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Relatos que sanan

Pedro Rodríguez, tras aprender a convivir con su ansiedad: "Por fuera ayudaba a los demás, por dentro estaba roto"

Pedro, experto en motivación y habilidades sociolaborales, habla sin filtros sobre la ansiedad, la terapia y el camino que lo llevó a entender la salud mental desde la calma, la vulnerabilidad y el autocuidado.

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Durante años, Pedro vivió instalado en la exigencia, el trabajo constante y la sensación de tener que poder con todo. Por fuera seguía adelante; por dentro, convivía con la ansiedad, el estrés y pensamientos que no sabía cómo detener. Hoy, después de un largo proceso personal, habla con naturalidad sobre salud mental, vulnerabilidad y aprendizaje. En esta entrevista, el impulsor de OCÉANO reflexiona sobre el momento en que entendió que no era una máquina, la importancia de pedir ayuda y la búsqueda de una vida más tranquila, consciente y en paz.

Pedro Rodríguez es consultor, formador, mentor y ponente especializado en motivación y habilidades sociolaborales. Diplomado en Magisterio en la especialidad de Educación Infantil de formación, máster en Dirección Comercial y Marketing por vocación, formado en coaching individual y para equipos y aprendiendo todos los días de sus clientes por pasión. Fundador de Soy Océano desde donde desarrolla proyectos que ponen el foco en lo más importante de las organizaciones, las personas.

Para que la gente te sitúe... ¿quién eres y a qué te dedicas?

Soy un chiñor, no soy chico ni señor, de 50 años, padre de Candela y Berta y marido de Vir, y llevo toda mi vida queriendo hacer las cosas de manera auténtica y desde el corazón, lo que me ha llevado a impulsar proyectos como OCÉANO, donde ayudo a las personas a mejorar sus habilidades profesionales.

¿Cómo te describirías hoy, en este momento de tu vida?

Cada año analizo una cosa de mí que quiero mejorar, me escribo un eslogan y me esfuerzo por conseguirlo. Este es “aprender a vivir en paz”. Ahora mismo estoy en esa búsqueda, probando cosas que me ayuden a conseguirla como esta entrevista. Vivimos en una constante carrera y quiero hacerlo de manera más tranquila y consciente.

Cuando piensas en tu bienestar emocional hoy, ¿qué palabra lo define?

Calma, ahora mismo sería calma.

Si miramos atrás... ¿cuándo dirías que empezó esa etapa difícil?

La última, porque ha habido varias, empezó hace 7 años. No era consciente, pero estaba con estrés, ansiedad y un principio de depresión. Fui a terapia y me diagnosticaron. Estuve un año luchando contra mi cabeza, me pasaba todo el día con pensamientos recurrentes negativos, con sensación de tristeza y un descontrol que me costó mucho encauzar. Ahí fue cuando empecé a valorar la salud mental. A raíz de esa etapa fui consciente de su importancia, de lo frágil que es y de la poca atención que le prestamos.

Yo soy autónomo y tenía que seguir trabajando, con mi mejor cara por fuera, sin embargo, estaba roto por dentro. Imagina cómo poder ayudar a los demás cuando tú estás en el fondo del pozo y sin saber cómo salir. Fue muy duro psicológicamente. En un curso que di, el último día de la formación, me rompí por el esfuerzo y me eché a llorar, una alumna me abrazó y me dijo “suéltalo Pedro”. Fue muy bonito y me sentó muy bien, pero duele cuando quieres dar lo mejor de ti y no estás bien.

¿Recuerdas en qué momento pensaste: “esto no es normal, algo me está pasando”?

Siempre había sido un niño nervioso y sensible. Había aceptado que siempre sería así. Hace un tiempo llevamos al psicólogo a nuestra hija y nos dijeron que tenía altas capacidades. A raíz de ese proceso algo se empezó a remover dentro y salieron cosas de mí. A partir de ahí se abrió una puerta que tuve que aprender a gestionar.

¿Cómo era tu día a día entonces?

Una amargura. No dormía bien, estaba desganado, además, como he dicho, soy autónomo y tenía que seguir trabajando. Me suponía un gran esfuerzo mental, pero esto me hacía estar ocupado y sentirme útil. Además, me permitía pagar mi terapia psicológica. Me obligué a hacer mucho deporte, es algo que ya hacía, pero estuve un año nadando todos los días. Me obligaba a hacer 100 largos de la piscina seguidos y, si paraba, tenía que empezar de nuevo. Era duro pero me ayudaba a estar concentrado y fuerte mentalmente.

