Uno de los monitores durante una actividad con menores en los campamentos de Euskal Udalekuak celebrados en Bernedo (Álava).

Uno de los monitores durante una actividad con menores en los campamentos de Euskal Udalekuak celebrados en Bernedo (Álava). EE

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Las víctimas del campamento 'transfeminista' en el País Vasco: "Hasta que no te duches y te quites todo, no sales de aquí"

Las colonias de Bernedo no se celebrarán este verano, pero el proyecto continúa en Navarra. EL ESPAÑOL recoge el testimonio de dos de sus víctimas.

Más información: La Ertzaintza investigaba a las colonias 'trans' por agresiones sexuales a menores tutelados: "A uno le bajaron el calzoncillo"

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"No entendía por qué tenía que desnudarme delante de todo el mundo si no quería hacerlo".

Así recuerda Lucas, a sus 20 años, su paso por el campamento de Bernedo, una década después de aquel verano.

Durante más de 50 años, la asociación Sarrea Euskal Udaleku Elkartea se ha proyectado como el gran referente del "ocio educativo" en euskera: campamentos de corte 'transfeminista' y abertzale ligados a la naturaleza, la convivencia y los valores comunitarios.

El caserón del campamento Bernedo, la simbología del campamento y los murales del recinto.

El caserón del campamento Bernedo, la simbología del campamento y los murales del recinto. Arte EE

Sin embargo, este oasis ha quebrado. Este mes de julio la sede de Bernedo ha quedado fuera de funcionamiento tras la ruptura del contrato para utilizar las instalaciones, en pleno avance de la investigación judicial abierta a raíz de 21 denuncias —20 presentadas por familias y una por una educadora social— por presuntos delitos contra la libertad sexual y la integridad moral de menores.

En este contexto, EL ESPAÑOL ha hablado con dos jóvenes que, por primera vez, han decidido romper su silencio y relatar las experiencias que sufrieron allí cuando eran niños, años antes de que el escándalo trascendiera públicamente. Para proteger su identidad este periódico utilizará los nombres ficticios de Lucas e Irati.

La entidad mantendrá activos sus otros dos campamentos en Goñi y Abaigar (Navarra), que este año volverán a congregar a centenares de menores. Este periódico ha intentado recabar la versión de los responsables de la organización, quienes, tras descolgar el teléfono, han declinado realizar declaraciones a este diario.

En sus redes sociales, sin embargo, el cinismo institucional sustituye al silencio: "Es triste que las calles de Bernedo permanezcan vacías este verano. Aun así, espero que nos volvamos a ver pronto. Volveremos", publicaban hace apenas tres días, ajenos al peso de un procedimiento penal que continúa recabando pruebas sobre la vulneración de los límites de la infancia.

"Nos bañábamos todos juntos"

Lucas —nombre ficticio— tenía 11 años cuando sus padres, confiando plenamente en las recomendaciones que recibían desde las ikastolas, decidieron inscribirlo en el campamento de Bernedo.

El plan representaba la opción estival idónea: dos semanas de inmersión para perfeccionar el euskera, disfrutar de la naturaleza y aprender los valores de la convivencia infantil.

Aquella familia, sin embargo, jamás habría podido imaginar que el recuerdo que su hijo conservaría de aquellos días no sería el de los juegos o los nuevos amigos, sino el de la hora del aseo.

"Lo que más me impactó fue el tema de las duchas; que nos bañásemos juntos los niños, las niñas y también los monitores. Era un espacio abierto, sin divisiones; nos veíamos todos con todos", relata el veinteañero.

"En aquel momento no sospeché nada malo porque eran mis monitores y confiaba en ellos. Pero hoy, al mirarlo con distancia, entiendo que aquello no era normal", expresa.

Precisamente, esta confluencia de menores y adultos desnudos en espacios comunes es uno de los ejes centrales de las diligencias que instruye la justicia.

Mientras que las familias personadas en la causa insisten en que se vulneró de forma sistemática la intimidad de sus hijos sin su consentimiento, la dirección de Sarrea Euskal Udaleku Elkartea ha defendido formalmente que estas prácticas formaban parte de un "marco pedagógico de corte transfeminista orientado a desmitificar la anatomía humana".

Sin embargo, para la acusación, la ejecución de este proyecto chocó frontalmente con el marco legal de protección al menor.

Durante años, Lucas sepultó la incomodidad de aquellos episodios bajo la etiqueta de "pudoroso", una culpa que cargaba sobre sus propios hombros.

