De izquierda a derecha, Rafa Collado, Pilar Sanguino, Pablo San José, José Puch y Quique Soler, los cinco participantes del Desafío Santalucía Seniors 2026, a su llegada a Phong Nha antes de adentrarse en la selva y las cuevas de Vietnam.

De izquierda a derecha, Rafa Collado, Pilar Sanguino, Pablo San José, José Puch y Quique Soler, los cinco participantes del Desafío Santalucía Seniors 2026, a su llegada a Phong Nha antes de adentrarse en la selva y las cuevas de Vietnam. Julio César R. A.

Sociedad TESTIGO DIRECTO

De los arrozales a las cuevas: los cinco séniors ultiman la etapa reina del Desafío Santalucía en Vietnam, con un rápel de 50 m

Tras completar tres etapas sobre dos ruedas, con humedad, cuestas y camiones cargados de tierra, los cinco expedicionarios han llegado a Phong Nha

Les esperan cuatro días de trekking, espeleología y rápel en plena selva

Más información: "Yo me sigo viendo con 14 años": las vidas de los 5 españoles de entre 68 y 79 años que harán de Vietnam su Desafío Santa Lucía

Julio César Ruiz Aguilar
Phong Nha (Vietnam)
Publicada
Las claves

Las claves

Cinco séniors españoles afrontan la etapa reina del Desafío Santalucía en Vietnam, con cuatro días de trekking, espeleología y rápeles de hasta 50 metros en la selva de Phong Nha.

Tras superar tres etapas en bicicleta por el norte del país y una exigente subida final, el grupo se enfrenta ahora a la parte más técnica y desafiante de la expedición.

La expedición incluye condiciones extremas como humedad, lluvias torrenciales y terrenos resbaladizos, lo que añade dificultad a la aventura.

El Desafío Santalucía busca demostrar la capacidad de personas entre 65 y 80 años para afrontar retos físicos extremos más allá de los estereotipos sobre el envejecimiento.

La tormenta llegó de golpe. Hasta unos minutos antes, el grupo comía al aire libre en el centro de operaciones de Phong Nha, después de una mañana dedicada a probar el material que utilizará durante los próximos días y a practicar rápel con la tranquilidad de quien todavía está sobre suelo firme.

Después el cielo se cerró. Primero cayó una cortina de agua. Después otra. En pocos segundos ya no llovía: el agua golpeaba los tejados, rebotaba contra el suelo y borraba los caminos de tierra. Las conversaciones se interrumpieron. Alguien agarró una mochila. Otro una bandeja. Los que estaban más lejos echaron a correr.

No era un mal recibimiento para la selva.

Paisaje de Phong Nha, en el centro de Vietnam, donde el Desafío Santalucía Seniors afrontará durante los próximos días la parte más técnica de la expedición entre selva, cuevas y rápeles.

Paisaje de Phong Nha, en el centro de Vietnam, donde el Desafío Santalucía Seniors afrontará durante los próximos días la parte más técnica de la expedición entre selva, cuevas y rápeles. Julio César R. A.

El viaje cambia de forma

El Desafío Santalucía Seniors 2026 ha cambiado de escenario. Después de tres etapas en bicicleta por el norte de Vietnam y de una noche en tren hacia el sur, Pilar, Quique, Pablo, José y Rafa han llegado a Phong Nha, donde empieza la parte que durante meses sólo existió en mapas, fotografías y explicaciones de la organización: cuatro días de trekking por la selva, espeleología y descensos al interior de algunas de las mayores cuevas del planeta.

Hasta ahora habían pedaleado. A partir de aquí tendrán que caminar, trepar, descender y dormir bajo tierra. La bicicleta, sin embargo, no fue un simple calentamiento. La segunda y la tercera etapa confirmaron algo que la primera ya había insinuado: la distancia decía una cosa y el cuerpo, otra.

No fueron jornadas especialmente largas. Pero Vietnam añadía sus propias condiciones. Una humedad constante que empapa incluso cuando no llueve. Cuestas cortas, pero exigentes. Tramos de tierra. Camiones cargados de arena y tierra que pasaban a pocos metros, levantaban polvo y hacían vibrar el firme bajo las ruedas.

