hace saber que los españoles residentes en España o en el extranjero que ejercieren cualquier acto hostil que pueda considerarse contrario a la más perfecta neutralidad, perderán el derecho a la protección del Gobierno de S. M. y sufrirán las consecuencias de las medidas que adopten los beligerantes, sin perjuicio de las penas en que incurrieren, con arreglo a las leyes de España […]."

Así de valiente y virtuosamente fijó España con claridad diáfana su postura el 30 de julio de 1914, reinando Alfonso XIII y gobernando Eduardo Dato. Se trató, al tiempo, de una "neutralidad benévola" con los Aliados de la Entente.

Alfonso XIII, al hilo de los acontecimientos, creó la primera misión humanitaria, la Oficina de Guerra europea, que ayudó a prisioneros y civiles. Andando los años, al iniciarse la invasión de Polonia en septiembre 1939.

Francisco Franco declaró con parca rotundidad la "más estricta neutralidad". Tras la arrasadora victoria inicial alemana en Francia en 1940, el Generalísimo situó a España en la "no beligerancia", apoyando a las potencias del Eje con suministros, inteligencia y el envío de la División Azul. Todo ello, sin embargo, afirmando no entrar "formalmente" en combate. La guerra cambió de nuevo de rumbo a partir de octubre de 1943, volviendo el Caudillo de España a la llamada "neutralidad vigilante", sin necesidad de mayores consultas ni zarandajas.

¿A quién se parece más, según Vd., en sus maneras, el Sr. Sánchez? ¿Y qué espera para actuar de forma clara, digna, legal y coherente alguna vez?