Ilustración realizada con IA de Donald Trump jugando al Risk en el Despacho Oval.

Ilustración realizada con IA de Donald Trump jugando al Risk en el Despacho Oval. Ilustración: Lina Smith | Recursos: Midjourney, Reuters

Reportajes

La partida de Risk de Trump en el Atlántico, de Groenlandia al Gran Marruecos: la amenaza que se cierne sobre Canarias

Las reivindicaciones de Estados Unidos sobre la isla del Ártico, Venezuela o el Canal de Panamá invitan a pensar en un nuevo mundo en el que las potencias resuelvan sus disputas territoriales usando la fuerza bruta y no la diplomacia.

Más información: Trump desaira a sus aliados al decir que las tropas de la OTAN estuvieron "un poco alejadas del frente" en Afganistán.

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En 1988, Grecia y Turquía mandaron sendas delegaciones al Foro Económico de Davos en busca de un acuerdo al conflicto diplomático que llevaba un año amenazando con convertirse en una guerra abierta entre ambos países.

El objeto de disputa eran las islas del Mar Egeo, en su inmensa mayoría pertenecientes a Grecia, pero ansiadas por Turquía, especialmente desde que, durante la crisis de 1973, se descubrieran yacimientos de petróleo por explotar. 

La disputa no era nueva ni acabó ahí. En gran parte, junto a la lucha por la soberanía de Chipre, isla dividida en un área de influencia turca y otra griega, los rifirrafes en el Egeo fueron la causa de que Turquía se quedara fuera de la Unión Europea cuando solicitó su inclusión en los años 90.

Lanzamiento de prueba del misil hipersónico turco Tayfun Block 4.

Lanzamiento de prueba del misil hipersónico turco Tayfun Block 4. Roketsan

Hoy en día, la cuestión sigue abierta, a pesar de los continuos intentos de mediación y los distintos acuerdos posteriores, siempre con la poderosa amenaza militar turca de fondo.

Es inevitable comparar, de alguna manera, aquella refriega y su posterior solución temporal con lo que ha sucedido este año, casi cuatro décadas después, entre Estados Unidos y la Unión Europea respecto a Groenlandia.

De nuevo, tenemos una isla con una localización geográfica ambigua sobre la que dos países reclaman su soberanía. De nuevo, tenemos una negociación en Suiza y un acuerdo que tampoco parece que vaya a acabar del todo con el problema de raíz.

El empeño con el que Trump defendió la necesidad imperiosa de hacerse con Groenlandia tanto en Davos como en declaraciones públicas anteriores no parece fácil de matizar.

Lo ha intentado Mark Rutte, el secretario general de la OTAN, con una propuesta de la que se desconocen los detalles, pero que no ha contado con la consulta ni a Dinamarca ni a las propias autoridades groenlandesas.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte.

Aunque el presidente estadounidense negó que fuera a utilizar la fuerza, lo cierto es que la agresividad con la que se insinuó lo contrario durante meses parece abrir un nuevo capítulo en la solución de problemas geopolíticos dentro de la esfera internacional.

Svalbard y el Ártico

Hasta ahora, mal que bien, la ONU ha ido aplacando estas tensiones en distintas partes del mundo. Hay muchísimos territorios, en especial islas, de propiedad disputada y que juegan un papel importante en la seguridad nacional de las grandes potencias.

Por supuesto, uno puede pensar en China y la isla de Formosa (Taiwán), cuya anexión militar puede ser cuestión de meses, pero la relevancia que Trump ha dado al dominio del Ártico hace inevitable que recordemos el contencioso que mantienen Rusia y Noruega por las islas Svalbard.

Hablamos de un archipiélago con un enorme valor estratégico, situado justo entre ambos países, en el Mar de Barents, con un acceso envidiable a las rutas comerciales (y potencialmente militares) del Océano Ártico.

Las Svalbard pertenecen al reino de Noruega desde 1925, aunque siempre bajo dos condiciones: la desmilitarización de la zona… y el permiso para que todos los países puedan atravesar sus aguas territoriales con fines comerciales.

Ahí es donde entra Rusia. Empeñado en llevarlo todo al extremo, Vladimir Putin lleva años probando la paciencia de Noruega y, por extensión, de la OTAN.

Donde antes había solo pesqueros y buques mercantes, cada vez se cuelan con mayor asiduidad buques de guerra con intenciones desconocidas.

