Pilar Sanguino, Quique Soler, Pablo San José, José Puch y Rafa Collado posan en Hanói con la bandera del Desafío Santalucía Seniors Vietnam 2026, una vez completadas todas las etapas de la expedición.
La selva no pudo con ellos: los 5 séniors del Desafío Santalucía completan 14 días de cuevas, bicicleta y rápeles en Vietnam
Han terminado una expedición que les llevó de los arrozales del norte de Vietnam a las profundidades de las cuevas de Phong Nha
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En la fotografía están los cinco, limpios, de pie, sujetando la bandera del Desafío Santalucía Seniors. Pilar Sanguino, de 79 años; Quique Soler, de 78; Pablo San José, de 71; José Puch, de 69; y Rafa Collado, de 67.
Sonríen en Hanói como sonríe la gente cuando algo ha terminado bien, con esa mezcla de satisfacción y cansancio que una cámara apenas consigue registrar. Entre todos suman 364 años. Hace unos días desaparecieron dentro de la selva de Phong Nha. Ahora han vuelto.
La foto resulta casi demasiado limpia para explicar lo sucedido. En ella no están las camisetas pegadas al cuerpo por la humedad, las botas embarradas, las piernas arañadas, los insectos, las caídas ni las noches en las que el estruendo de las cigarras conseguía imponerse incluso al de la tormenta.
Tampoco aparecen las paredes de roca, los mosquetones, el vacío bajo los pies ni el agua cayendo sobre un sendero que había dejado de parecer un sendero hacía muchas horas. Todo eso quedó fuera del encuadre. Lo que aparece es el resultado: cinco personas que empezaron y cinco personas que terminaron.
Vietnam ha sido la tercera edición del Desafío Santalucía Seniors, un proyecto que selecciona a cinco personas de entre 65 y 80 años para someterlas a una expedición deportiva lejos de cualquier idea cómoda de jubilación.
Antes otros participantes fueron a la Cordillera Blanca de Perú y otros cinco a Svalbard, en el Ártico. Esta vez tocó el trópico. Y el trópico terminó imponiendo sus propias reglas.
El viaje
Antes de llegar a la selva habían cruzado el norte de Vietnam en bicicleta, pasado por arrozales, carreteras de tierra y pendientes donde el calor y la humedad terminaron haciendo más daño que los kilómetros.
José tuvo que bajarse y caminar en una de las etapas; Pilar, con 79 años, empujó su bicicleta por una subida de tierra mientras los camiones pasaban a pocos metros. Después vino el tren nocturno hacia Phong Nha. Cuando llegaron, todavía pensaban que la parte más extrema empezaba allí. Tenían razón.
Las primeras cuarenta y ocho horas dentro de la selva habían dejado claro el tipo de terreno en el que se estaban metiendo. Entraron por una abertura mínima junto a una carretera, caminaron durante horas sobre barro, durmieron en un campamento estrecho junto a un río.
Después siguieron después hacia Kong Collapse, donde una sucesión de rápeles y pasos de vía ferrata los llevó hasta un segundo campamento hundido entre paredes de roca y vegetación.
Hasta entonces la expedición había sido dura. Pero a partir de ahí empezó a adquirir otra escala.
Pablo, José, Quique, Pilar y Rafa, durante un descanso de la primera prueba de bicicleta del Desafío Santalucía Seniors 2026 en Vietnam.
Bajo tierra
El tercer día fue probablemente el que más se pareció a aquello que todos habían imaginado cuando pronunciaban la palabra "expedición", aunque terminó siendo más salvaje de lo previsto.
La ruta se internó en la Serie de Cuevas del Tigre, empezando por Tiger Cave, donde hubo pasos estrechos, zonas en las que hubo que avanzar prácticamente a gatas, agua y una tirolina.
Después llegó Hang Over, una cavidad de más de tres kilómetros con cámaras de dimensiones tan grandes que el cerebro tarda unos segundos en aceptar la escala. En algunos puntos la luz cae desde hundimientos naturales y permite crecer a pequeños bosques subterráneos.
La roca aparece húmeda, gris, monumental, y el verde entra desde arriba como si perteneciera a otro paisaje. Hay cuevas que provocan claustrofobia; éstas producen a veces la sensación contraria. Son tan grandes que uno se siente diminuto dentro de una arquitectura que no fue construida para nadie.
Uno de los participantes desciende en rápel por una de las paredes de Kong Collapse, dentro del sistema de cuevas de Phong Nha, durante la fase más técnica del Desafío Santalucía Seniors.
El cansancio llegó con Hang Pygmy todavía por delante. Allí tuvieron que atravesar una vía ferrata sobre un abismo cuyo fondo apenas podía distinguirse. El gesto era siempre el mismo: asegurar un mosquetón antes de soltar el otro, comprobar, avanzar.
En ese tipo de lugares los movimientos pierden cualquier apariencia deportiva y se vuelven exactos, casi domésticos. Una mano. Un cierre. Un pie. Otro paso. Justo al final esperaba un último rápel, de unos diez metros, y después el tercer campamento, instalado en una gran abertura natural donde volvía a aparecer la vegetación bajo una bóveda de unos 70 metros.
Era la última noche dentro. Para entonces llevaban tres días viviendo con la ropa húmeda, durmiendo en condiciones mínimas y aceptando que cada jornada podía resultar bastante más dura de lo previsto.
La salida
El cuarto día tenía una ventaja psicológica: cada paso llevaba hacia fuera. Eso no lo convirtió en sencillo. Las lluvias habían castigado el terreno y el descenso acumulaba alrededor de 1.070 metros de desnivel negativo.
