En el centro de la imagen, María Paloma Bardají; abajo a la izquierda, Françoise Dasnois; arriba a la izquierda, la piedra con la que fue golpeada Roy; y a la derecha, un barranco del Pirineo.

En el centro de la imagen, María Paloma Bardají; abajo a la izquierda, Françoise Dasnois; arriba a la izquierda, la piedra con la que fue golpeada Roy; y a la derecha, un barranco del Pirineo.

Reportajes

Los barrancos del Pirineo, un paraje macabro para despeñar a mujeres: en el de Colungo ya van dos viudos de 'accidentadas'

Françoise Dasnois, Consuelo Roy o, más recientemente, María Paloma Bardají, son algunas de las mujeres que han sido halladas muertas al pie de una cortada del Pirineo entre sospechas policiales de feminicidio.

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Unos senderistas que caminaban por la Sierra de Guara (Huesca) dieron la voz de alarma la mañana del pasado 18 de enero: en el barranco de Las Palomeras, bajo el pequeño puente de la carretera A-2205, a las afueras de un pueblito llamado Colungo, habían hallado el cadáver de una mujer.

Al cabo de unas horas se supo que se trataba de María Paloma Bardají, una vecina de Barbastro (Huesca) desaparecida el día anterior.

El lugar no podía ser más propicio para la fatalidad: un tablero estrecho, una barandilla baja, un tajo de roca caliza que se abre de golpe bajo el asfalto y un cauce sombrío que apenas toca el sol de invierno.

Durante los dos siguientes meses, se interpretó la muerte como un resbalón o un suicidio. Parecía lo más lógico a falta de las conclusiones del examen forense.

De hecho, el caso apenas levantó ruido hasta que, a mediados de esta semana, la jueza del Tribunal de Instancia de Barbastro, María Pilar Guillén, envió a prisión provisional a la pareja sentimental de Bardají, Juan Julián S.S.

Barranco de la Palomera, en Colungo, en la Sierra de Guara, donde fue hallada muerta María Paloma Bardají.

Barranco de la Palomera, en Colungo, en la Sierra de Guara, donde fue hallada muerta María Paloma Bardají. E.E.

Ese mismo día, se desveló que la policía había hallado indicios de una retorcida trama criminal en la que, supuestamente, podría estar también involucrado el marido de la difunta, Carlos Víctor Salamero, del que estaba separada pero no legalmente divorciada.

"Aunque la escena parecía sugerir inicialmente que se había precipitado de forma voluntaria, la pericia de los investigadores ha permitido hallar evidencias de que la muerte fue violenta", dijo el delegado del Gobierno en Aragón, Fernando Beltrán, en declaraciones a la Cadena SER.

En un primer momento, la Guardia Civil se refirió de manera explícita a un acto clásico de violencia de género, pero luego se sugirió la posible existencia de un móvil económico. Se ha insinuado que la pareja y el marido de la víctima podrían haberse aliado, al menos durante un tiempo, para apoderarse del patrimonio de la fallecida.

¿Una caída no accidental?

¿Cómo pudo determinar la Benemérita que la caída no había sido accidental sino provocada? "En el entorno del barranco de Colungo no hay cámaras de seguridad. Por tanto, la investigación se ha apoyado en los testigos, la reconstrucción de los hechos e interrogatorios", indicó el delegado del Gobierno.

Y mientras el revuelo causado por la muerte alcanzaba a los digitales nacionales, comenzaba a reactivarse por los corrillos del Pirineo un viejo y recurrente chascarrillo sobre los peligros de pasear con un esposo codicioso por rutas escarpadas en medio de una crisis de pareja.

El comentario truculento se ajusta a una serie de sucesos que han dejado de ser aislados para tejer un patrón serio: parejas que se rompen, mujeres que, como Paloma, desaparecen o aparecen despeñadas en la montaña, episodios que en un primer momento se leen como accidentes o suicidios y que se acaban reescribiendo como feminicidios maquillados por el paisaje.

Es la versión montaraz de la clásica escena de crucero nocturno en la que alguien se esfuma por la borda y el océano se encarga de borrar las huellas. El océano es profundo, oscuro, casi imposible de rastrear. Cuando alguien cae a la mar en mitad de la noche, el agua se cierra sobre el cuerpo y devora las evidencias.

