Antonio, de tres años, está siendo atendido por especialistas en Barcelona dado que en Perú no hay un tratamiento para su enfermedad.

Antonio, de tres años, está siendo atendido por especialistas en Barcelona dado que en Perú no hay un tratamiento para su enfermedad. E. E.

Reportajes

Luisa Sandoval, turista sanitaria en España: trajo a su hijo a curar una enfermedad a Barcelona que en Perú "costaba 1.000 €"

Antonio, de tres años, padece de Púrpura Trombocitopénica. Cataluña es la comunidad con más turismo sanitario (28%) por la calidad de sus médicos. 

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Es diciembre de 2023. Los recuerdos llevan a Luisa Sandoval (Perú, 1993) a su ciudad natal: Trujillo. Media hora después del control médico de un año de nacimiento de Antonio, recibió una llamada que enfrió su vida.  

¿Es usted la mamá de Antonio?— dijo la voz de una enfermera. 

Ella respondió afirmativamente. Le preguntó qué sucedía.

Al otro lado de la línea no le dieron muchas explicaciones. 

Debe regresar a la clínica con su hijo. Entre por urgencias. Acá le explicamos— respondió la enfermera

Luisa colgó el móvil. Estaba entrando en su casa. Acababa de hacer la compra para un almuerzo que nunca completó. 

En los ojos de Antonio sintió la fragilidad de la vida. Pensó que, posiblemente, su pequeño estaba sufriendo algo irreparable. 

Luisa y su familia viven en Barcelona desde hace tres meses.

Luisa y su familia viven en Barcelona desde hace tres meses. Cedida

Intentó llegar lo más pronto posible. Cuando estaba en el hospital, entró por urgencias, como le pidieron, y se sentó en una sala a esperar qué sucedía.

Luisa cargaba en sus brazos a Antonio, que no se inmutaba. Es un niño tranquilo. Pero en el cuerpo de su hijo hubo una alerta: varias zonas tenían lunares de sangre y moretones. 

Nadie lo maltrató. Tampoco le pegaron. Entonces, ahí llegó el diagnóstico. Un médico le explicó que Antonio padece de Púrpura Trombocitopénica. Ella no entendió. 

Es un nombre que nunca había escuchado. 

¿Es grave?— cuestionó Luisa mientras abrazaba a su hijo.

Sostenerlo ha sido su constante. El amor de madre no ha dejado que él caiga. Tampoco que una enfermedad se convierta en un diagnóstico final. 

Entonces, el médico le explicó que se trata de una enfermedad que, prácticamente, lo deja sin plaquetas, lo que provoca que tenga hematomas y sangrados. Muchos de ellos internos y repentinos.  

Cualquier golpe, por mínimo que sea, puede representar una crisis en su enfermedad. Luisa ha intentado, prácticamente, que Antoñito -como le dice de cariño- viva entre algodones. 

Nada puede lastimarlo. Nada puede tocarlo. Nada puede hacerle daño. Pero la vida, a raíz de ello, ha dolido. Su infancia no ha sido normal. 

En parte, esa niñez ha sido robada por un enemigo que no ve. Los juegos son mínimos. Sus amigos, escasos. La mayor parte de su círculo son las enfermeras que le atienden, y los médicos que le cuidan.  

Batalla económica

Una enfermedad no es solo la lucha emocional y física. También es la batalla económica que se libra. 

"Ninguna madre quiere dejar morir a su hijo. Sé que en España hay molestia por quienes venimos a hacer tratamientos de salud”, dice Luisa. Atrás de ella se escucha una risa de un niño. Ahora viven en Barcelona. 

Antoñito, junto a otra niña en Perú que fue diagnosticada con Púrpura Trombocitopénica.

Antoñito, junto a otra niña en Perú que fue diagnosticada con Púrpura Trombocitopénica. Cedida

Es que apenas está empezando a vivir. Él tiene ganas de salir adelante— susurra con una voz cortada. 

Su tono es suave. Intenta explicar lo mejor que puede su vida. A veces se escucha como si hablara de alguien más. 

Esa es la inercia del dolor: de contarlo tantas veces hay una anestesia en las palabras que la persigue. Pero en el fondo esas frases retumban con el miedo de alguien que puede perder algo importante. 

Allí, en Perú, le recomendaron un tratamiento médico. El problema: estaba fuera de su alcance económico. La seguridad social no lo cubría. 

Durante casi un año estuvieron pagando cerca de 1.000 euros cada 28 días. Sin embargo, nada mejoraba. Nada cambiaba. Entonces tenían que ir recurrentemente a la clínica.

Pidieron préstamos. Hicieron rifas. Vendieron comida. Además de los 1.000 euros, debían pagar alquiler, suministros, comida, transportes y Luisa estaba esperando a su segunda hija. 

En medio de ello, el hospital en Trujillo les dijo que las posibilidades médicas de ellos ya estaban fuera de su alcance y lo remitieron a Lima. 