¿Qué era lo que más te pesaba en silencio?

Pensamientos negativos, dolor, tristeza. Tengo una gran memoria y en aquella época los recuerdos negativos me venían constantemente sin saber cómo pararlos. Un día que nos fuimos mi mujer y yo a comer a Santa María de Oia, un lugar especial para nosotros, después de mucho tiempo mi cabeza me dejó en paz y fui capaz de estar feliz. Los dos nos agarramos a aquel momento y me di cuenta de que podía encauzar la situación.

¿Había algo que te daba miedo reconocer?

El reconocer que me estaba pasando algo que ni sabía lo que era. Y sobre todo tenía miedo a tener que tomar medicación porque estaba en alerta permanente y me lo recomendaron. Sin embargo, busqué un acuerdo con mi psicóloga: voy a bajar este estrés en un mes, si mejoro no me tomo medicación y si no, empiezo. Así fue, trabajé con esfuerzo y en un mes bajé el nivel de cortisol y no hizo falta tomar la medicación. Intento evitar cualquier medicación aunque sea una gripe, busco primero otras alternativas y si veo que no mejoro, pues lo tomo.

¿Cómo impactó esa situación en tu salud mental?

Siempre había visto la salud mental desde la distancia, pensaba que le pasaba a personas débiles, con malos hábitos de vida o en entornos conflictivos. Yo afortunadamente tengo una familia, un entorno sano, y de repente te ves en la situación y te das cuenta de que le puede pasar a cualquiera. Eso me ha hecho más empático, lo veo con más naturalidad y sensibilidad, y de alguna manera lo he normalizado. Ahora siento la obligación de compartir lo que me pasó por si puede ayudar a otras personas.

¿Te permitiste pedir ayuda o te costó dar ese paso?

Me costó mucho porque era una persona reservada y más para estos temas. Sabía que no estaba bien y me costó. Una noche de insomnio yo sentía que quería contárselo a alguien, pero me costaba encontrarla. Pensé en una persona con la que tenía una buena relación a nivel laboral, lo llamé y le dije que quería hablar con él, pero era consciente de que podría afectarnos en el ámbito profesional. Sin embargo, ese mismo día nos vimos y fue el que me escuchó y me apoyó. Esa conversación fue el primer paso para enderezar la situación.

¿Qué papel jugaron las personas de tu entorno?

Ahí fue ese amigo, fue el punto de inflexión y también mi cuñada, mi familia, y me di cuenta de la red que tenía, porque todas las personas de mi alrededor querían ayudarme, y eso fue algo que descubrí y me sentí muy afortunado. Cuando se lo expliqué a mi madre entendí mejor lo que me había pasado: “mamá, llevo 43 años tratándome como una máquina y soy una persona”. Ahí acabé de comprenderlo.

¿Hubo un punto de inflexión que marcó el inicio del cambio?

No hubo en concreto si no varios, fue el hecho de sentir que no estaba bien y querer estarlo. No lo sé situar en un momento concreto. Desde pequeño viví situaciones que no supe gestionar y digerir, y llegó un momento en el que mi cuerpo y mi mente necesitaban echarlo. Desde que fui al psicólogo me di cuenta de muchísimas cosas que no entendía desde niño, y el poder hablarlo y compartirlo con alguien para sentirte acompañado fue clave.

¿Cuál fue el primer paso que diste para empezar a salir de esa situación?

Fue la conversación con Jorge, contarle cómo me sentía y lo qué me estaba pasando. A raíz de ahí empecé a tomar decisiones y hacer cosas para salir. Fue un camino muy duro hasta que mi cabeza estuvo en su sitio.

¿Qué fue lo más difícil del proceso?

Asumir que la cabeza hace lo que le da la gana, y no se puede parar cuando uno quiere, porque cuanto más quieres controlarla más rebelde se vuelve. Me lo enseñó mi cuñada Ale. Entendí que al cerebro no se le puede controlar, se le puede acompañar, generar espacios para que esté bien, en calma. Porque si te dices: relájate, no pienses, déjalo ya... es peor.

¿Hubo alguien o algo que se convirtió en un apoyo clave?

Hubo varias personas sin duda, sin embargo, el que más me sorprendió fue Jorge, porque no teníamos tanta relación, me ayudó mucho y ahora es mi mejor amigo.

¿Cómo fue aprender a convivir con tus emociones en lugar de luchar contra ellas?