En el Pirineo no hay vastos océanos profundos (aunque los hubo), pero hay barrancos, y los barrancos cumplen la misma función narrativa y criminal. La Sierra de Guara está llena de ellos.

Desde el aire parecen grietas finas abiertas en la piel de la montaña. Sobre el terreno son otra cosa: corredores de roca caliza de hasta 300 metros de profundidad, paredes verticales que descienden hacia ríos estrechos y fríos, lugares donde la vegetación cuelga en las repisas y donde un cuerpo puede quedar oculto durante meses o años.

Barranco de las Palomeras.

Barranco de las Palomeras. Wikimedia Commons

El de Las Palomeras donde hallaron a María se abre a pocos minutos del pequeño pueblo de Colungo, un puñado de casas de piedra encaramadas hacia el Somontano de Barbastro.

Se trata de una zona donde el terreno se rompe de repente en un corte vertical y donde arranca la ruta al Portal de la Cunarda, un gigantesco arco de piedra natural suspendido sobre dos gargantas, al que se llega por un sendero de casi 12 kilómetros que se interna entre cortados y barrancos con nombres de novela: Pilones, Arruellos, el Tacho, el Fornocal.

No es el único caso

Lo extraordinario es que Colungo ya había sido anteriormente el escenario de otra desaparición inquietante.

Fue precisamente en el camino a la Cunarda donde se esfumó también el 12 de julio de 2009 la enfermera belga Françoise Dasnois, de 48 años, cuando caminaba con su pareja, el cirujano francés Hugues Legendre, y sus dos hijos adolescentes.

Era un día caluroso de verano —el termómetro superaba los 30 grados—, la familia estaba de vacaciones en un apartamento de alquiler en Colungo y, a mitad de recorrido, Françoise se quedó atrás, cansada.

Según el relato de Legendre, cuando él y los dos menores regresaron a buscarla ya no estaba ni en el camino ni en la casa; durante días, el GREIM y los helicópteros rastrearon sin éxito los mismos taludes y barrancos que hay alrededor del puente donde hallaron a Bardají.

Bélgica trató al principio lo de Françoise como una desaparición sin cuerpo. En los breves despachos de la prensa de Namur, el pueblecito aragonés hacía el papel de un topónimo exótico perfecto para titulares con pegada: El misterio de Colungo, escribían algunos medios.

Pero exactamente igual que ocurrió con Paloma, los investigadores belgas concluyeron al cabo de los años que Françoise no se había esfumado accidental o deliberadamente.

La enfermera belga Françoise Dasnois también fue presuntamente asesinada por su marido en un barranco de Guara.

La enfermera belga Françoise Dasnois también fue presuntamente asesinada por su marido en un barranco de Guara. Cedida

El 7 de abril de 2025 el dossier volvió a fase de instrucción penal y, el 21 de noviembre, un juez de Namur interrogó al cirujano Hugues Legendre, lo inculpó por asesinato y le prohibió salir de Francia mientras intentaba demostrar que su pareja no se desvaneció en algún barranco, sino que fue asesinada en la montaña.

La Fiscalía de Namur no ha revelado qué nuevas pruebas o contradicciones delatan a Legendre, pero sí ha dejado claro que las diligencias practicadas entre 2024 y 2025 —órdenes europeas de investigación en España y Francia, análisis de ADN de los hijos y de la hermana de Françoise, nuevas audiencias— "han permitido obtener nuevas informaciones" que justifican la imputación por homicidio.

El ex cirujano, que durante años fue el viudo oficial de una senderista perdida en Guara, se defiende ahora diciendo que "no tiene nada de lo que reprocharse" y que es "una víctima más de esta desaparición", igual que sus dos hijos, que le apoyan.

Detrás, la Fiscalía ha orientado la investigación hacia la propia relación de pareja, ha pedido testimonios que aporten "un nuevo enfoque" sobre cómo era el vínculo entre Françoise y su compañero y sostiene, por primera vez de forma explícita, que aquella tarde de julio de 2009, los barrancos de Cunarda fueron el escenario de un crimen.

O dicho de otro modo, en un radio de pocos kilómetros, Colungo concentra hoy dos sumarios en los que el paisaje ofrece a un agresor un decorado verosímil de accidente o desaparición para encubrir una muerte violenta.

