Ángel Rocamora, ante la instalación que ha preparado para el tesoro de Villena.

Ángel Rocamora, ante la instalación que ha preparado para el tesoro de Villena. M. H.

Cultura

Ángel, el arquitecto de Alicante que sitúa al museo de Villena en la élite europea: "Es una inversión que vuelve"

Rocamora defiende el valor social y económico de la cultura tras su doble nominación del MUVI y de La Unión en Murcia al prestigioso premio EMYA.

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Ángel Rocamora puede presumir de llevar pequeños museos a la élite de Europa. Lo hace con su equipo de Elche y a principios de junio sabrá si su doblete en los premios EMYA tiene recompensa con Villena o con La Unión de Murcia.

Vestido siempre de forma discreta, pasea por el Museo de Villena transmitiendo la energía que hay en un proyecto que está entre los 34 finalistas de 2026 a estos galardones. El recorrido abarca desde la prehistoria hasta mediados del siglo XX a través de miles de piezas.

Y eso alguien tiene que ordenarlas para que sean capaces de conquistar. "Lo primero que pedí al equipo fue expandir en el almacén todo aquello que era la colección para poder hacer una valoración de volumen", recuerda. Con todo aquello desplegado, su labor consistió en transformar conceptos técnicos en experiencias espaciales.

Mientras los arqueólogos aportaban datos complejos, Rocamora buscaba la claridad. "A mí me cuentan aquello y yo tengo que asimilar como visitante, cómo voy a poder entender aquello", señala. Su papel es el de un traductor hacia una "arquitectura que tiene que condensarse en un mínimo texto".

El arquitecto huye de la simplificación excesiva. Su objetivo es "facilitar lo máximo a través de los objetos, de los vídeos y de los textos" sin llegar a "infantilizar" el contenido. Para ello, diseñó una estructura que se adapta al ritmo de la historia: "Se tiene que expandir o comprimir, expandir en arqueología para que la ida sea cronológica".

Rocamora entiende que cada objeto en el museo narra tres historias distintas. La primera es su uso original, como "un hacha para talar árboles"; la segunda es su hallazgo por el arqueólogo; y la tercera es la interpretación que el museo ofrece al "visitante contemporáneo". Esta narrativa tridimensional es la que dota de vida a las salas.

Uno de los puntos que más ha impresionado al jurado europeo es la "activación" del espacio. Rocamora utiliza una metáfora automovilística: "Te puedes comprar un coche, pero si no le echas gasolina y andas con él, no le haces rodaje". Para él, los técnicos del museo son la energía que activa un "mueble inerte" para que llegue al público.

Esa activación ha convertido las salas en algo más que lugares de exposición. El arquitecto celebra que la sala permanente sea ahora una "ludoteca, una sala de conferencias, una presentación de un libro o conciertos". El concepto de museo como templo cerrado ha muerto para dar paso a la "ágora", un lugar de encuentro social.

El museo es ahora la nueva carta de presentación de esta pequeña ciudad con cerca de 35 000 habitantes. "Se convierte en una entrada para ofrecerte una buena recepción cuando vienes de fuera", afirma. Y por eso compara su función con la que tenían históricamente las estaciones de tren.

La conexión emocional con los ciudadanos es el éxito definitivo del diseño. Rocamora recuerda con asombro el encuentro con una joven que llevaba "tatuada la arracada" de la Condomina, una pieza del Tesoro en el brazo. "La gente tiene tatuado el museo en la psicología de ser villenero", reflexiona, lo que para él justifica cada euro invertido: "Es una inversión que vuelve".