Las raíces resbalaban, el barro volvía a cubrirlo todo y las piernas llevaban ya demasiadas horas de trabajo acumulado. Después de varias horas alcanzaron un punto de avituallamiento completamente agotados y pararon cerca de una hora antes de afrontar el último tramo.
Entonces volvió a llover con fuerza. El agua cayó sobre un suelo ya saturado y convirtió la salida en una última negociación con la selva. Cada pendiente exigía atención y cada apoyo podía moverse.
Llevaban tres noches dentro y cuatro días caminando, trepando, descendiendo, atravesando cuevas y conviviendo con esa humedad que acaba por meterse en la ropa, en las botas y en el ánimo.
Pero siguieron avanzando. Al final apareció otra vez un camino reconocible, después la posibilidad de una carretera, de un vehículo, de una ducha, de sentarse sin comprobar antes si el suelo iba a ceder. Terminar la ruta es un detalle que ahora, desde Hanói, parece obvio. Allí dentro era la única cuenta que importaba.
Cuatro de los participantes del Desafío Santalucía Seniors, junto a Zuriñe Rodríguez, descansan en uno de los puntos de salida tras completar uno de los tramos más exigentes de la expedición por la selva de Phong Nha.
Los años
Lo extraordinario del viaje nunca fue que durante unos días dejaran de tener 67, 69, 71, 78 o 79 años. De hecho, ocurrió exactamente lo contrario: los años viajaron con ellos. Estaban en las piernas de José cuando tuvo que bajarse de la bicicleta, en el cansancio de Pilar al empujar la suya.
También en los tiempos de recuperación, en las articulaciones y en esa forma particular de levantarse por la mañana después de una jornada dura, cuando el cuerpo recuerda antes que la cabeza todo lo que hizo el día anterior.
Pero también estaban en otra parte. José sabía cuándo apretar y cuándo caminar. Pilar sabía que una cuesta termina aunque haya que subirla empujando. Quique siguió encontrando energía para gastar bromas cuando todos estaban cansados.
Los cinco séniors posan, junto a sus bicicletas, poco antes del comienzo del Desafío.
Pablo, que había llegado reconociendo que la bicicleta no era precisamente su terreno natural, terminó cada etapa. Rafa, el más joven del grupo, respondió con una fortaleza física extraordinaria cuando el recorrido se volvió más duro.
Eso es quizá lo que más impresiona después de haberlos visto durante estos días: que la edad se transforma en experiencia. En capacidad para medir el esfuerzo, en paciencia, en orgullo bien administrado, en la costumbre de no dramatizar cada dificultad.
Ninguno necesitó parecer más joven de lo que era para completar la expedición porque lo hicieron con exactamente los años que tenían.
Aunque los cinco fueron la cara visible del desafío, alrededor de ellos viajó un equipo mucho más amplio. Raúl Vaquero, Armando Rey y Verónica González documentaron cada etapa con la mirada puesta en trasladar después la aventura a la pantalla.
Enrique Tarannà, Enrique Osiel, Zuriñe Rodríguez, Eric Frattini y Olalla Estoa sostuvieron buena parte de la organización, la logística y la coordinación de una expedición en la que casi nada podía dejarse a la improvisación.
De vuelta
Pilar, Quique, Pablo, José y Rafa se colocan juntos y sostienen la bandera del Desafío Santalucía Seniors 2026. Detrás quedan los arrozales, las bicicletas, el tren nocturno, el barro, las paredes de Kong Collapse, los pasos sobre el vacío, la Serie de Cuevas del Tigre, el último campamento y el diluvio de la salida.
En la imagen no se ve nada de eso y, sin embargo, todo está ahí de alguna manera.
Hace meses, sentado en una sala de reuniones de EL ESPAÑOL en Madrid, José Puch dejó una frase que entonces parecía sólo una buena manera de resumir su forma de enfrentarse al esfuerzo: "Cuando crees que has llegado al máximo, siempre queda un poco más".
Después tuvo que bajarse de una bicicleta porque las piernas no podían seguir. Días más tarde entró en la selva, durmió dentro de una montaña y salió por el otro lado junto a sus compañeros.
Ahora están los cinco frente a la cámara. La bandera dice que el desafío ha terminado, aunque hay viajes que tardan bastante más en terminar por dentro. Dentro de unas horas llegarán los aeropuertos, las familias, las camas conocidas, los horarios y la vida de siempre.
Vietnam empezará a convertirse en fotografías, en anécdotas contadas demasiadas veces, en nombres de cuevas que quizá dentro de unos años cueste recordar con precisión.
Pero a cada uno le quedará algo distinto. A Pilar, quizá, la certeza de haber llegado todavía más lejos de lo que imaginaba a los 79. A Quique, otra historia que añadir a una vida que nunca pareció demasiado interesada en quedarse quieta.
A Pablo, la prueba de que uno todavía puede sorprenderse a sí mismo cuando cree que ya conoce bien sus límites. A José, la confirmación de aquella frase sobre ese "poco más" que siempre queda cuando parece que no queda nada. A Rafa, quizá, el recuerdo de haber puesto su fuerza al servicio de una aventura compartida.
Y eso es lo que permanece cuando se guarda la bandera y se apaga la cámara. No los metros de rápel, ni el desnivel, ni siquiera el barro. Permanece haber descubierto, a una edad en la que demasiadas veces se supone que uno ya debería conocerse del todo, que todavía quedaban partes de sí mismos por estrenar.