Raúl del Pozo en una entrevista concedida a EL DIGITAL de Castilla-La Mancha en 2017.

Raúl del Pozo en una entrevista concedida a EL DIGITAL de Castilla-La Mancha en 2017.

Raúl del Pozo

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Raúl del Pozo fue para muchos de nosotros un descubrimiento lateral. Llegamos a él por Umbral, como quien entra a una taberna buscando a un parroquiano y acaba encontrando a otro que también sabe contar historias. Cuando murió Umbral, Raúl del Pozo intentó ocupar aquel territorio sagrado de la columna en El Mundo, ese pequeño espacio diario donde la noticia se convertía en literatura y la actualidad se volvía casi un género menor frente al estilo.

Nos gustaba porque tenía verbo: castizo, callejero, con ese punto canalla e irreverente que a veces parecía venir directamente de la barra de un bar de Madrid. Había en él algo de cronista nocturno, de observador que mezcla política, memoria y tabaco en la misma frase. Lo leíamos con gusto. Leímos muchos de sus artículos y hasta compramos algún libro.

El problema —si es que puede llamarse problema— es que ya estábamos infectados de Umbral. Y la infección era irreversible. Habíamos aprendido a buscar en el periódico no la noticia, que siempre llega adulterada por la ideología o la prisa, sino la frase, la metáfora, el golpe de estilo.

Después de Umbral, todo parecía inevitablemente menor. No por culpa de Raúl del Pozo, sino por culpa de aquel listón imposible que Umbral había dejado flotando en el aire.

Con todo, Raúl del Pozo pertenece a una época muy concreta de nuestras lecturas: la época iniciática en la que abríamos el periódico como quien abre un libro, esperando encontrar en una columna algo de literatura verdadera, algo que escapara a la mentira sistemática de la noticia. En aquellos años los columnistas eran también personajes, y cada uno tenía su música.

La de Raúl del Pozo era bronca, madrileña, algo noctámbula, a ratos sentimental y a ratos burlona. No siempre afinaba, pero cuando lo hacía se le reconocía una voz propia, y eso en el periodismo ya es mucho.

Por eso, más allá de comparaciones inevitables, su nombre queda ligado a esa vieja costumbre —hoy casi perdida— de buscar literatura en el periódico de la mañana.

Le echaremos de menos.

Descanse en paz, Raúl del Pozo.