Lola, la alumna más longeva de España con 92 años (imagen retocada con IA).

Lola, la alumna más longeva de España con 92 años (imagen retocada con IA). Cedida

Reportajes

Lola, la alumna más longeva de España a sus 92 años, ahora vuelve al colegio: "Hay que saber números si gano la lotería"

Lola ha retomado sus estudios en el CEPA de Las Palmas de Gran Canaria después de haber tenido que abandonarlos en 1942 por asuntos familiares.

Más información: Luisa y Genaro, la pareja más duradera de España, tienen 101 años y llevan 85 juntos: "Nunca se han faltado al respeto".

Publicada

Dolores Campos Brito –llamada con cariño Lola por quienes la conocen– nació el 2 de febrero de 1934 en El Risco de San Nicolás, un pequeño barrio pintoresco de Las Palmas de Gran Canaria.

Lola creció en una España marcada por la posguerra y la pobreza, en una casa donde su padre, militar y músico, tardó varios meses en inscribirla en la parroquia del barrio. Pareciese que incluso los registros de nacimiento fuesen un trámite en aquella época, y no fue hasta el 2 de septiembre que el nombre de Lola quedó grabado en el censo.

En 1942, a los seis años de edad, cuando apenas comenzó a tener cercanía con los estudios, tuvo que abandonarlos para emigrar a Argentina a cuidar a los hijos de su madrina. "Allí todos me querían mucho y se peleaban por estar conmigo", recuerda entre risas en conversación con EL ESPAÑOL.

La emigración de Lola se dio en un panorama enmarcado en la década de los 40 que obligó a miles de niñas como ella a dejar la escuela para trabajar, dedicarse al cuidado de otros e, incluso, en ocasiones no tan extremas, sobrevivir.

La iglesia como escuela

Esta mujer de Las Palmas tuvo su primer acercamiento a los libros en los salones de la iglesia de su barrio, de los que revive, sobre todo, las ganas por aprender: "Siempre me ha gustado estudiar". Sin embargo, en un escenario sumido en la posguerra, las ganas no bastaban.

En su historia, como en la de tantas otras, la escuela era un recuerdo lejano, un lujo que se quedó atrapado en los salones de aquella iglesia.

Décadas después, ya casada y con tres hijos, Lola decidió retomar aquello con lo que tanto disfrutó durante su breve infancia: los estudios.

Hace ya más de 15 años que la palmense comenzó una nueva vida en el CEPA Las Palmas. Lola empezó a ir al centro cuando su marido enfermó, convirtiendo las aulas en un refugio lejano a la enfermedad.

Esta mujer luchadora nunca se permitió derrumbarse: "Siempre tengo escondido el dolor", dice, y agrega: "Mis hijos nunca me han visto llorar".

Una fuente de esperanza

Los Centros de Educación de Personas Adultas (CEPA) ofrecen enseñanza pública y gratuita a mayores de 18 años que quieren, o bien terminar la Educación Secundaria o acceder a otros estudios, o bien alfabetizarse y aprender cultura general, como es el caso de Lola.

En barrios como el de Lola, estos centros son aulas a pie de calle, pequeñas islas donde la educación se parece menos a una institución y más a una segunda oportunidad. Y son cada vez más quienes cruzan su puerta cada año con esperanza.

"Muchas mujeres de los barrios no quieren acceder a la secundaria porque eso les hace mudarse del barrio, por eso nosotros intentamos darles una educación a pie de calle, y que puedan seguir estudiando", explica José Tacorente, director del CEPA Las Palmas, a este diario.

Lola junto a otras dos mujeres que, como ella, han retomado sus estudios en el CEPA Las Palmas.

Lola junto a otras dos mujeres que, como ella, han retomado sus estudios en el CEPA Las Palmas. Cedida

Este es el caso de Lola, que lleva más de 15 años acudiendo al centro los lunes y los jueves por la tarde. Allí no sólo aprende, sino que se ha convertido en la alumna más longeva de España, con 92 años, y en el alma de muchas de las actividades que se organizan.

Fue pregonera de honor del 40 aniversario del CEPA y en el centro repiten que, si no fuera por ella, no habría tantas actividades y tanto movimiento, porque su entusiasmo arrastra al resto de compañeras, que rara vez faltan a clase. "Nunca faltamos ninguna y nos llevamos todas todas muy bien", cuenta la nonagenaria con alegría.

Ganas de aprender

A sus 92 años, Lola estudia matemáticas porque, dice: "Si me toca la lotería necesito saber números". Lo dice entre risas, con un sincero agradecimiento a los profesores que le acompañan cada día: "Tenemos grandes profesores", se sincera.

Los lunes, miércoles y viernes, una chica le lleva la comida a casa. Uno de sus hijos, Manuel Carlos, vive con ella. "Se dice que cuando se tiene un hijo se tiene un tesoro, pero los míos son ángeles", expresa con sencillez como quien está acostumbrado a decirlo cada día.

Al enfermar su marido, su familia le sugirió entrar a una residencia. Pero Lola se negó, no quería que su vida cambiase tan radicalmente ni perder su energía. Ansiaba seguir entrando a las aulas, seguir aprendiendo. "Estoy muy agradecida de estar aquí. Soy muy feliz", resume dejando ver una felicidad sincera.

Cuando habla de la muerte, se quiebra. "Los seres que son buenas personas no deberían morirse nunca", dice, y durante un momento reina la nostalgia. Sin embargo, en el CEPA encuentra un lugar de divertimento: "Lo pasamos muy bien".

En el carnaval del centro, Lola se puso su sombrero hecho a mano para el desfile y comió tortillas de carnaval, sus favoritas.

Lola con su sombrero de carnaval.

Lola con su sombrero de carnaval. Cedida

Allí, la niña que tuvo que dejar los salones de la iglesia en 1942 comparte la esperanza con otras mujeres que, como ella, se vieron obligadas a abandonar sus estudios.

No hay diploma ni ceremonia. Es la imagen de una mujer mayor, inclinada sobre un cuaderno, escribiendo la historia de quien, a sus 92 años, disfruta cada día de aprender.