Flor, de 27, de espaldas y Liz, de 19 años, ambas limpian pisos de lujo en Madrid tras fiestas de 'chemsex'.

Flor, de 27, de espaldas y Liz, de 19 años, ambas limpian pisos de lujo en Madrid tras fiestas de 'chemsex'. Cedida

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Liz y Flor cobran 'a precio de oro' por limpiar pisos de millonarios tras las fiestas 'chemsex': "Gano 350 euros en cuatro horas"

Dos trabajadoras migrantes relatan un empleo sin contrato, con avisos de última hora y exposición a residuos biológicos, jeringuillas y sustancias.

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Cuando Liz abre la puerta, el piso ya está vacío. No conoce a quienes estuvieron allí ni sabe demasiado sobre lo ocurrido durante las horas anteriores. Su trabajo empieza precisamente cuando todos los demás se han marchado.

Tiene 19 años, es paraguaya y llegó a Madrid hace apenas unos meses. Desde su primera semana en España limpia pisos de lujo después de sesiones de chemsex, encuentros en los que el consumo de determinadas sustancias forma parte de la actividad sexual.

Por cada limpieza puede cobrar unos 350 euros. El trabajo suele durar alrededor de cuatro horas y, según cuenta, no tiene un calendario fijo: algunas veces sabe de antemano cuándo deberá acudir y otras recibe el aviso con poca anticipación.

"Nosotras tenemos que estar siempre listas para limpiar porque muchas veces sabes con anticipación qué día vamos a limpiar y muchas veces surgen limpiezas inesperadas", explica.

Son tres mujeres las que realizan habitualmente estos trabajos. Todas, asegura Liz, fueron seleccionadas por ser personas de confianza y mantener un perfil discreto.

No existe, según relatan, un contrato laboral que regule esa tarea. Cobran en efectivo y trabajan sin una formación específica para enfrentarse a los residuos que pueden encontrarse dentro de las viviendas.

La diferencia económica respecto de una limpieza doméstica convencional es considerable. Según Liz, por este trabajo puede superar ampliamente los 70 euros por hora, mientras que limpiando una vivienda particular cobraría unos 20.

Para ella, esa diferencia importa.

Llegar a Madrid

Antes de España, Liz vivía en Paraguay junto a su abuela y una tía. Su madre había emigrado años antes a Madrid y ambas esperaban el momento en que pudieran volver a vivir juntas.

Liz, de 19 años, trabaja desde su llegada a Madrid limpiando viviendas de lujo después de fiestas privadas y sesiones de chemsex.

Liz, de 19 años, trabaja desde su llegada a Madrid limpiando viviendas de lujo después de fiestas privadas y sesiones de chemsex. Cedida

La economía familiar era ajustada. Liz cuenta que empezó a trabajar a los 14 años haciendo uñas y que dedicaba más de seis horas diarias a una actividad que, por su edad, realizaba de manera irregular.

"Hubiera preferido no tener que trabajar y poder terminar la escuela como algunas de mis amigas, pero mi casa no resistía con un sueldo menos. Por lo que tuve que salir a trabajar desde chica", recuerda.

La separación de su madre tampoco fue sencilla.

"Cuando mi mamá se fue lloré mucho, fue como si me hubiesen quitado un brazo. Ella es mi todo, y no tenerla en una etapa tan importante de mi vida fue duro".

Su madre comenzó a trabajar limpiando la vivienda y las oficinas de un hombre relacionado con el sector inmobiliario. Según el relato de Liz, él sabía que la mujer quería traer a su hija a España y le había prometido que podría darle trabajo cuando llegara.

Ese trabajo terminó siendo la limpieza de algunos de los pisos lujosos en los que, según las dos mujeres, se organizaban sesiones privadas de chemsex.

"Desde la primera semana que llegué a España me puse a trabajar en esto. Las fiestas se pueden organizar entre semana o fin de semana. No hay un día específico", cuenta Liz.

La actividad también cambia de lugar según la época del año. Durante los meses de menor movimiento turístico, las limpiezas se concentran principalmente en Madrid, pero en verano, sobre todo en julio y agosto, parte de estas fiestas se traslada a la Costa del Sol.

Con ellas también se desplaza el trabajo de limpieza. Liz y Flor explican que, cuando aumenta la demanda en destinos turísticos del sur, pueden recibir encargos vinculados a viviendas utilizadas allí durante la temporada alta.

