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Cuando el paisaje comienza a transformarse al otro lado de la ventanilla, cuando la estampa de la campiña sevillana comienza a tomar forma de extensas dehesas forradas de encinas y alcornoques, es la señal de que hemos alcanzado nuestro destino.

Monesterio, el pequeño municipio pacense que hace de puerta natural entre Andalucía y la meseta extremeña, aguarda con su aire rural y su amplio saber en uno de los aspectos gastronómicos más apreciados del universo: el cerdo ibérico.

No hace falta más que pasear durante unos minutos por las callejuelas de su apacible casco histórico para ser conscientes de que, aquí, se vive a otro ritmo. Las prisas y el estrés brillan por su ausencia, y en su lugar son el aroma campestre, las conversaciones pausadas en la plaza central y las rotundas campanas de su iglesia las que marcan el compás.

Iglesia parroquial de San Pedro en Monesterio.

Iglesia parroquial de San Pedro en Monesterio. Hoteles Desconecta2

Es, precisamente, en su principal templo religioso, donde puede comenzar esta visita. La Iglesia de San Pedro Apóstol, uno de los edificios más representativos del municipio, tiene su origen en el siglo XV, cuando fue concebida como una iglesia fortificada, algo que aún se percibe en su estructura sólida y en detalles como las almenas que coronan la cabecera, recordando un tiempo en el que lo religioso y lo defensivo convivían en un mismo espacio.

De estilo originalmente mudéjar —aunque posteriormente fue incorporando elementos renacentistas—, aporta la dimensión histórica a un destino que, aunque pequeño, tiene mucho que contar.

El cerdo ibérico como modo de vida

Nos fijamos en los diversos nidos de cigüeñas que gobiernan el tejado de la iglesia mientras nos dirigimos hacia la siguiente de las paradas: para entender de raíz el vínculo que Monesterio guarda con esa delicia incomparable que es el producto ibérico, no hay nada como visitar su Museo del Jamón.

A través de paneles informativos y fotografías, este centro de interpretación propone un recorrido interactivo a lo largo de dos plantas que abarca desde la dehesa, ecosistema en el que se cría el cerdo ibérico, hasta el producto final, explicando al detalle cada paso del proceso, las diversas razas, la alimentación en montanera, la matanza tradicional o el proceso de curación del jamón.

Una de las grandezas del museo es el haber sabido poner en valor esos detalles que convierten al jamón ibérico de bellota en una delicia tan rica como exclusiva a nivel mundial.

Aprendida la lección, el cuerpo pide catar el género, así que elegimos sentarnos a la mesa de Los Templarios, uno de los restaurantes locales más populares. Sus propuestas, contundentes y basadas en recetas heredadas, aunque reinterpretadas, son casi una extensión del paisaje.

No hay nada como arrancar la experiencia con un buen plato de jamón ibérico de bellota, pero tampoco deben faltar las croquetas caseras, las carnes ibéricas a la brasa o el risotto de boletus. Una alternativa mucho más transgresora resulta Honky Tonk, que introduce un enfoque más actual y desenfadado. Para completar la oferta, Mesón La Jarana y Restaurante Moya tampoco defraudarán.

Patas de jamón de Ibéricos Casa Lucas.

Patas de jamón de Ibéricos Casa Lucas. Cedida

Pero si lo que nos apetece es llevarnos el tesoro a casa, tampoco habrá problema: el Paseo de Extremadura, la principal avenida de Monesterio, es lo más parecido a un centro comercial dedicado al ibérico, pues en ella se concentran innumerables empresas dedicadas al sector.

Una de ellas es Ibéricos Casa Lucas, cuyo jamón de bellota 100% ibérico fue reconocido como Mejor Sabor del Mundo en 2023 por el International Taste Institute de Bruselas tras una cata a ciegas realizada por más de 200 chefs internacionales, se halla en la élite mundial del producto ibérico.

Explorando el extrarradio

Más allá del jamón, Monesterio invita a recorrer sus alrededores sin prisas, y el paisaje de dehesa, salpicado de caminos y senderos, es perfecto para ello. Muy cerca se halla Calera de León, donde aguardan más sorpresas: no hay que dejar de visitar el Conventual Santiaguista de San Marcos, un edificio histórico vinculado a la Orden de Santiago que ayuda a entender la importancia estratégica que esta zona tuvo durante siglos como paso entre territorios.

También está la Ermita de Nuestra Señora de Tentudía, levantada en plena sierra, un monasterio en uno de los enclaves más especiales de la comarca con vistas espectaculares a la Sierra de Tentudía. Un territorio idóneo para la práctica de senderismo calmado, la observación de fauna y, claro está, la desconexión total.

Sin embargo, si lo que queremos es un refugio verdadero, uno de esos lugares que hacen sentir en paz, olvidarse del estrés y de las preocupaciones del día a día, ese es La Dehesa de Don Pedro, un hotelito boutique de cinco estrellas y ambiente mágico perdido entre dehesas en las que pacen, alegremente, un sinfín de vacas.

Aquí el despertador se sustituye por el balido de las simpáticas vecinas, el piar de los pájaros y el zumbido de las abejas que recorren sus jardines de estilo inglés. La oferta la componen un total de 16 habitaciones dotadas de todo tipo de prestaciones repartidas por lo que un día fue un cortijo en ruinas que Pedro Valenzuela Godoy y su familia tuvo a bien restaurar.

Hoy, dotado de una nueva vida colmada de elegancia y sofisticación, cuenta también con restaurante —Las Mesas— donde seguir deleitándonos con todo lo que suene a ibérico, una piscina infinity y varios agradables saloncitos en el que entregarse al placer de la lectura, con un interiorismo repleto de diseño del que, ya lo adelantamos, no queremos irnos jamás.