Hace unas semanas, acudí a un acto académico y, mientras esperaba con tranquilidad a que diese comienzo, levanté mi cabeza lentamente hacia arriba.
El techo era muy alto, gigantesco, y daba la sensación de ser un espacio que reclamaba ser ocupado. La inquietud y frialdad que me generó la amplitud de ese lugar me transportó inmediatamente a una escena que me marcó profundamente hace un par de años.
La película era “La zona de interés”, dirigida por el británico Jonathan Glazer, y explicaba la historia real del dirigente nazi Rudolf Höss, responsable del campo de concentración de Auschwitz, así como de su familia y su vida cotidiana al lado (y al margen) de ese terrible lugar que, por desgracia, ha pasado a la historia de nuestra memoria colectiva.
En un momento del filme, Höss se dirige a un gran teatro en Berlín, en una fiesta organizada para los dirigentes nazis, y se acomoda en su asiento en la primera planta de butacas.
Allí, eleva su cabeza y se fija atentamente en el techo, en el espacio vacío y, rápidamente, entendemos que está pensando cómo podría utilizar ese lugar para cumplir la función en la que más efectivo se mostraba: matar a personas en las cámaras de gas.
El plano solo mostraba el vacío, pero el personaje, y nosotros con él, rellenábamos los puntos suspensivos.
Esa película nos recordaba, como me ocurrió a mí en la pequeña anécdota personal, la peligrosa atracción del vacío.
El Diccionario de la Lengua Española lo define como “falto de contenido físico o mental” (vacuo, vano, frívolo, necio), “hueco o falto de solidez”, o “presuntuoso y arrogante”, entre otras acepciones.
El vacío nos intranquiliza. Es una muestra de poder, ya que impone y violenta, y nos mueve a escaparnos de él, o bien a contrarrestarlo: ya sea rellenándolo o eliminándolo.
El vacío pone a prueba la quietud y nos obliga a iniciar un movimiento: el de la sugestión.
Muchas veces sentimos que nuestra vida carece de sentido, que nos encontramos vacíos por dentro, y nos preguntamos cómo podemos llenarla.
En otras ocasiones, no hay espacio para el vacío, porque consideramos necesario que nuestro día a día esté repleto de actividades, entregas y compromisos. Es una huida de la reflexión sobre nuestra identidad.
Está claro que, en la sociedad actual, tenemos más miedo a quedarnos solos, a las ausencias, a la falta de espacio, y decidimos rellenar esos huecos de forma superficial, rápida e insípida.
El vacío es un espejo deformado del ser humano: muestra las altas posibilidades creativas que tenemos para jugar, compartir y soñar.
Peter Brook, en relación al teatro, explicaba: “El vacío en el teatro permite que la imaginación llene los espacios. Paradójicamente, cuantos menos elementos le demos, la imaginación va a estar más contenta, porque es un músculo que disfruta jugando juegos”.
Pero, al mismo tiempo, nos muestra nuestra incapacidad de mirarnos a la cara sin máscaras, como somos realmente.
De ahí que el vacío se convierta en un atestado espacio de figuras presentes, pero carentes de significado. Ahí la vacuidad reluce aún más, demostrando que un espacio lleno puede carecer de sentido y abandonarse a la superficialidad, la vanidad y la mezquindad.
Por último, ante la exasperante incomodidad que genera este espejo deformado, podemos caer en la huida.
Podría ser lo que se conoce como “atracción por el precipicio” o “llamada del vacío” (l’appel du vide), momento en el que sentimos un impulso irrefrenable por saltar y abandonarnos a nuestra suerte.
Tras estar embobado viendo el techo y su vacío, bajé mi cabeza y comprobé que toda la sala estaba llena, cargada de ilusión, con gente riendo y hablando, distraída de estos problemas y ajena a esta peligrosa atracción que nos recuerda, de vez en cuando, que debemos ser auténticos.