El velo no cayó hasta finales de 2025, cuando el goteo de denuncias formales ante la Ertzaintza y los testimonios de otros menores tutelados —que ya habían advertido dinámicas idénticas en años anteriores— evidenciaron que se trataba de un patrón estructural.

Fue el espejo de otras denuncias lo que le hizo comprender que su malestar se debía a una señal de alerta desatendida: "Si un niño te está diciendo que no se siente cómodo, hay que escucharlo", sostiene ahora.

Además, Lucas tiene grabado el desasosiego de los llamados akelarres, los rituales nocturnos en los que los monitores conducían a los menores a través de senderos forestales en total oscuridad.

"Yo era un niño sumamente miedoso; no fui capaz de ver una película de terror hasta los 20 años. Recuerdo avanzar por ese camino a tientas, agarrado a mis amigos. Lo pasaba fatal", rememora el joven.

Estos trayectos nocturnos también forman parte del dosier de testimonios que la instrucción judicial evalúa para determinar hasta qué punto se sobrepasaron las metodologías del ocio educativo para incurrir en prácticas punibles.

Mural en el campamento de Bernedo.

Mural en el campamento de Bernedo. EC

"Tuve muchos problemas con mi cuerpo"

A unos metros de distancia de aquella misma realidad, estaba Irati, que tenía sólo nueve años cuando fue al campamento de Bernedo.

Al hablar de ello, la memoria le devuelve de inmediato al intento desesperado por levantar una mínima parcela de intimidad que la organización se empeñaba en derribar cada mañana.

"Siempre intentaba retrasarme y quedarme al final de la fila. Cuando por fin me tocaba les decía: 'No me voy a duchar desnuda delante de todos'. Pero era innegociable, me obligaban", sostiene la joven.

El diseño de este ecosistema requería, necesariamente, la opacidad hacia el exterior. Los padres de Irati dejaron a su hija bajo la protección de un entorno que creían basado en el respeto a la naturaleza, pero "Jamás se les notificó a mis padres que el nudismo formaría parte del régimen obligatorio", afirma la joven.

Esta falta de transparencia inicial constituye uno de los pilares del expediente sancionador incoado por las administraciones vascas.

Las actas administrativas y las denuncias de las familias coinciden en que la asociación omitió deliberadamente en sus folletos informativos y reuniones previas las directrices de su autodenominado "proyecto educativo" de desnudez compartida, quebrando el derecho al consentimiento informado de los tutores legales.

Para asegurar que las dinámicas no cruzaran las fronteras de las instalaciones, se imponía un estricto protocolo de aislamiento comunicativo que la Ertzaintza ha sumado a las pesquisas sobre presunta coacción e infracciones a la normativa de ocio con menores.

El uso del teléfono estaba vetado salvo "urgencia médica irreversible"; el único puente con el exterior era el correo postal, sometido a los tiempos de la organización.

"Si querías contarle algo a tus padres, tenías que escribir una carta. En mi caso, las cartas que me enviaban mis padres sí me llegaban, pero las mías, las que yo escribía contando lo que pasaba, no llegaron a casa hasta que yo ya había regresado", relata Irati.

La consecuencia de aquel verano se prolongó años en la joven: "Al salir de allí, me negué a volver a cualquier campamento y tuve muchos problemas con mi cuerpo", confiesa.

La investigación judicial también pone la lupa sobre los métodos disciplinarios de las colonias, evaluados bajo el marco de presuntos delitos contra la integridad moral.

La humillación, recuerda Irati, funcionaba como un engranaje cotidiano para quebrar la disidencia.

Antes de merendar, los menores debían corear cánticos vinculados a la ideología del campamento; el correctivo para quien decidía guardar silencio era la exposición pública obligatoria.

"A los que se negaban los sacaban de la fila y los colocaban frente al grupo para que cantaran en solitario. Era humillante, sobre todo para los niños más tímidos. Si decidías no hacerlo, pasabas de inmediato a ser el señalado ante todos", concluye.

Estos métodos coercitivos de control social son los que finalmente empujaron a una educadora social del propio centro a interponer una de las denuncias que terminaron por clausurar la sede de Bernedo.

Sin espejos, pero expuestos

El engranaje de Euskal Udalekuak no se entiende sin su armazón ideológico que, durante años, les ha servido como escudo y justificación.

Lo que ante la opinión pública y las ikastolas se promocionaba como un espacio idílico de inmersión lingüística en euskera, ecologismo y convivencia, escondía en sus normas internas una aplicación radical y unilateral de una pedagogía experimental impuesta a menores de edad sin el conocimiento ni el consentimiento de sus tutores legales.