El caso de Consuelo Roy

Aunque la coincidencia es extraordinaria todavía podría parecer una anomalía local. Pero si uno se desplaza en transversal apenas media hora a la Ribagorza oriental (Huesca), y escucha cómo fue hallada Consuelo Roy en un barranco, comienza a sospecharse que el truco de la caída se repite en el Pirineo y sus alrededores con una regularidad incómoda.

Allí, el paisaje del crimen no fue un cañón frecuentado por senderistas sino una escombrera situada en los aledaños del pueblo, cerca de un paraje conocido como la Caseta de la Reina: un rellano de tierras y cascotes donde empiezan los desmontes y los taludes que caen en pendiente hacia un pequeño barranco.

El cadáver de Consuelo Roy, de 52 años, pianista y profesora de música muy conocida en la Ribagorza, apareció en ese paraje la noche del 31 de marzo de 2013.

Exactamente igual que en Colungo, los investigadores no descartaron al principio que hubiera sufrido una caída accidental: aunque presentaba un golpe en la cabeza, el entorno permitió sostener durante un tiempo la hipótesis de que había resbalado en la oscuridad.

Pero la versión que se impuso a la postre en los tribunales también giró hacia el crimen.

Según la Fiscalía, aquella tarde-noche Consuelo se desplazó a la zona de la escombrera —a la que acudía con frecuencia para hacer fotografías— y se cruzó con Antonio Belmonte, un joven de 19 años, vecino de Benabarre, con un cociente intelectual límite y diagnosticado de trastorno esquizoide de personalidad.

Él intentó besarla; hubo un forcejeo, la profesora se resistió, le mordió la mano y consiguió echar a correr cuesta abajo. Belmonte agarró entonces una piedra y se la lanzó por la espalda, a la cabeza, en lo que el Tribunal Supremo describe como un ataque "sorpresivo e inesperado" que no le dio ninguna oportunidad de defensa.

Piedra con la que fue golpeada Roy, en Benabarre, antes de ser arrojada y oculta bajo un talud.

Piedra con la que fue golpeada Roy, en Benabarre, antes de ser arrojada y oculta bajo un talud. Guardia Civil

La golpeó al menos dos veces, la dejó inconsciente o ya muerta y, después, empujó el cuerpo barranco abajo: lo dejó rodar por el talud de la escombrera, hacia la parte baja de la pendiente, y lo ocultó entre los escombros para fingir una caída en la ladera. A continuación escondió la piedra y se deshizo de la cámara de fotos de la víctima.

Al principio le funcionó la treta. Un terreno como ese bien podía explicar, a simple vista, un tropiezo mortal.

Pero el informe forense, junto con la reconstrucción sobre el terreno, desmontó ese relato: las lesiones craneales eran compatibles con golpes directos con un objeto contundente, no con un simple rodar por la pendiente, y la disposición del cuerpo en la parte baja del talud difícilmente encajaba con la caída que sugería el decorado.

Tres años después, en julio de 2016, un jurado popular en Huesca declaró por ocho votos contra uno que Antonio Belmonte era culpable de asesinato con alevosía. El Tribunal Supremo confirmó en 2017 ese veredicto y la condena de 18 años de prisión.

El crimen de Benabarre, como lo bautizaron los diarios aragoneses, encaja milimétricamente en el patrón que ha vuelto a dibujarse un par de veces en Colungo.

De nuevo, un barranco que permite sostener la hipótesis de la caída; de nuevo, un agresor que se sirve de la pendiente para hacer rodar el cuerpo y colocar el cadáver donde el paisaje susurra "accidente" antes de que hablen los forenses.

Y, de nuevo, una investigación que acaba demostrando que la cortada no fue el origen de la muerte, sino el último elemento de una escenografía construida para camuflar un ataque violento contra una mujer en el Pirineo.

Claro que no siempre las sospechas insidiosas de juego sucio tras el despeñamiento se terminan encadenando de forma consistente hasta permitir una imputación por homicidio.

Desapariciones inquietantes

Al inventario de asesinatos maquillados en barrancos del Pirineo hay que añadir otra lista aún más larga de desapariciones inquietantes, en las que ni siquiera hay un cuerpo que permita reconstruir lo sucedido.