Una manera como otra cualquiera de marcar territorio. En el subsuelo de Svalbard, dentro de un búnker a prueba de bombas nucleares, hay un almacén de semillas de hasta seis mil plantas distintas.

Bóveda de semillas en Svalbard

Bóveda de semillas en Svalbard iStock

En otras palabras, Svalbard podría ser el comienzo de una nueva civilización tras un apocalipsis atómico.

No deja de ser irónico que, a escasos kilómetros de las islas, en la península de Kola, descansen hasta veintitrés submarinos nucleares rusos.

Si a Trump le preocupaba que estos submarinos maniobrasen a su antojo alrededor de Groenlandia, la situación en Svalbard es aún peor y muchos expertos apuntan que, en caso de un ataque ruso sobre Estados Unidos, probablemente los primeros misiles partirían de estos submarinos en el Mar de Barents.

Rusia eleva el tono

Las demandas de Rusia sobre el archipiélago de Svalbard pasaron al ámbito público en enero del año pasado, cuando el líder del partido ultranacionalista 'Una Rusia Justa', Sergei Mironov, exigió que las islas se pasaran a llamar Pomoras, por los aborígenes eslavos que vivían en las islas y comerciaban hace siglos con los noruegos.

Era uno de los muchos cambios de nomenclatura que proponía Mironov, al hilo del discurso de investidura de Trump, en el que afirmaba que el Golfo de México iba a pasar a llamarse Golfo de América.

Fue en ese discurso de aceptación del cargo cuando salió por primera vez de forma oficial la cuestión de la propiedad de Groenlandia.

Soldados daneses en el puerto de Nuuk, Groenlandia.

Soldados daneses en el puerto de Nuuk, Groenlandia. Reuters

En Rusia, tomaron nota, y, así, uno de los miembros del Comité de Defensa del parlamento, Andrei Gurulev, propuso en la Duma la anexión por la fuerza de Svalbard.

Gurulev es uno de los halcones de 'Rusia Unida', el partido de Vladimir Putin, y es difícil saber si hablaba en nombre de su líder… o si más bien estaba intentando hacer méritos dentro de ese escalafón difuso que es el entorno del autócrata.

Sea como fuere, Noruega no se tomó las declaraciones a la ligera.

Ahora mismo, Rusia está embarcada en una larguísima guerra de cuatro años en su frente occidental, pero en Oslo temen que, una vez acabada la invasión de Ucrania e independientemente de su éxito o fracaso, el Kremlin ponga sus miras en Svalbard y utilice el mismo pretexto de Trump -la seguridad nacional- para invadir el archipiélago, que no está protegido por el Artículo V de defensa mutua de la OTAN.

El Gran Marruecos

Hablando de disputas territoriales, tampoco están protegidas las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, lo que siempre las ha convertido en objeto de deseo para Marruecos.

Sí lo están, en cambio, las Islas Canarias, lo que hace más difícil que en el futuro Mohamed VI o alguno de sus sucesores intente su anexión con el pretexto de la proximidad geográfica y la necesidad estratégica.

El problema con el que nos encontramos aquí es que no sabemos cuánto tiempo va a aguantar la Alianza Atlántica en pie ni qué entidad militar podría sustituirla.

Lo que sí sabemos es que Marruecos considera a las Canarias como parte de su área de influencia y habla de ellas como una especie de residuo colonial, ignorando por completo la historia del archipiélago, que nunca fue habitada por los bereberes ni por ninguna tribu del norte de África.

Mohamed VI no recibirá finalmente a Sánchez, indignado por la posición de Podemos con el Sáhara

Mohamed VI no recibirá finalmente a Sánchez, indignado por la posición de Podemos con el Sáhara

Igual que el imperialismo ruso sueña con la Novorossiya, ese territorio mítico que incluye la parte ucraniana al oeste del río Dniéper, desde Járkov hasta Odesa, el ultranacionalismo marroquí habla del Gran Marruecos, que incluye todo el Sahara Occidental, toda Mauritania, partes de Argelia y de Mali, así como, en las versiones más expansionistas, las citadas islas Canarias.

En el contexto de los últimos cuarenta años -desde, pongamos, la entrada de España en la OTAN- estas aspiraciones no pasarían de delirios sin visos algunos de realidad.

De hecho, antes incluso, cuando el líder independentista canario, Antonio Cubillo, organizó en 1964 el Movimiento por la Independencia y la Autodeterminación del Pueblo Canario (MIAPC) y apeló a la lucha armada con la formación de las Fuerzas Armadas Guanches (FAG).

