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Cuando acabe la guerra
Nos hablaron de una nueva normalidad y de un sinfín de milongas para entretener al personal. Aquí seguimos sin saber exactamente hacia dónde va el mundo. Nos cuentan extrañas teorías basadas en fórmulas magistrales para una vida mejor y aquí seguimos sin saber qué hacer. Nos enfrentan a las desgracias haciéndonos sentir como los principales damnificados, o incluso culpables. Nos roban, nos engañan, mercadean con nuestra vida en cualquier guerra donde las víctimas civiles quedan cubiertas por sábanas blancas. Personas que pasaban por allí, viviendo en sus casas o simplemente haciendo su vida cotidiana, porque uno permanece en el lugar que habita, que le corresponde o donde le sale de las gónadas. No obstante, el hecho de que tengamos que morir como daño colateral nos muestra, una vez más, que el ser humano nace, pero no se hace.
Ahora otra nueva guerra. La de Irán. Cada vez más cerca, más global. Ante esta nueva horda, hay quienes solo atienden a sus vísceras ideológicas. Cruel enfermedad que se atrinchera en lo más profundo del perverso ser cuando, utilizando su perfidia, ufanos elogian a los tiranos por la dureza de sus leyes o la crueldad de sus acciones. Jóvenes ajusticiados por protestar en la calle. Mujeres golpeadas, encarceladas y humilladas por negarse a usar el velo. Homosexuales colgados de una grúa por mostrar su propio género.
El canalla es un ser insensible y su doctrina es su jaula de oro. Es, en definitiva, una de esas hidras maléficas que devoran al gentil por defender la libertad y rebelarse ante la tiránica dictadura. Es la filosofía del totalitarismo más abyecto, en donde el pueblo paga por sumisión la guerra justa impuesta por sus gobernantes. No hay término medio: "O estás conmigo o contra mí". Una manera repugnante de cercenar miles de vidas humanas sin posibilidad de elegir entre tener que morir a causa del desatino o mantenerse con vida, consciente de que no hay peor guerra que la que sufre quien se muestra ávido de paz.
La codicia por el poder es la acción humana más dañina para el ser humano, por lo que es de justicia erradicar a los despreciables como responsables del peor de los males. La noción de que el uso de las armas ennoblece a quien lo realiza proviene de tiempos antiguos; por ello, se hace relevante saber diferenciar, especialmente en este siglo XXI, que la función del ejército tiene también un carácter político y social enfocado en controlar a los indómitos, someter las voluntades y habituar a la obediencia; o sea, en formar buenos súbditos, ciudadanos libres y responsables.
Este elevado precio por la guerra —que se supone que no es solo un factor perturbador de la paz— debe ser utilizado para ejercer una fuerza expresiva que demande castigo a aquel o aquellos que gobiernan y someten a su pueblo a la represión despiadada de un autócrata. Cuando la causa cesa, los efectos finalizan. Por lo tanto, tener a la humanidad sujeta al designio de cualquier lunático que, en gracia de su locura, pueda presionar el botón rojo de la muerte discrecional nos conduciría al peor de los escenarios.
Hoy en día, las guerras son globales y eso nos debe hacer reflexionar ante la posible visita de un misil cualquiera, ya que los conflictos bélicos están cada vez más cerca y no es recomendable comportarse como el avestruz. Conviene estar del lado de quienes pueden defendernos. El mundo entero está ahora mismo conteniendo la respiración ante una escalada cuyo desenlace, en cuanto a tiempo y forma, es imposible de prever. Por desgracia, la muerte carece de ideología y es un hecho que nos afecta a todos y todas, incluso a los que predican en barbecho.
Cuando acabe la guerra, todos habremos perdido. Muertos o vivos. Ricos o pobres. Y así, una y otra vez, porque la muerte, que rara vez tiene frío, seguirá aprovechándose de nuestra vida hecha un lío. A fin de cuentas, el ser humano es la única especie terrenal que paga por ser un perfecto desconocido. Por eso, al finalizar cualquier guerra, todos la habremos sufrido.