En noviembre de 2024, a unos 30 kilómetros en línea recta de Colungo, otro hombre desapareció en el Prepirineo aragonés: Roberto Lanau Broto, vecino de Morillo de Monclús, en el valle de La Fueva.

La noche del 28 de noviembre salió de casa sin que nadie lo oyera; a la mañana siguiente, la familia halló su cama vacía y dio la alerta.

A renglón seguido se desplegó un dispositivo enorme: patrullas de la Guardia Civil, GREIM de Benasque y Viella, helicóptero, GEAS, drones con cámaras térmicas, perros de búsqueda y más de un centenar de voluntarios peinaron durante días los caminos del pueblo, las laderas que bajan hacia Ligüerre de Cinca, los bosques que rodean el embalse y los barrancos que surcan todo el valle.

Todo lo que devolvió aquella porción de monte de La Fueva fueron cuatro colillas de tabaco junto a una pista: cigarrillos de la misma marca poco habitual que fumaba Roberto, lo bastante distintivos como para que los mandos asumieran que eran suyos y reconstruyeran, hasta ahí, su recorrido nocturno.

El desaparecido Roberto Lanau, en una foto facilitada por la familia.

El desaparecido Roberto Lanau, en una foto facilitada por la familia. Cedida.

Se sabe que tenía diagnosticado un trastorno bipolar y que aquella noche helaba, así que las hipótesis "domésticas" —una caída absurda, un episodio de desorientación, incluso un suicidio— están sobre la mesa, pero ninguna ilumina lo ocurrido: tras semanas de rastreo no ha aparecido ni el cuerpo, ni el teléfono, ni una prenda, nada.

Y el lugar donde se le perdió la pista no es cualquier sitio: La Fueva es una de las zonas más aisladas de la Península, con miles de hectáreas de bosque cerrado y un historial reciente de plantaciones de marihuana ocultas entre los pinos, que la propia Guardia Civil ha vinculado a mafias albanesas.

La familia de Lanau no descarta que algo se torciera por puro azar, pero tampoco excluye que siga vivo o, lo que es aún peor, que haya habido juego sucio en un valle donde conviven agricultores, neorrurales, monjes budistas y narcos que prefieren no ser vistos. Catorce meses después, su hermano sigue buscándolo vivo o muerto.

¿Accidentes, suicidios u homicidios?

En la Alta Garrotxa, en el término de Montagut i Oix, los Mossos investigaron en 2018 la muerte por despeñamiento de una mujer hallada al pie de un risco después de salir de una tienda de campaña en la que acampaba con su pareja.

La escena reunía varios disparadores de sospecha: demora llamativa en denunciar la desaparición, un relato poco verosímil sobre cómo y por qué ella habría salido sola en plena noche, un punto de caída de muy difícil acceso y una autopsia que no permitía concluir si la caída había sido accidental, voluntaria o provocada.

Los forenses describieron lesiones compatibles con un descenso violento, pero sin capacidad discriminante; justo el tipo de resultado que la literatura científica señala como cuello de botella en las caídas en terreno abrupto, donde la frontera entre el tropiezo, el suicidio y el empujón se vuelve borrosa.

La literatura forense coincide en que distinguir entre caída accidental, suicidio u homicidio es muy difícil cuando no hay testigos, el terreno es abrupto y el cuerpo llega al fondo tras rebotar, arrastrarse o golpearse varias veces: las lesiones finales pueden imitar tanto un empujón como un tropiezo, y la autopsia, por sí sola, no siempre dice de qué lado está la verdad.

Lo que marca la diferencia —y acaba rompiendo la narrativa de accidente— no es la montaña, sino lo que llega de fuera: un rastro bancario inexplicable, una geolocalización que no encaja, un ADN que reaparece 15 años después, una fiscalía extranjera que reabre un sumario, una familia que se niega a aceptar que "fue un mal paso".

Todos estos casos encuadrados dentro del mismo bioma moral subrayan que allí donde hay un risco sin cámaras ni testigos, la línea entre fatalidad y violencia depende menos de la roca que de lo que la policía pueda probar y de lo que los jueces estén dispuestos a reabrir cuando el paisaje ya ha borrado las huellas.