Los cinco expedicionarios, segundos antes de comenzar la tercera jornada de bicicleta.

Los cinco expedicionarios, segundos antes de comenzar la tercera jornada de bicicleta. E. E.

La última cuesta

En la última jornada fue Pilar Sanguino, de 79 años, quien más sufrió. Hubo un punto especialmente complicado. La carretera giraba hacia la derecha y se convertía en una subida de tierra por la que también circulaban los camiones. Pilar intentó mantener la bicicleta en movimiento hasta que dejó de poder hacerlo.

Se bajó. Subió empujándola. El gesto no tuvo nada de heroico. Era simplemente lo que tocaba hacer. El problema vino después. Cuando volvió a montarse, el cuerpo no respondió de inmediato. Le costó recuperar el ritmo. Pedaleó unos metros, volvió a buscar sensaciones, dejó que el grupo se alejara un poco.

Hasta que volvió a enganchar. Al terminar dijo primero que estaba bien. Luego eligió una frase más exacta: "Ha sido durísimo". Y lo había sido.

No se confunda: no son cinco personas acostumbradas a mirar la aventura desde un sofá. Quique lleva décadas corriendo. José conoce la montaña, los rescates y las situaciones límite. Rafa está hecho al trail de larga distancia. Pablo ha practicado deporte toda su vida. Pilar acumula cumbres, kilómetros y años de bicicleta.

Aun así, al terminar las tres etapas, varios reconocieron que aquello estaba entre las experiencias físicas más exigentes de sus vidas. Quizá por eso la llegada a la selva tiene otro peso.

Jose Puch toma aire tras una de las peores cuestas de la tercera etapa de bicicleta.

Jose Puch toma aire tras una de las peores cuestas de la tercera etapa de bicicleta. E. E.

Una noche hacia el sur

El traslado hasta Phong Nha empezó la noche anterior. Los expedicionarios subieron a un tren nocturno y se repartieron en compartimentos de cuatro literas. El espacio era justo. Las mochilas quedaron encajadas donde pudieron.

Durante horas, el traqueteo del convoy marcó un ritmo constante mientras Vietnam pasaba al otro lado de las ventanillas, oscuro y apenas visible. Después de tres jornadas de bicicleta, durmieron. A las 5.15 de la mañana bajaron del tren.

A esa hora el día todavía no había terminado de empezar. Había luces blancas en la estación, cuerpos medio dormidos y una humedad que seguía pegada al aire. Desde allí continuaron por carretera hasta Phong Nha, donde se encuentra el centro de operaciones desde el que se organizará la entrada a la selva durante los próximos cuatro días.

Donde termina la carretera

El cambio se nota enseguida. Ya no están las grandes avenidas de Hanói ni las carreteras abiertas entre arrozales. Aquí el paisaje se cierra. La vegetación invade los márgenes, trepa por las laderas y cubre la piedra. El aire parece tener peso.

Phong Nha es territorio de roca caliza, agua y selva. Las montañas se levantan como enormes bloques oscuros cubiertos de verde y, debajo de ellas, el paisaje continúa en otra dirección: cuevas, galerías, simas y ríos subterráneos que han convertido esta región del centro de Vietnam en uno de los grandes territorios de la espeleología mundial.

Desde fuera, las montañas parecen compactas. No lo son. Durante millones de años el agua las ha perforado, vaciado y atravesado. Buena parte de lo que hace extraordinario este lugar permanece oculto bajo la vegetación y la piedra. En Phong Nha, mirar una montaña desde fuera es contemplar apenas una parte.

Durante los próximos días, el grupo dejará de mirar sólo hacia delante. También tendrá que mirar hacia abajo.

Doce metros

Después de llegar y dejar el equipaje, la mañana estuvo dedicada a familiarizarse con el material que utilizarán en las cuevas. Cascos. Arneses. Mosquetones. Cuerdas. Primero las explicaciones. Después la práctica. Doce metros.

Uno tras otro, los cinco descendieron por una pared mientras aprendían a controlar la velocidad, colocar las manos, repartir el peso y confiar en algo que el cuerpo no puede comprobar con los ojos: que la cuerda va a sostenerlo.

