Pepe Verón, profesor de Periodismo en la Universidad San Jorge.
Hay días en los que el termómetro se toma libertades. Uno sale de casa pensando en mayo, en esa primavera que antes traía algo de tregua, y se encuentra un aire espeso, adelantado a lo más duro del verano, que invita a buscar la sombra y no a disfrutar del paseo.
No es una sensación exagerada. Este mayo de 2026 ha dejado temperaturas récord en varios puntos de España y un aviso bastante claro de lo que viene: el verano ya no llama a la puerta, entra sin pedir permiso y te da de bofetadas.
Los datos no necesitan explicaciones ni adornos. Santander llegó a 37,1 grados en mayo. En Igueldo, en San Sebastián, la temperatura mínima fue de 24,5, una de esas noches en las que dormir consiste en girar la almohada cada diez minutos y aceptar que el descanso será un acuerdo de mínimos.
En Aragón, Fraga alcanzó 37,4 grados y Zaragoza se quedó en 36,4, rozando su récord mensual. Hace no tanto, estas cifras habrían sonado a anécdota. Ahora empiezan a ser costumbre, y ahí está el verdadero problema.
Porque lo inquietante no es un episodio de calor adelantado, sino la película completa. Los tres últimos años figuran entre los más cálidos desde que hay registros y todo apunta a que 2026 volverá a moverse por encima de lo normal.
Dicho en lenguaje sencillo: no estamos ante una rareza caprichosa del tiempo, sino ante una tendencia. El calor del verano se adelanta, dura más y aprieta con más frecuencia. La primavera, en algunos momentos, parece haberse quedado en algo anecdótico.
Y, sin embargo, todavía hay quien insiste en que el cambio climático es poco menos que una invención ideológica. No un fenómeno físico, medible y estudiado, sino una especie de relato interesado.
Es una idea llamativa: mayo se comporta como agosto, los récords caen, las noches se vuelven tropicales y aun así el problema no sería la atmósfera, sino cómo hablamos de la atmósfera o, simplemente, el hecho de hablar de ella. Como si el mercurio subiera por culpa del lenguaje y no de los gases de efecto invernadero.
Aquí viene bien un concepto que suena técnico pero que se entiende enseguida: disonancia cognitiva. Es el mecanismo mental que usamos para no cambiar de idea cuando la realidad nos incomoda.
Si aceptar que el clima está cambiando obliga a revisar certezas, siempre resulta más cómodo decir que se exagera, que se manipula o que todo forma parte de una moda. Es una reacción humana, sí. El inconveniente es que funciona como un ventilador en mitad de una ola de calor: hace ruido, da sensación de movimiento, pero no arregla nada.
La ironía se vuelve casi dramática cuando la respuesta pública a este problema consiste en hablar de desregulación, como si quitando normas también se quitase el calentamiento global.
La fantasía es tentadora: eliminar planes, borrar estrategias, archivar políticas climáticas y esperar que, por arte de trámite, regresen las noches frescas, la sábana ligera y la vieja imagen de dormir con mantita en agosto en el pueblo. Sería un hallazgo formidable: la meteorología por supresión administrativa.
Pero el cambio climático tiene una mala costumbre: no negocia con discursos. Avanza igual, con una paciencia implacable, como un incendio subterráneo que apenas se ve al principio y que, cuando por fin asoma, ya ha prendido por debajo del suelo.
Por eso el problema no es que algunos quieran convertir el calor en una batalla política. El problema es que, mientras discutimos si el incendio existe, la casa sigue calentándose y empezará a arder en cualquier momento.