Las caricaturas que explican la España de la Restauración

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Caciques de ayer y de hoy

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Hubo un tiempo en que el cacique era un señor reconocible. Tenía bigote, tierras, despacho con retrato oficial y, sobre todo, una valiosa agenda mental. En su pueblo no hacía falta explicar quién mandaba: bastaba con ver a quién se acudía cuando surgía un problema. Aquel cacique del siglo XX, heredero reciclado del cacique de la Restauración, ejercía un poder tangible, casi físico. Controlaba favores, empleos, licencias, sanciones y silencios. Su territorio era concreto: un municipio, una comarca, a lo sumo una provincia. Su legitimidad no venía de urnas competitivas ni de teorías políticas avanzadas, sino de algo mucho más elemental: su capacidad para resolver (o bloquear) la vida de los demás. El sistema era sencillo, eficaz y profundamente humano en su sentido más crudo: yo te consigo trabajo, tú me aseguras lealtad; yo arreglo un expediente, tú me debes un voto o, al menos, discreción. Todo quedaba en casa o, mejor dicho, en el pueblo. Si había corrupción, era doméstica; si había abuso, era silencioso; si había escándalo, no salía del bar. Ese cacique ha quedado muy bien retratado en la literatura, desde Galdós y Clarín, a Delibes y Cela.

Avancemos unas décadas y cambiemos el decorado. Desaparece el despacho con retrato oficial, pero aparecen salas de reuniones, consejos de administración, despachos ministeriales, viajes internacionales y teléfonos con agenda cifrada. El cacique no ha muerto; ha hecho un máster. El nuevo cacique del siglo XXI no domina un territorio, sino una red. No tiene campesinos, tiene contactos. No reparte jornales, facilita contratos. Ya no habla en la plaza, sino en despachos discretos o mediante intermediarios que “saben cómo funciona esto”. Y, sobre todo, ha aprendido a utilizar un lenguaje más refinado: donde antes había “favor”, hoy hay “gestión”; donde antes había “comisión”, ahora hay “intermediación” o “consultoría”; donde antes uno “colocaba a alguien”, hoy “se abre una oportunidad” o se contrata como “asesor” o “asesora”.

El principio del caciquismo de ayer y de hoy sigue siendo el mismo: acceso privilegiado a decisiones públicas a cambio de retornos privados. Solo que ahora el circuito es más sofisticado. En lugar de controlar el voto, se controlan la adjudicación, la subvención y el rescate. En lugar de garantizar fidelidad electoral, se garantiza rentabilidad económica. El intercambio sigue existiendo; ha cambiado el objeto.

También hay una diferencia estética. El cacique clásico era visible; el moderno es difuso. Aquel se apoyaba en relaciones personales directas; éste en estructuras complejas que diluyen la responsabilidad. Antes el poder era casi artesanal; ahora tiene cierta vocación industrial.

Eso sí, el nuevo cacique vive en un ecosistema menos acogedor. A diferencia de su antecesor, tiene que convivir con jueces, prensa, oposiciones y una opinión pública que se indigna. Ya no puede confiar en el silencio estructural del sistema. Hoy el problema no es solo hacer, sino que no te pillen y, si te pillan, que no se entienda demasiado bien.

El caciquismo, que antes era el sistema, hoy es la desviación del sistema… pero una desviación recurrente. Como si la lógica de las redes de favor fuera más resistente que las propias normas diseñadas para evitarla. Hemos pasado del cacique con bastón al gestor de influencias con agenda digital, pero la tentación de convertir lo público en una moneda de intercambio privado sigue ahí, mutando con cada época.

Quizá, en el fondo, lo que el ciudadano común espera no sea nada extraordinario: simplemente que estas formas de poder, antiguas o renovadas, dejen de encontrar espacio donde prosperar; que la ética pública deje de ser aspiración y pase a ser práctica; que, si es necesario, las normas se afiancen lo suficiente como para que nadie pueda navegar entre ellas con ventaja. Porque más allá del ruido, de los nombres y de las coyunturas, persiste una demanda elemental: la de poder confiar en que lo que es de todos se gestiona con honestidad. Y mientras esa confianza no sea una certeza, sino apenas un deseo razonable, el problema seguirá siendo menos quién gobierna… que la forma en que se ejerce ese poder.