Interior del restaurante Ibaya, con una estrella Michelin.

Interior del restaurante Ibaya, con una estrella Michelin. Sport Hotel Hermitage & Spa

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De Ibaya al Glass Bar: mi experiencia gastronómica en el Sport Hotel Hermitage & Spa

Alta cocina, brasa y platos reconfortantes conviven en los restaurantes del Hermitage, donde la gastronomía marca el ritmo del viaje.

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Alojarse en el Sport Hotel Hermitage & Spa es entender pronto que aquí la gastronomía no es un complemento del viaje. Es parte esencial de la experiencia. Más allá del esquí, el descanso o las vistas, el hotel funciona como un pequeño universo culinario donde conviven alta cocina, producto de montaña y propuestas más informales, siempre con un nivel sorprendentemente alto.

Durante mi estancia, el recorrido gastronómico pasó por cuatro de sus restaurantes: Ibaya, Glass Bar, Sol i Neu y Tradició. Cuatro espacios muy distintos entre sí, pero conectados por una misma idea de fondo: cocinar el territorio, respetar el producto y ofrecer experiencias coherentes con el entorno de alta montaña.

Ibaya, el relato gastronómico de Andorra

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Ibaya es, sin duda, el corazón gastronómico del hotel. El restaurante, distinguido con una estrella Michelin, propone una cocina profundamente ligada al paisaje andorrano y a su memoria culinaria. Aquí no se viene solo a comer, sino a escuchar un discurso que habla de estaciones, de ciclos y de una forma de vida marcada históricamente por el frío, la conservación y el aprovechamiento.

El menú que probamos fue una combinación de recorrido corto y largo, suficiente para entender el concepto sin perder el hilo narrativo. El arranque, bajo el título Las cuatro estaciones, es una declaración de intenciones. Invierno, primavera, verano y otoño se suceden en platos que funcionan como homenajes a la tradición reinterpretada.

A lo largo de la cena, el relato se acompaña también de pequeños gestos y detalles que aparecen sin previo aviso y que forman parte del juego creativo del restaurante. Elementos que están ahí desde el principio y cuyo sentido solo se revela con el paso del tiempo, reforzando esa idea de experiencia pensada para vivirse con calma y atención.

La escudella, como guiño a Santi Santamaría, abre el invierno con profundidad y respeto. La primavera llega con los caracoles a la llauna, el verano con la trumfa, y el otoño se expresa en una delicada tartaleta de setas. No es un menú efectista, es un menú reflexivo.

El segundo bloque, Vida, supervivencia y conservación en la montaña, conecta directamente con la historia económica y alimentaria del país. Cerdo, confitados, salmueras, patés y embutidos aparecen como técnicas heredadas de la necesidad. El cerdo con miel, el paté de campaña o el pastrami no buscan sorprender, sino emocionar desde lo reconocible.

En el menú Un paseo por Andorra, el discurso se amplía. El producto vegetal cobra protagonismo en platos como la alcachofa con tupinambo y avellana o el guisante lágrima con yema y trufa. Más adelante, llegan elaboraciones más complejas como el ciervo con remolacha o el ramen de montaña, que sintetizan tradición y técnica contemporánea.

El final dulce es una metáfora perfecta del entorno: bosque, tierra húmeda, hojas secas y piedras de río convertidas en chocolate, cacao y frutos secos. Un cierre coherente, poético y muy bien ejecutado.

Glass Bar, la sorpresa informal

La tortilla de patatas “Tartiflette” con queso Reblochon y panceta pimentada.

La tortilla de patatas “Tartiflette” con queso Reblochon y panceta pimentada. E.E.

El Glass Bar es uno de esos espacios que descolocan para bien. Ubicado en el lobby del hotel, propone una experiencia más relajada, pero sin bajar el listón. Aquí la alta cocina se traduce en platos para compartir, producto impecable y ejecuciones muy precisas.