"A las familias se les ocultó deliberadamente la realidad de las dinámicas. Una cosa es explicar un proyecto educativo basado en el respeto al cuerpo y otra muy distinta que los padres sepan que sus hijos van a ducharse desnudos junto a adultos", explica a este diario Zuriñe Ojeda, portavoz de Feministas al Congreso, que ha acompañado a varias de las madres denunciantes desde el inicio del caso.

Las instalaciones carecían por completo de espejos, una decisión justificada por la organización para evitar la "cosificación" o las inseguridades corporales, pero que en la práctica funcionaba de forma inversa.

"Había un veto absoluto a que los niños pudieran ver su propio cuerpo, mientras quedaban expuestos a la mirada de los demás en espacios comunes", apunta Ojeda.

Incluso la iconografía del lugar reflejaba esta línea doctrinal: las paredes lucían murales explícitos pintados por los propios monitores, entre ellos uno que mostraba a una mujer desnuda con las piernas abiertas acompañado del lema en euskera "Ongi etorri" ("Bienvenidos").

La investigación sobre la estructura del campamento revela un patrón de endogamia pedagógica. Los monitores a cargo de los menores —la mayoría jóvenes de entre 18 y 23 años— no son profesionales externos, sino antiguos alumnos de las colonias que han interiorizado y normalizado estas mismas dinámicas desde la infancia.

A este relevo generacional se sumó una marcada politización en los equipos de ocio, con perfiles vinculados al activismo.

Entre los responsables del campamento se encuentra Ekaitz Goikoetxea, un conocido versolari —improvisador de versos en euskera— trans que ganó un certamen con una composición que recordaba el sufrimiento de su propia infancia en duchas colectivas y que concluía con la palabra "venganza".

La batalla continúa

Frente a las denuncias, la investigación judicial y las consecuencias administrativas, Sarrea Euskal Udaleku Elkartea ha defendido públicamente su proyecto.

A través de comunicados y publicaciones en sus redes sociales, la asociación ha rechazado de plano las acusaciones y sostiene que está siendo objeto de una "campaña de criminalización y difamación" impulsada por motivos políticos e ideológicos.

Los responsables del proyecto insisten en que la sanción de 9.000 euros impuesta por la Diputación Foral de Álava respondió únicamente a un "error administrativo" por no haber comunicado formalmente la actividad desarrollada en Bernedo durante los dos últimos años.

A su juicio, ese procedimiento no guarda relación con la causa penal por presuntos delitos contra la libertad sexual que continúa instruyéndose y denuncian que se ha construido un relato "sensacionalista y cargado de morbo" sobre la realidad de sus campamentos.

La organización también ha aprovechado para defender su modelo pedagógico, inspirado en el transfeminismo, cuyo objetivo, aseguran, es "normalizar todos los cuerpos, romper estigmas y cuestionar el binarismo de género" para crear espacios seguros e inclusivos.

Asimismo, niega haber aislado a los menores de sus familias y sostiene que la limitación del uso de teléfonos móviles se comunica previamente a los tutores como una norma de convivencia, garantizando que cualquier niño puede contactar con sus padres cuando lo necesite.

La continuidad de los campamentos ha reabierto también el debate sobre el respaldo institucional al proyecto. Pese a la investigación judicial en curso, Euskal Udalekuak continúa integrado en distintos programas públicos de promoción del euskera.

Entre ellos, figura la convocatoria de ayudas de la Mancomunidad de Sakana, gobernada por EH Bildu, que permite a las familias recuperar hasta 125 euros por menor inscrito en estas colonias.

La financiación procede de Euskarabidea, el Instituto Navarro del Euskera, dependiente del Gobierno de Navarra, que sostiene este sistema de subvenciones desde hace más de una década.

Así, mientras Bernedo permanece este verano sin actividad, la asociación ha trasladado sus colonias a las localidades navarras de Goñi y Abaigar, donde centenares de menores participan en un proyecto que continúa desarrollándose con normalidad pese a las denuncias que investiga la Justicia.

Lejos de rebajar el tono, la organización ha intensificado su defensa pública. En sus comunicados denuncia una supuesta "campaña de criminalización y difamación" e insiste en que regresará a Bernedo, llegando incluso a concentrarse bajo consignas como "¡No a la represión!".

Mientras la organización reduce el caso a un debate político en busca de culpables externos, para Lucas e Irati la realidad se mide en una escala muy distinta: la de las secuelas reales que todavía hoy arrastran desde su infancia.