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Ciencia

Elena Martínez, la gallega finalista al Premio Princesa de Girona: "La ciencia debe estar al servicio de las personas"

Centra su trabajo en dar una segunda vida a los residuos marinos, convirtiéndolos en bioproductos de alto valor capaces de sustituir compuestos sintéticos y reducir de forma tangible el impacto ambiental

Información relacionada: Una gallega es finalista al Premio Princesa de Girona CreaEmpresa 2026 por dar una nueva vida a los residuos marinos

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Oceanógrafa y emprendedora científica, la ourensana Elena Martínez ha logrado transformar una crisis ambiental en una oportunidad de regeneración ecológica y desarrollo social. Su trayectoria entrelaza investigación de alto nivel e innovación aplicada con un compromiso real hacia las comunidades costeras. Desde esa doble mirada -científica y social- centra su trabajo en dar una segunda vida a los residuos marinos, convirtiéndolos en bioproductos de alto valor capaces de sustituir compuestos sintéticos y reducir de forma tangible el impacto ambiental.

Doctora en Biotecnología y Biomedicina por la Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir, cuenta además con un Máster en Biotecnología Azul Aplicada por la misma institución y otro en Biotechnology–Blue Technology por La Rochelle Université. Se graduó en Oceanografía en la Universidade de Vigo y completó su formación con una estancia académica en la Universidad Autónoma de Baja California a través del programa Iberoamérica.

Hace tres años decidió compaginar su carrera investigadora con el mundo empresarial. Es cofundadora y directora de Estrategia Tecnológica del Grupo SOS Biotech y SOS Carbon, compañías dedicadas a la recolección de algas invasoras para transformarlas en insumos agrícolas y biomateriales sostenibles, generando empleo en zonas costeras vulnerables.

Gracias a estos proyectos, la gallega se encuentra entre las cinco finalistas al Premio Princesa de Girona CreaEmpresa 2026, que reconoce a jóvenes que impulsan cambios positivos en la sociedad mediante iniciativas innovadoras. Elena conversa con Treintayseis sobre su trayectoria y la importancia de dar una segunda vida a los residuos marinos.

Tras años dedicada a la investigación académica y con una trayectoria internacional consolidada, decidiste dar el salto al emprendimiento. ¿Qué ocurrió en ese momento de tu carrera para que sintieras que la ciencia necesitaba salir del laboratorio y convertirse en empresa?

Llegó un punto de mi carrera en el que entendí que la ciencia debía estar al servicio de las personas, no solo del conocimiento.

Veía proyectos con enorme potencial que se quedaban en el laboratorio porque no estaban concebidos para escalar y en el sector privado encontré el motor idóneo para llevar esa ciencia al mundo real. Existe cierto prejuicio hacia la empresa privada, pero la I+D también tiene cabida en ella, y se pueden crear compañías sostenibles que generen impacto ambiental positivo y, al mismo tiempo, beneficios económicos.

¿Cómo surge la idea de crear SOS Biotech y SOS Carbon?

Fue casi casual. Mi cofundador ya trabajaba en la recolección de algas y buscaba un perfil científico que desarrollara su valorización. Él dominaba la parte técnica y de negocio, pero necesitaba a alguien que diseñara los procesos de extracción de compuestos y la creación de productos comerciales.

Cuando me presentó el proyecto, supe que era la oportunidad perfecta: yo ya me había especializado en algas y en valorización de residuos marinos, así que el encaje era natural.

Nunca imaginé que sería cofundadora ni directora tecnológica, pero surgió la oportunidad y decidí aprovecharla.

Habéis desarrollado un modelo que integra desde la recogida de algas invasoras hasta la formulación y venta de bioproductos. ¿Cómo se articula el proceso?

Hemos desarrollado una cadena de valor completa, desde la recolección hasta la comercialización. Operamos a través de dos empresas: una centrada en la recogida -con sistemas propios patentados y empleo de pescadores locales- y otra en la valorización, donde extraemos metabolitos y compuestos de alto valor para formular productos comerciales. Actualmente trabajamos principalmente para el sector agrícola, aunque también investigamos aplicaciones en cosmética y biomateriales.

En la actualidad operamos en el Caribe y Norteamérica, concretamente en México, Puerto Rico, Antigua y Barbuda y República Dominicana; y estamos en proceso de escalar el modelo en España, aunque aquí la normativa presenta más complejidades.

En España, algunas algas invasoras, precisamente por su condición, no pueden manipularse. La legislación se diseñó para proteger el ecosistema, pero no contempló que estas especies pudieran convertirse en un problema masivo. Ahora empieza a revisarse esa normativa y nuestra estrategia es demostrar que el modelo ya funciona en otros países, con todos los permisos y licencias en regla, para facilitar posibles cambios legislativos.

¿Cómo comercializáis los bioproductos?

En Estados Unidos y República Dominicana ya vendemos directamente, tanto online como en puntos físicos. En España estamos en fase de ensayos de mercado, trabajando con universidades y agricultores para completar los procesos de registro, que en Europa son más exigentes y prolongados.

El producto está diseñado tanto para grandes explotaciones -colaboramos con agricultores de más de 50 hectáreas- como para pequeños huertos domésticos: comercializamos formatos que van desde los 100 mililitros hasta cientos de litros.

Además, se trata de un producto 100 % orgánico, seguro para el medio ambiente y apto para su uso en hogares con niños o mascotas.

¿Qué capacidad de producción tenéis actualmente?

Nuestra biorrefinería produce 120.000 litros anuales y estamos ampliando a 180.000. El objetivo es superar el millón de litros, pero de manera progresiva, acompasando producción y mercado; no tendría sentido aumentar la fabricación sin una demanda consolidada.

El problema de las algas invasoras no solo es ambiental, sino también sanitario y económico. Desde tu experiencia, ¿qué consecuencias concretas tiene su acumulación en las costas y por qué defendéis que la clave está en cambiar la mirada y empezar a verlas como una oportunidad en lugar de un residuo?

Cuando se descomponen en la costa, estas algas liberan gases tóxicos, asociados a problemas respiratorios e incluso hay estudios recientes que apuntan a preeclampsia en embarazadas. Además, generan pérdidas millonarias en turismo y pesca.

Es una realidad con la que ya convivimos, por eso nuestra propuesta consiste en cambiar la mirada: la línea entre residuo y materia prima es muy fina. Un residuo es aquello para lo que aún no hemos encontrado un uso; en el momento en que descubrimos su valor, deja de serlo.

Has sido seleccionada entre las cinco finalistas al Premio Princesa de Girona CreaEmpresa 2026. Más allá del reconocimiento personal, ¿qué puede suponer esta visibilidad para un proyecto que conecta ciencia, empresa y regeneración ambiental?

Me sorprendió muchísimo y, por supuesto, me hizo muchísima ilusión. Más allá del premio en sí, lo valoro como un altavoz. El sector pesquero y agrícola no siempre recibe reconocimiento, y que un modelo basado en estos ámbitos esté entre los finalistas es muy significativo.

Los premios no determinan lo buena que es una empresa, pero sí son una forma de reconocer el trabajo y de visibilizarlo. Y esa visibilidad también ayuda a que el proyecto crezca, a que avance la legislación y a que más personas entiendan que los problemas ambientales pueden convertirse en oportunidades si se abordan con ciencia e innovación.