Los nuevos misiles KN-25 de Corea del Norte. Omicrono
Ser nuclear o no ser
En el núcleo de las relaciones humanas desde los albores de la especie está el argumento de la fuerza. No ha cambiado nada el jefe de estado actual, que acusa una brutal superioridad logística sumada a la capacidad nada desdeñable de reducir a cenizas a la otredad gracias a su enriquecido arsenal de bombas nucleares, del líder de la tribu que, en tiempos primitivos, arrasaba los poblados de sus competidores y se apropiaba, con la única ley del más fuerte como aislado amparo jurídico, de su territorio, sus bienes y sus vidas. El ser humano es el mismo desde su primigenio origen, aunque algunos gurús de la sociología y la cultura (a saber por qué intereses) se enquisten en lo opuesto.
Más allá del mundo unipolar que nació y se desarrolló tras la Guerra Fría, en virtud de la cual EEUU emergió como el policía del mundo y la única superpotencia indiscutida, ahora flotamos en un cosmos multipolar en que el único argumento válido vuelve a ser la fuerza (o, lo que es lo mismo, la posesión de armas nucleares). Las relaciones diplomáticas supervisadas por un organismo general regulador como la ONU no pasan de ser un mero (y malo) chiste y el decoro, por parte de los líderes políticos del mundo, se entiende como una muestra de debilidad.
Hubo tiempos en los que se mostraba al menos relevante intentar convencer a la población de que las acciones que se emprendían en el plano geopolítico, sobre todo si éstas implicaban la conquista de un territorio o el inicio de un conflicto bélico, poseían un carácter justificado e incluso alineado con los valores morales del país que desatara tales acciones. En la actualidad no obstante, el decoro es completamente innecesario, pues o bien la sociedad se halla plácidamente adormecida con sus miríadas de distracciones diarias, o bien la agresividad a la hora de establecer un nuevo equilibrio de poder se recibe con fruición por parte de sectores de la población cada más más polarizados.
Sea como fuere, el fuerte sólo puede permitirse pedir permiso cuando tiene totalmente controlada la situación, mas hoy, inmersos en una coyuntura internacional que se encuentra en el centro de un cambio de deriva y de una nueva repartición de poderes, países como Rusia, EEUU o China prefieren actuar sin menoscabo ni remordimiento ante los ojos del mundo con el objetivo de enviar un mensaje: únicamente disfrutáis de la ilusión de ser países independientes y de tener soberanía porque nosotros, los dioses nucleares del mundo, os lo permitimos; de querer, podríamos distribuirnos equitativamente el globo ignorando por completo vuestras insignificantes opiniones.
Se agradece, y mucho, la honestidad, puesto que, durante muchos años, se ha insultado la inteligencia del ciudadano mundial promedio a través de ridículos institucionales continuos por parte de las organizaciones internacionales (a las que no hace caso absolutamente nadie), de propaganda a raudales y de paripés de escala telúrica sobre valores fundamentales o planes de acción en pro de toda la humanidad que, al término y en su ejecución, acababan siendo una suma de simples papeles no más útiles que la declaración de independencia que pudiera formar un ciudadano de a pie para proclamar la república independiente de su casa (recordemos el empireumático Tratado de París, cuyas directrices han sido violadas, por activa y por pasiva).
El ciudadano promedio está descubriendo, paulatinamente, que las «democracias liberales» en las que ha creído desde su infancia (a base de puro y duro adoctrinamiento) se diferencian de las dictaduras clásicas en un solitario factor, no del todo halagüeño: el engaño. La dictadura toma lo que quiere cuando lo necesita y no precisa de engañar a los propios para llevar a cabo sus objetivos; como China, que posee un invariable plan a cien años vista que le garantiza resultados. Las "democracias" como EEUU, por su parte, subvierten las expectativas de la población generando un circo cada cuatro años y ofreciéndole una ilusión de hegemonía para, en el momento en que las cosas verdaderamente importan y no se le puede conceder el poder al heterogéneo y caótico pueblo, actuar exactamente igual que una dictadura, con el coste extra de deber engañar al electorado para hacer pasar sus acciones como aceptables, aunque últimamente ni siquiera se dé este último requisito.
Este cambio de rumbo en el mundo, que empezó con la invasión rusa de Ucrania, prosiguió con la agresión israelí a Palestina, ha reventado con la acción unilateral de EEUU contra el gobierno de Venezuela y culminará con la invasión futura de Taiwán por parte de China sirve como aviso, perfectamente medido por parte de las potencias nucleares, de que el mundo no-nuclear sólo existe por los intereses transitorios de las potencias capaces de atomizar el mundo en cuestión de segundos y de que, en caso de no cooperación, no habrá miramiento por la parte de los poderes en tomar lo que desean del modo más humano (naturaleza obliga) posible: por la fuerza.