Difícil. Como decía, yo solía pensar que todo lo podemos controlar y somos máquinas que funcionan en base a estímulo-respuesta, y no es así. Asumir que tu cabeza hace lo que le da la gana y que no la puedes controlar fue un paso. Pero también entender que muchas cosas socialmente no están bien vistas: la sensibilidad, la empatía... que siempre se nos llena la boca a todos diciendo que es bueno, pero luego cuando eres así te da más problemas que alegrías.

En los entornos profesionales queda mucho por avanzar porque cuando antepones las necesidades de las personas y chocan con los objetivos de la empresa, surgen las diferencias. Debemos potenciar un liderazgo más humano.

Mirando atrás, ¿qué aprendizajes te dejó esa etapa?

Apreciar la salud mental y empatizar y respetar a las personas con problemas. Ahora valoro muchísimo más el estar bien. También me ha hecho más humilde, asumir esa vulnerabilidad que todos tenemos, y más agradecido. Agradezco todo mucho.

¿Qué haces hoy para cuidar tu salud mental?

Sobre todo el deporte. Siempre lo he hecho, pero ahí encontré mi fuerza y mi salida. También la meditación. Había oído hablar de ella pero en aquel momento solo pensar en estar un minuto concentrado en mi respiración era inviable, empecé a hacerlo proponiéndome el objetivo de un minuto. Ahora lo hago 15 minutos todos los días. Más allá de la meditación, es el mensaje que le envío a mi cuerpo y a mi mente de calma y bien estar. Y también ayudar a otras personas: cuando lo haces al primero que te ayudas es a ti.

Otro año mi eslogan fue “deja de quejarte y ayuda”. Cada vez que me sentía mal pensaba a quién podía ayudar y lo hacía, y eso es maravilloso. Cuando estamos mal, la tendencia es pensar en uno mismo y querer estar bien, pero cuando lo canalizas y cambias el foco de ti hacia otra persona y ayudas, el efecto se multiplica. Yo lo llamo “ser egoísta inteligentemente”. Cuando haces eso, siempre te sientes mejor. También el poner distancia: de vez en cuando me voy unos días con unos amigos a surfear. Me cuesta mucho dar el paso, pero necesito hacerlo. Me ayuda a dejarme fluir, desconecto y vuelvo nuevo.

¿Qué señales reconoces ahora que antes pasaban desapercibidas?

Cuando no disfruto de las cosas, respondo mal a mis hijas o a mi mujer o cuando me noto acelerado. Si me proyecto en el futuro o recurro en exceso al pasado. Hay otro indicador que es la envidia: cuando estoy más pendiente de lo que hacen los demás y no de lo que hago yo. Hay que distinguir la admiración y la envidia: la admiración te hace bien, la envidia te hace daño. También la sensación de estar siempre enfadado y no reír.

¿Qué significa para ti hoy "salud mental"?

Para mí es estar en paz conmigo y con los demás, y sobre todo es un tema del que deberíamos hablar de una forma más natural.

¿Por qué consideras importante hablar de salud mental sin miedo ni estigma?

Porque es el primer paso para ser consciente de la importancia que tiene y ayudar a personas que están pasando por momentos difíciles. Es curioso, me pasó con mi hija, que había dicho en el cole que iba al psicólogo y lo primero que me vino a la cabeza fue decirle que esas cosas no se cuentan a sus compañeros. Me hice consciente de lo que iba a hacer, cambié el discurso y le dije: "hiciste bien, porque hay que normalizarlo. Estoy seguro de que muchos de tus compañeros del cole también van al psicólogo y no lo dicen, o lo necesitarán en algún momento de sus vidas, y si lo ven como algo ridículo o algo negativo no lo van a hacer". Me quedé mucho más tranquilo con el mensaje que le transmití a mi hija. Es muy importante encontrar al profesional con el que conectes, porque necesitas a la persona que te acompaña: no te va a solucionar, pero te dará herramientas para gestionarlo, aunque siempre depende de uno mismo el aplicarlas.

¿Qué te hubiera gustado escuchar cuando estabas en tu momento más difícil?

La verdad es que me sentí muy querido y acompañado. Me considero muy afortunado por todo el apoyo que recibí y las palabras que escuché.

Para cerrar, ¿qué mensaje le darías a quien hoy puede estar atravesando una situación similar?

Ánimo, porque se puede salir. Respeto, porque todas y todos podemos pasar por momentos así. Y no es una cuestión de debilidad, ni de falta de voluntad, ni de apatía. Es una enfermedad. Y cariño. Porque hay que cuidar a la persona más importante de tu vida, que ERES TÚ MISMO. Para mí ese fue el mayor aprendizaje que me dejó aquella experiencia. Y todavía me sigue dejando.