Ella asegura que muchos de quienes alquilan o utilizan estas viviendas son extranjeros y menciona visitantes procedentes de Francia, Alemania y Reino Unido, aunque las limpiadoras no mantienen contacto con ellos.

Cuando ellas llegan, explica, ya no queda nadie.

Cuatro horas

Flor siguió un camino distinto hasta acabar haciendo el mismo trabajo. Llegó a España en 2024 y comenzó limpiando domicilios particulares mientras intentaba mantener a su hija.

Flor, de 27 años, compagina estas limpiezas con el cuidado de su hija y asegura que acepta los encargos por la diferencia salarial.

Flor, de 27 años, compagina estas limpiezas con el cuidado de su hija y asegura que acepta los encargos por la diferencia salarial. Cedida

El sueldo apenas le alcanzaba.

"Iba a trabajar con mi hija porque no tenía con quién dejarla, pero eran muchas horas porque limpiaba dos casas por día para poder sobrevivir", recuerda.

Una de las mujeres para las que trabajaba conocía al responsable de los pisos y le habló de estas limpiezas.

La propuesta tenía una ventaja evidente: muchas menos horas por bastante más dinero.

"Me convenció porque son solo cuatro horas y gano muchísimo más de lo que ganaría como empleada doméstica", explica la mujer de 27 años.

Flor no presenta el trabajo como una elección vocacional ni intenta embellecerlo.

"La verdad es que no es el trabajo que más me gustaría hacer, lógicamente, pero es el que más me sirve hoy en día. Lo hago por mi hija y por mí, para poder salir adelante".

Parte de ese dinero también viaja fuera de España.

"Así puedo enviarle dinero a mi madre y a mi hermano que están en Venezuela".

La escena que encuentran al llegar cambia de una vivienda a otra. Algunas están relativamente ordenadas. Otras requieren varias horas de limpieza y desinfección.

"No suele haber punto medio", resume Flor.

Lo que queda

No existe una imagen única de cómo queda una vivienda después de una sesión de chemsex. Tampoco todos los encuentros son iguales ni implican las mismas sustancias, prácticas o duración.

Las sesiones pueden extenderse durante horas o días y desarrollarse en viviendas particulares. El consumo de drogas no es un elemento accesorio: se utiliza para facilitar, potenciar o prolongar la actividad sexual.

En los pisos que limpian Liz y Flor pueden quedar preservativos, lubricantes, toallas, botellas, vasos, ropa o basura acumulada. También pueden encontrar restos de sustancias o elementos utilizados para consumirlas.

La Policía Nacional desmantela un narcopiso donde se vendían y consumían drogas relacionadas con el chemsex.

La Policía Nacional desmantela un narcopiso donde se vendían y consumían drogas relacionadas con el "chemsex". Europa Press

En ocasiones aparecen jeringuillas.

"Debemos tener cuidado de no pincharnos porque muchas veces hay jeringas", cuenta Liz. Para trabajar utilizan guantes y mascarillas.

También pueden quedar pequeños envoltorios, recipientes, pipas, pajitas utilizadas para esnifar o material relacionado con distintas vías de administración de drogas.

La presencia de una jeringuilla, sin embargo, no permite determinar por sí sola para qué fue utilizada: algunas sustancias pueden administrarse por vía intravenosa, mientras que determinados elementos similares pueden emplearse para otras prácticas.

En las habitaciones también puede haber restos de comida y bebida, sábanas utilizadas durante horas, toallas húmedas y superficies con manchas de lubricante.

A veces aparecen pequeños restos de sangre o fluidos corporales. Otras veces, no.

"Vemos de todo. Hay días que los pisos están más limpios y se ven más cuidados y días en los que te da mucha impresión", relata Flor.

La escena, precisamente por su variabilidad, no permite reconstruir quién estuvo allí ni lo que hizo cada una de las personas que participó.

El riesgo laboral

Israel Guillén Cabrera, enfermero especialista en Salud Mental y presidente de PVBis QUEER, una asociación que trabaja con personas vinculadas al consumo de chemsex, introduce una distinción fundamental.

El riesgo para quien entra posteriormente a limpiar una vivienda, explica, no deriva del chemsex por sí mismo, sino del posible contacto con residuos biológicos, objetos punzantes o restos de sustancias.

Es un problema de exposición laboral.

Una persona encargada de la limpieza puede encontrarse con preservativos usados, fluidos corporales, sangre, agujas, utensilios empleados para consumir drogas o pequeñas cantidades de sustancias desconocidas.

