Los inmigrantes en Ceuta se ponen en huelga.

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Huelga de hambre entre los invasores en una mezquita hecha con bricks en la playa de Ceuta: "Iremos a la Península"

Los inmigrantes han levantado al menos 60 chabolas en las que viven más de 100 personas. El líder de la protesta asegura que no se irán hasta recibir asilo.

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Salah está sentado mientras otros 15 inmigrantes lo rodean en la playa El Trampolín, en Ceuta. Todos tienen los labios secos, la piel cuarteada y con rastros de los estragos del sol, heridas en diversas partes del cuerpo y una mirada perdida.

Algunos fingen escucharlo. Otros, a lo lejos, lo miran y se resignan. En el fondo, todos siguen allí porque, en cierta medida, confían en su plan.

No nos moveremos de aquí hasta que nos den asilo —dice Salah en voz alta mientras corta algunos trozos de cinta aislante.

Cada vez que corta uno, se lo entrega a algún compañero para que se lo ponga en la boca a modo de protesta.

Llevan varios días en la playa, pero sólo hasta el pasado 16 de agosto decidieron empezar una huelga de hambre.

Una parte del grupo de manifestantes que están en huelga de hambre.

Una parte del grupo de manifestantes que están en huelga de hambre. Gustavo Molina

—Somos seres humanos y merecemos respeto. No vamos a volver a Marruecos —agrega Salah, el líder de la protesta.

Todos lo siguen escuchando. Los ojos de Salah denotan cansancio y tristeza. Para él, este intento de emigración es el quinto.

Uno de sus primeros intentos fue a Turquía, pero las autoridades de allí lo capturaron y estuvo en la cárcel durante tres meses hasta que lo devolvieron a Marruecos.

—Los que estamos aquí no queremos comida, lo único que pedimos es asilo a España. Queremos ser tratados como seres humanos y que no haya más racismo —agrega Salah.

Desde ese entonces ha intentado cruzar nadando desde Castillejos hasta Ceuta en cuatro ocasiones. Solo esta le ha salido "bien". En todas las oportunidades del pasado fue detenido en medio del trayecto.

Considera que, por primera vez, tiene una oportunidad para vivir en España y por ello ha reunido a más de 100 inmigrantes subsaharianos y marroquíes. Entre ellos han montado al menos 60 chabolas en las que se protegen del sol y que les sirven de escondite en las noches.

Mezquita

Mientras Salah está en su discurso, Abde se encuentra en una "mezquita" improvisada. No es como las chabolas, que tienen de paredes algunos pedazos de madera y techos que podrían caerse con una fuerte ráfaga de viento.

En cambio, esta "mezquita" es abierta. No hay ninguna puerta, tampoco una pared y menos un techo. Está hecha, simplemente, de cartones de leche clavados en la playa, que dibujan un rectángulo imperfecto.

Sobre la arena hay tres cartones que hacen de colchoneta y solo uno está vacío. Abde está acompañado por un hombre que simplemente se mantiene de pie, mueve sus labios sin hacer ningún tipo de ruido y mira al cielo de vez en cuando.

Abde rezando junto a otro hombre en la mezquita improvisada.

Abde rezando junto a otro hombre en la mezquita improvisada. Gustavo Molina

—Todo continúa, así estemos lejos de nuestros países —agrega Salah, de 28 años.

Al lado de la "mezquita" hay otro grupo de 15 personas. Se ríen y gritan mientras juegan al fútbol.

Entre tanto, el discurso continúa.

Cuando finaliza su alocución, no hay ningún aplauso ni arenga. Todos están cansados y el plan se ha convertido en una especie de inercia que no saben cuándo frenará.

En el momento en el que la mayoría de los inmigrantes se están dispersando, Salah se sienta al lado de unos pocos compañeros. No habla con nadie, pero su mirada se queda fija en una cicatriz sobre su brazo derecho.

Salah, el líder de la protesta.

Salah, el líder de la protesta. Gustavo Molina

Así funcionan los recuerdos: no llegan cuando se esperan, sino que irrumpen en cualquier instante de la cotidianidad.

Después de contemplar su cicatriz, levanta nuevamente su mirada y se fija en el mar.

—Esta cicatriz me la hicieron en un centro de menores. Quería un chocolate y cuando una de las tutoras me vio, me tiró agua caliente —recuerda.

En ese centro estuvo desde que tiene memoria. Nunca vio el rostro de sus padres ni el de ningún familiar. Simplemente lo abandonaron y cree que dejando atrás su país podrá olvidar su pasado.

—Yo sólo quiero tener algo por lo que luchar, un trabajo y una vida —comenta.

Sus ojos tienen una luz fría. No brillan ni reflejan esperanza.

Ceuta

La mayoría de los inmigrantes están allí desde la invasión del pasado 30 de julio, en la que al menos 80.000 personas cruzaron la frontera.

—Hay muchos que han venido a drogarse y robar. Considero que los que estamos aquí es porque de verdad queremos un cambio y tenemos decidido no retornar a Marruecos —agrega Salah.

Uno de los inmigrantes que pide asilo.

Uno de los inmigrantes que pide asilo. Gustavo Molina

Él está acostumbrado a ese tipo de vida. Nunca ha tenido un hogar, tampoco alguien que le espere de regreso. Mucho menos un ser querido al cual llamar cuando la vida se pone difícil.

Tiene uno de sus dientes delanteros partido por la mitad, fruto de alguna pelea callejera que ya no recuerda.

Su intención es radicarse en España, pero no busca quedarse en Ceuta, al igual que las personas con las cuales está protestando.

—España es el futuro. Nadie de los que están aquí piensa quedarse en Ceuta. Lo único que buscamos es el asilo y luego ir a la Península —sentencia.

Eso, justamente, ha sido un motivo de conflicto. Los vecinos de este sector han asegurado en repetidas ocasiones que no se sienten seguros y que ya no pueden acudir a la playa con sus familias.

A su vez, los inmigrantes no han pensando en la otra cara de la moneda: poco les ha importado el temor que han generado en las personas, el estrago que han cansado en la ciudad y el estado en el que se encuentra el lugar que están ocupando.

En medio de ello, al menos ocho vehículos de la Policía Nacional irrumpen en la playa.

Todos los inmigrantes salen corriendo hacia distintas partes. Algunos se esconden en las chabolas, otros se van al mar para que no puedan entrar hasta allí y al resto los dejan en un cerco de seguridad.

Los policías se bajan con rapidez de los vehículos y empiezan a revisar que no haya ninguna situación de peligro.

En medio de ello, el grupo cercano a Salah, que son al menos 40 personas, se sienta sobre la playa frente a los uniformados.

Todos se cubren la cabeza y se agrupan.

Estos son los que no quieren comer, que llevan así tres días, ¿no? —comenta uno de los agentes.

Otro afirma con la cabeza.

Mientras todos los agentes continúan con su rutina, Salah hace un simple gesto y todos lo miran.

Levanta sus manos al cielo y cruza sus brazos para hacer una X.

Eso significa no al racismo —había mencionado instantes antes de que llegaran los policías.

Uno de los policías, mientras tanto, murmura que no se trata de racismo sino de sentido común.

—Es tan fácil como entender que 80.000 personas no pueden irrumpir en una frontera —asegura el uniformado.

Después de ello, Salah baja sus brazos, agacha su cabeza y se queda mirando indefinidamente la arena.