Al llegar, otro médico los recibió e hizo los estudios pertinentes. 

Lamentablemente el tratamiento no le funcionó— dijo el especialista. 

Luisa sintió un golpe en el pecho. Cayeron en bancarrota por un medicamento que no servía. 

—El problema ahora es mayor. Ese medicamento hizo resistencia. Ahora su enfermedad es crónica— sentenció. 

Otro golpe más fue asestado en el pecho de Luisa. Esta vez más profundo. De cierta forma, le obligaban a habituarse a esa vida. 

—Hay varias opciones— dijo el médico. —La primera es hacer un tratamiento enfocado en el dolor. No en la enfermedad. Es decir, dejar que lo ataque y simplemente esperar—. 

Luisa no creía lo que escuchaba. Debía ser una pesadilla. No se arrepiente de lo económico. Una madre daría su vida por su hijo. Pero le dolía saber que su esfuerzo se tradujo en un peor diagnóstico.

Sin embargo, la vida no se mide por los esfuerzos que hacen las personas. La existencia es más cruel que eso. Los golpes que más duelen provienen de lugares inesperados.

El médico continuó con una decisión que les implicaba dejar todo atrás. 

La última opción es buscar otro país que esté avanzado en las investigaciones sobre esta enfermedad. Aquí, en Perú, no podemos hacer nada más— concluyó.

Esa idea empezó a retumbar con fuerza. Luisa y su esposo sabían que no era una opción resignarse y ver cómo una enfermedad deterioraba a su hijo.

Entonces volvieron al mismo plan: rifas, comidas y ventas de lo que se les ocurriera. Su meta estaba trazada: comprar los billetes para España. 

Cambio

Luisa, Antoñito, su esposo y su hija, recién nacida, llegaron a Barcelona el 21 de diciembre de 2025. 

La despedida en Perú fue el cumpleaños de su hijo, el 15 de diciembre. Migrar, en ocasiones, no es solo por cumplir un sueño. También es un método de defensa ante algo que se cree imposible. 

En muchas ocasiones también es la última opción. Son los últimos esfuerzos de alguien que está por ahogarse. Por eso, Luisa llegó a Barcelona con la mentalidad de que no puede perder nada más de lo que ya ha perdido. 

A los pocos días de llegar a Barcelona, cuando estaba iniciando el invierno, Antoñito tuvo una gripe tipo A. Eso lo llevó a una crisis de su enfermedad. Entonces tuvieron que acudir inmediatamente a un hospital. 

Antoñito siendo atendido en un hospital de Barcelona.

Antoñito siendo atendido en un hospital de Barcelona. Cedida

Ese primer gasto lo sobrellevaron con un seguro que compraron en Perú para viajeros. Después de eso, en enero, buscaron un arriendo. Necesitaban empadronarse para poder acceder a la sanidad pública.

Allí encontró un local comercial abandonado, en el cual la dueña les hizo un contrato y les permitió vivir en ese espacio. 

Una vez con el contrato, acudieron al Ayuntamiento y se empadronaron. Posteriormente sacaron la tarjeta sanitaria. 

Cataluña ha sido uno de los lugares predilectos de personas de Latinoamérica, como Luisa, que no cuentan con tratamientos en sus países para enfermedades y deben buscar una alternativa. Actualmente, el turismo sanitario en esa comunidad es del 28%. 

"Hemos podido acceder a la sanidad de forma gratuita por ello. Haría todo por mi hijo", dice Luisa. 

En Barcelona los médicos le han dado una esperanza. También le dijeron que era la mejor decisión que había podido tomar. 

Uno de los especialistas que está tratando a Antoñito le explicó que si se hubiese quedado en su país, la enfermedad se tornaría más agresiva con el paso del tiempo. 

—Es posible que, después de dejarlo sin plaquetas, empezara a atacar a los glóbulos blancos— le dijo. Por lo que, en un tiempo, empezaría a padecer de otras enfermedades. 

Ese era el peor panorama. En la voz de ese médico encontró finalmente la calma de lo que considera una buena decisión. 

Actualmente le están haciendo analíticas para saber los pasos a seguir. Inicialmente le tendrán que aplicar algunas vacunas y, posteriormente, iniciará un tratamiento específico para su enfermedad. 

"Los médicos en España están muy preparados. Acá no solo atienden una enfermedad, también la entienden. En Perú nos hace falta mucho, pese a que es mi país", asegura Luisa. 

En el hospital de Barcelona, Antoñito ha encontrado una esperanza de vida. Su avance lo ha llevado al punto de que pudo empezar a estudiar.

Los días ya no se remiten entre pinchazos para analíticas. Tampoco en pasillos fríos de un hospital.

Ahora su niñez está en los rayos del sol que no había disfrutado, en la brisa de Barcelona que le golpea y lo hace sentir vivo; y en el amor de Luisa, que nunca lo desampara.