Entre los principales riesgos, Guillén enumera los pinchazos accidentales, el contacto con sangre u otros fluidos, la exposición cutánea u ocular a sustancias irritantes y la posible inhalación de determinados vapores residuales.

Eso no significa que entrar en una vivienda donde hubo chemsex implique automáticamente un elevado riesgo de infección.

Sí significa que los residuos biológicos deben tratarse con precaución.

Guillén recomienda utilizar guantes resistentes de un solo uso y mascarilla y, cuando pueda haber salpicaduras, protección para los ojos.

Las agujas no deberían manipularse directamente con las manos, volver a taparse ni depositarse en bolsas de basura convencionales.

Tampoco deberían tocarse o intentar identificarse sustancias desconocidas.

Si durante la limpieza se produce un pinchazo o la sangre entra en contacto con una herida o una mucosa, recomienda lavar inmediatamente la zona y acudir cuanto antes a un servicio sanitario para que se valore el riesgo.

En un entorno laboral, añade, lo deseable sería contar con protocolos específicos, formación y equipos de protección adecuados.

Liz y Flor, sin embargo, aseguran no haber recibido esa formación.

No todos los consumos

El propio concepto de chemsex requiere matices.

Guillén explica que no cualquier fiesta en la que existen drogas y relaciones sexuales puede definirse de esa manera. En el chemsex, determinadas sustancias se consumen específicamente para facilitar, potenciar o prolongar la actividad sexual.

Tampoco puede equipararse automáticamente esta práctica con una adicción.

Hay personas que participan ocasionalmente sin sufrir consecuencias relevantes y otras que desarrollan un consumo problemático, dependencia o complicaciones relacionadas con su salud física, sexual o mental.

Las sesiones más prolongadas pueden provocar agotamiento, deshidratación, falta de sueño o una menor ingesta de alimentos.

También pueden aparecer lesiones vinculadas a una actividad sexual mantenida durante muchas horas, especialmente porque algunas sustancias alteran la percepción del dolor.

En el plano psicológico pueden producirse ansiedad, insomnio, episodios de paranoia o alteraciones del estado de ánimo, aunque Guillén advierte que todavía falta evidencia específica para establecer algunas relaciones directas entre chemsex y determinados problemas de salud mental.

El especialista insiste además en evitar una asociación automática entre estas prácticas y el conjunto del colectivo LGTBIQ+.

El chemsex no define una orientación sexual ni quienes lo practican constituyen un grupo homogéneo.

Las propias limpiadoras aseguran haber encontrado perfiles diversos detrás de las viviendas que limpian.

"En las fiestas participan distintos perfiles de personas, hombres y mujeres heterosexuales así como homosexuales. También extranjeros, la mayoría", sostiene Liz, según la información que reciben por parte de sus empleadores.

Ellas, en cualquier caso, no los ven.

"Nosotras no tenemos contacto con nadie porque cuando llegamos el piso está vacío. Quedan los restos".

"Todo tiene un límite"

El trabajo implica también otra frontera que las tres mujeres aseguran haber tenido que fijar.

Liz y Flor cuentan que en alguna ocasión recibieron propuestas para participar en las propias fiestas a cambio de dinero.

Según su relato, llegaron a ofrecerles hasta 4.000 euros por pasar una noche completa si su participación incluía relaciones sexuales consensuadas con adultos.

Ninguna de las tres aceptó.

"Ni Flor, ni yo, ni nuestra compañera aceptamos. Todo tiene un límite, aunque a veces una se ve tentada por la desesperación de mantener a su familia", cuenta Liz.

Para ellas, la elección cotidiana es bastante menos espectacular.

Consiste en entrar cuando todos se han ido, ponerse los guantes y conseguir que cuatro horas de trabajo rindan económicamente mucho más que una jornada entera limpiando casas particulares.

"Ser madre soltera, extranjera y vivir en una ciudad tan cara como Madrid es complicado", dice Liz al referirse a Flor y a otras mujeres de su entorno.

"Vinimos acá para darle un futuro mejor a nuestros pequeños, nuestras madres, padres, tías, hermanos e intentar ayudar a nuestras familias. Traerlas para acá sería una bendición", agrega Flor.

A unos metros pueden quedar jeringuillas, sábanas, botellas o preservativos. Pero lo que explica que ellas sigan atravesando esas puertas no es lo que ocurrió dentro del piso durante la noche.

Es lo que cobran después por limpiarlo.