Pero se encontró con el rechazo de Hassan II y el reino de Marruecos, sabedores de que aquello no iba a ningún lado y con un cierto prurito por llevarle la contraria a Argel.

El juego de la inmigración

Dicho esto, si el contexto geopolítico, como parece, cambia, también pueden cambiar las aspiraciones marroquíes sobre las islas.

Obviamente, son un caramelo muy apetitoso: un destino turístico de primera entidad con una localización envidiable en pleno Océano Atlántico y una riqueza muy superior a la del propio Reino de Marruecos.

Aunque no hay declaraciones públicas, al estilo Gurulev, que pidan una anexión inmediata, es obvio que Rabat lleva tiempo jugando con España al ratón y al gato.

En unos tiempos en los que las guerras no se libran solamente con armas, sino también con estrategias migratorias, Marruecos ha utilizado a Canarias, a Ceuta y a Melilla para expresar su satisfacción o su descontento con las políticas españolas.

Cuando hay algo que no gusta en Rabat, sorprendentemente empiezan a llegar cayucos de forma masiva a El Hierro o a Fuerteventura.

Cuando existe sintonía con Madrid, esos mismos cayucos son interceptados por las fuerzas marroquíes a su salida de Mauritania o de Senegal.

Pensar en una anexión militar de Canarias se hace complicado. No estamos hablando de una Marcha Verde al estilo de 1975, sino que tendría que ser algo más complejo y que contara con el permiso de Estados Unidos y Francia.

El peligro radica, como decíamos, en la caída del derecho internacional y la implantación de la fuerza bruta.

Ahora mismo, Marruecos es un socio de primera entidad para la Casa Blanca.

Se sumaron a los Acuerdos de Abraham de 2020, ayudaron en las negociaciones del alto el fuego en Gaza y Mohamed VI ha sido invitado a formar parte de la llamada Junta de Paz que lidera Trump y que pretende sustituir a la ONU.

Trump, descontento con España

Todo lo contrario sucede con España y, en particular, con el gobierno de Pedro Sánchez. "No sé qué están haciendo, juegan por su cuenta", dijo esta misma semana el presidente estadounidense acerca de nuestro país.

La tensión entre ambas administraciones es palpable y, si bien podría rebajarse con un cambio de gobierno en Washington, lo cierto es que no está tan claro ni que MAGA vaya a soltar el poder fácilmente, ni que un gobierno demócrata vaya a cambiar sus prioridades.

No hay que olvidar que fueron las presiones del Secretario de Estado de Joe Biden, Antony Blinken, las que provocaron que España diera un giro de 180 grados en su política respecto al Sahara Occidental, al reconocer en marzo de 2022 que el plan de Marruecos sobre el territorio autónomo era "el más creíble y realista".

Pedro Sánchez, recibido por Mohamed VI en Rabat, en 2024.

Pedro Sánchez, recibido por Mohamed VI en Rabat, en 2024. Borja Puig de la Bellacasa EFE

Toda una puñalada para los saharauis que España se comprometió a defender cuando los dejó a su suerte en febrero de 1976.

La misma lógica que permite a Estados Unidos anhelar Groenlandia, a China hostigar a Taiwán o a Rusia aspirar a los recursos minerales y estratégicos de Svalbard, podría servir a Marruecos para lanzar una ofensiva diplomática sobre las Canarias, con importantes respaldos internacionales.

Una vez ahí, lo dicho, imperaría la ley del más fuerte… y si Estados Unidos tomara partido, ya sabemos quién ganaría. Son las consecuencias de ponerse a jugar al RISK con el mundo, que cualquiera puede juntar un cañón, un soldado y un caballo y liarte la partida.

Afortunadamente, aún no estamos en ese escenario. Este viernes, sin ir más lejos, el presidente canario, Fernando Clavijo, viajó a Agadir para firmar un acuerdo con Marruecos de colaboración empresarial y educativa.

El miércoles, el propio Mohamed VI enviaba una misiva de condolencia al rey Felipe VI por las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz.

Ambos países, junto a Portugal, organizarán el Mundial de fútbol de 2030. La calma es tensa… pero es calma. Las relaciones parecen inmejorables.

Ahora bien, todo eso forma parte del viejo mundo. Lo que pueda pasar en el nuevo, con el regreso de la hegemonía de las grandes potencias, es imposible de saber. Los riesgos, desgraciadamente, son evidentes.