Probamos la trilogía de lomos de salmón ahumado Carpier, delicados y elegantes, y una tostada crujiente de atún Balfegó que confirma que el producto manda. Pero si hubo un plato que se llevó todo el protagonismo fue la tortilla de patatas "Tartiflette", con queso Reblochon y panceta pimentada.

No exagero al decir que fue la mejor tortilla de mi vida. Jugosa, equilibrada, con un punto de grasa perfectamente integrado y un sabor profundo que no necesita adornos. Acompañada de aceitunas rellenas a mano, el Glass Bar se convierte en un lugar al que volvería sin pensarlo, incluso aunque no estuviera alojada en el hotel.

Sol i Neu, cocina de montaña con vistas

Arroz seco del senyoret.

Arroz seco del senyoret. E.E.

Sol i Neu representa la cara más reconfortante del conjunto gastronómico. A pie de pistas y con vistas privilegiadas al valle de Soldeu, este restaurante apuesta por una cocina de montaña reconocible, bien ejecutada y pensada para recuperar fuerzas tras un día de esquí.

La carta combina platos de cuchara, carnes a la parrilla, pescados y arroces, con la posibilidad de pedir medias raciones, algo que se agradece.

Probamos las croquetas del Echaurren, un clásico creado por el chef Francis Paniego, elaboradas con jamón y pollo, de relleno extremadamente cremoso y rebozado fino y dorado, que destacan por su equilibrio y suavidad.

Las acompañamos con un arroz seco del senyoret bien resuelto y jamón Joselito, servido con absoluto respeto al producto. A todo ello se suma un equipo especialmente cercano y atento, que acompaña la experiencia con naturalidad y hace que uno se sienta cómodo desde el primer momento.

Es un restaurante cómodo, honesto y muy bien integrado en el entorno, donde la cocina tradicional se presenta sin artificios, pero con técnica y cuidado.

Tradició, la brasa como lenguaje

El wagyu japonés DO Miyazaki.

El wagyu japonés DO Miyazaki. E.E.

Tradició Grill es el templo de la brasa dentro del hotel. Un espacio donde el fuego manda y el producto se trabaja al momento. Empezamos con un aguacate a la brasa acompañado de gazpachuelo de jalapeño y pico de gallo, fresco y sorprendente.

El plato estrella fue el wagyu japonés DO Miyazaki, intenso y delicado a partes iguales. Pero incluso para alguien que no se considera especialmente carnívora, el pichón de Bresse asado al momento fue una auténtica revelación. Preciso, jugoso y tratado con enorme respeto.

El final dulce, con coulant de avellana y helado de plátano a la llama, cerró una comida redonda, sin excesos y muy bien medida.

Koy Hermitage, la cuenta pendiente

Koy Hermitage, la propuesta japonesa del hotel, se quedó como asignatura pendiente. Una pena, porque su cocina, bajo la asesoría del chef Hideki Matsuhisa, tiene una pinta espectacular y cuenta con mención en la Guía Michelin. Habrá que volver.

Jordi Grau, el hilo invisible

Jordi Grau, chef ejecutivo del Sport Hotel Hermitage & Spa, en cocina.

Jordi Grau, chef ejecutivo del Sport Hotel Hermitage & Spa, en cocina. Sport Hotel Hermitage & Spa

Si hay alguien que conecta todas estas experiencias, ese es Jordi Grau. El chef ejecutivo del resort se acercó a saludarnos tanto en Ibaya como en el Glass Bar, con una cercanía poco habitual en un complejo de este nivel.

Su trayectoria, marcada por nombres como Francis Paniego, Nandu Jubany o el equipo de Disfrutar, se nota en cada detalle. Pero más allá del currículum, lo que se percibe es una forma muy honesta de entender la cocina: como un oficio que se comparte, se explica y se vive.

En el Sport Hotel Hermitage & Spa, la gastronomía no es solo alta cocina ni solo tradición. Es una experiencia completa, coherente y profundamente ligada a la montaña. Y eso, hoy en día, no es tan fácil de encontrar.