La distancia parece pequeña escrita sobre el papel. Cambia cuando uno se asoma. La prueba servía para corregir movimientos antes de entrar en la selva, pero también escondía una advertencia. En los próximos días deberán afrontar descensos de alrededor de 50 metros.

Cuatro veces más. Allí no habrá una explanada debajo ni compañeros esperando a unos pasos. Habrá roca, oscuridad y una cuerda desapareciendo hacia el interior de la tierra.

La tormenta

La lluvia llegó después, durante el almuerzo. Hasta entonces la jornada había sido casi tranquila. El tren nocturno, la llegada de madrugada, el traslado, el material, los doce metros de rápel. Todo sucedía todavía alrededor de un centro de operaciones, con paredes cerca y un techo disponible.

Entonces empezó a llover. Primero algunas gotas enormes. Después el estruendo. En cuestión de segundos el agua corrió por el suelo y convirtió el exterior en otra cosa. La tierra cambió de textura. Los caminos empezaron a desaparecer bajo los charcos.

El verde de la selva, que hasta entonces parecía casi decorativo desde la distancia, se oscureció. Todos corrieron a refugiarse. La tormenta puede acabar siendo menos una anécdota que un anticipo.

Convierte la tierra en barro, hace resbaladizas las raíces, oscurece la roca, llena los senderos de agua y multiplica una humedad que ya condiciona cualquier esfuerzo antes incluso de empezar.

Durante los próximos cuatro días no habrá manera de apartarla del recorrido si decide acompañarlos.

Cuatro días dentro

El Desafío Santalucía Seniors nació alrededor de una idea relativamente sencilla: elegir a cinco personas de entre 65 y 80 años y someterlas a una aventura que permita hablar de envejecimiento sin hacerlo necesariamente desde la enfermedad, la dependencia o la retirada.

Esta es su tercera edición. Antes estuvieron la Cordillera Blanca de Perú y Svalbard, en el Ártico. Vietnam plantea un escenario distinto. Los cinco participantes fueron elegidos entre 271 candidatos y, después de superar las etapas en bicicleta, ahora entran en la fase que concentra buena parte de la dificultad técnica de la expedición.

Cuatro días. Selva, trekking, cuevas y rápel. Dormirán lejos del hotel, avanzarán por terrenos donde la humedad y la lluvia pueden transformar la ruta en cuestión de minutos y descenderán a lugares donde la luz natural termina desapareciendo.

Hasta aquí el viaje podía medirse con cifras fáciles. Kilómetros. Desnivel. Velocidad. Desde mañana habrá otras medidas. Horas con las botas mojadas. Metros de cuerda. Profundidad. Tiempo sin cobertura. Noches bajo tierra.

Ahora empieza

Cuando la tormenta aflojó, el centro de operaciones recuperó poco a poco el movimiento. El agua siguió cayendo desde los tejados. Las cuerdas quedaron recogidas. Los arneses, preparados. Las mochilas empezaron a ordenarse para la mañana siguiente.

La jornada había empezado a las 5.15, bajando medio dormidos de un tren nocturno. Después llegaron la selva, doce metros suspendidos de una cuerda y una tormenta que en unos minutos convirtió el suelo en agua. Mañana desaparecerá también el centro de operaciones.

Pilar dejará atrás la cuesta en la que tuvo que empujar su bicicleta. José, la etapa en la que las piernas también le obligaron a bajarse. Pablo entrará en la selva después de haber superado una disciplina que apenas practicaba antes de viajar.

Rafa llegará como el más joven y uno de los más fuertes. Quique, probablemente, seguirá haciendo bromas mientras pueda. La bicicleta terminó. Ahora vienen cuatro días en los que habrá momentos en que no importará demasiado quién tiene 67 años y quién 79.

Importará dónde poner el siguiente pie. Dónde agarrarse. Cuándo confiar en la cuerda. Y cuándo seguir. Durante meses hablaron de estas cuevas desde Madrid. Las vieron en fotografías, escucharon las explicaciones y aprendieron cifras.

Hoy las montañas están delante de ellos. Parecen enormes, verdes, cerradas. Pero en Phong Nha el verdadero tamaño de una montaña sólo se comprende cuando uno entra dentro.