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Los linces de la lengua castellana
Alcurnia, perorata, ardid, zangolotino… Las cogería a todas ellas, y a todas sus compañeras, y las metería en una cestita de mimbre forrada con raso de color azul añil. Las trataría con mimo y buscaría el lugar idóneo donde plantarlas, después de haber analizado cuidadosamente cuál sería el clima más adecuado para que puedan germinar, crecer y hacer resurgir su especie, en extremo peligro de extinción. ¡Los linces de la lengua castellana!
La lengua es como el camino: se hace al andar (hablar) —Dios te guarde, Machado—. Es cierto que nada podemos hacer por cambiar las piedras que moldean el curso del río. Intento, y fracaso a menudo, transigir con ciertos neologismos y anglicismos que inundan nuestra lengua. "Tiempos nuevos, tiempos salvajes", pienso entre mí, citando al gran Jorge Ilegal. Hago lo que puedo por que consigan sobrevivir. Las utilizo a la menor oportunidad en mi día a día, aunque alguien espete: "Hija, ¡ni que fueras Alfredo Landa!" y me río nerviosa, pero parcialmente contenta, porque al menos el nombre de tan notable actor sigue resonando en la memoria colectiva.
A veces, en un alarde no sé si de generosidad, por hacer las veces de maestra no remunerada, o quizás de egoísmo, por no saber callarme y tener que sobreponerme continuamente al silencio, incluso me permito explicar la raíz etimológica de ciertas palabras, apelando a la caridad del oyente. "Si sabe de dónde vienen, puede que le dé más reparo que mueran tan jóvenes en pleno siglo XXI", pienso para mí. ¡Pero mírelas! Qué hermosas y castizas, ¿no le da pena que ChatGPT acabe con ellas?
El utilitarismo, el manido "bueno, la idea general se entiende" para defender cualquier mediocre trabajo de escritura o traducción automática me sigue helando el alma. Sí, se entiende, ¿pero puede ChatGPT o cualquier otra herramienta de inteligencia artificial transmitir los preciados matices que la aderezan sin ayuda humana? ¿Acaso la diferencia entre botarate y cenizo? Le pedirá que redacte por usted, ella extraerá un texto regurgitado de entre los miles que la alimentan y, gracias al algoritmo, utilizará los conceptos, frases y palabras más conocidas y manoseadas. Ese es el verdadero problema: ¿qué hay de nuestros linces? ¿quién los rescatará del mar de Internet, de entre la marabunta de palabras baúl?
La automatización para facilitar las labores de escritura y traducción hace tiempo que forma parte de la industria, no piense que somos amanuenses (otra de mis palabras preferidas) que escriben a pluma y en silencio. Sin embargo, la tecnología, al menos de momento, sigue sin ser capaz de igualar, y menos mal, la cantidad de matices que pueden apreciar la mente y el corazón humano. Si no es por respeto a la calidad literaria, y tampoco al idioma en sí mismo, apiádese por lo menos de los seres más pequeños y vapuleados del recreo: todas aquellas palabras olvidadas, aquellos linces en peligro de extinción. Ojalá, como estos últimos, ellas también consigan resurgir a pesar del escabroso mundo que las rodea.