El Doctor Pirata mientras ejercía en Chipiona. A la derecha, su tumba en Madrid.

El Doctor Pirata mientras ejercía en Chipiona. A la derecha, su tumba en Madrid.

Reportajes

Tras la pista del 'doctor Pirata': el médico nazi que acabó de contrabandista en Chipiona

Luis Gurruchaga tenía ocho identidades diferentes y un oscuro pasado metiendo judíos en trenes durante el Holocausto. 

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Cuando termina una guerra, por norma general, los ganadores se reparten el botín del enemigo derrotado. La Segunda Guerra Mundial y los brillantes científicos nazis no fueron una excepción. Los principales actores de esa peculiar subasta de talento nazi fueron los grandes ganadores: Estados Unidos y la Unión Soviética. En la llamada Operación Paperclip, la CIA llevó a cerca de 700 científicos nazis con sus familias hasta territorio norteamericano. Vuelta al trabajo, pero al servicio de las barras y estrellas (u hoces y martillos).

España no era ganadora de nada, ni mucho menos una potencia en aquellos años, pero los nazis encontraron en nuestro país una vía de escape muy cómoda: una dictadura afín, aislamiento internacional y un país ávido de mano de obra cualificada. No hizo falta el famoso eslogan Spain is different para atraer a los nazis huidizos: en 1944 había cerca de 20.000 en España, según las cifras que maneja el periodista y escritor Wayne Jamison, autor de Esvásticas en el sur. Entre ellos había un personaje muy peculiar que se hacía llamar Luis Gurruchaga, más conocido como el doctor Pirata.

Luis Gurruchaga llegó a Chipiona (Cádiz) en 1945, año de la victoria aliada, en calidad de médico y proveniente del País Vasco. Era doctor, pero no era Gurruchaga. Ese nombre era solo una de sus identidades falsas. Wayne Jamison, que ha dedicado tres años a investigar al doctor Pirata, le ha descubierto hasta ocho nombres diferentes. Pero claro, cuando uno ha sido oficial de las SS nazis y ha trabajado en campos de concentración, todas las identidades son pocas para enmascarar ese terrible pasado.

Retrato del Doctor Pirata.

Retrato del Doctor Pirata.

Trenes y gas

Luis Gurruchaga se llamaba también Friedrich-Ludwig Von Freinfels y durante el III Reich ejerció como doctor a las órdenes de las temidas Schutzstaffel, las SS. Según confesó años más tarde a unos pocos, se dedicaba a meter a judíos en trenes de camino a los campos de concentración.

En al menos una ocasión llegó a gasear un tren lleno de judíos antes de que llegaran a los campos, para ahorrarles el sufrimiento antes del exterminio, se excusaba. Él prefería experimentar con los prisioneros rusos, según contó Liana Romero en el Diario de Cádiz. Esta escritora conoció personalmente al doctor, pero no adelantemos acontecimientos.

Acabada la guerra, cuando llegó a Chipiona, tenía ya asignado un puesto privilegiado: director del Sanatorio de Santa Clara. “Uno no accede a ese puesto sin ayuda...”, explica Jamison a EL ESPAÑOL, dando a entender que miembros importantes de la administración franquista movieron hilos para colocar al doctor Pirata.

Una vez en la localidad gaditana, el médico se ganó a todo el pueblo. “Este hombre tenía acceso a penicilina, por lo que curaba mejor que nadie”, cuenta Jamison. “Pronto se hizo popular entre los lugareños por su enorme carisma y profesionalidad. Atlético de complexión y fácil sonrisa, emanaba confianza y cordialidad”, escribía Romero en el Diario de Cádiz.

Esta periodista y escritora llegó a conocerle personalmente siendo una niña porque es hija de Larissa Swirski, más conocida como la Reina de Corazones. Esta rusa fue espía al servicio de los nazis, pero convertida en agente doble de los británicos cuando comprendió las atrocidades que cometía su Reich. La Reina de Corazones se movía entre España, Gibraltar y el norte de África usando a su propia hija de escondite para su cámara de fotos.

Como curiosidad, esta agente doble fue la principal inspiración de Ian Fleming para crear el personaje de Vesper Lind, el primer amor de James Bond, interpretada por Eva Green en la película Casino Royale.

Fred nunca apareció

La figura del doctor Pirata ha subido recientemente a la palestra mediática por un episodio ocurrido en Chipiona en 1948. Un matrimonio sueco instalado en Tánger conoció a Gurruchaga ese año. La familia Lundberg vio en el carismático doctor la solución a la hernia inguinal de su hijo Fred, un bebé con la salud frágil. El doctor Pirata se llevó a Fred consigo hasta Chipiona y su familia nunca supo nada más de el pequeño.

Tras dar largas durante meses a la familia sueca, el médico nazi finalmente les dijo que el niño murió de una insolación meses atrás y estaba enterrado en un nicho de Chipiona. ¿Otro caso de niño robado en España? Liana Romero cree firmemente que el cuerpo que se enterró no era Fred y que este puede seguir vivo. La madre del pequeño, Irmgard Lundberg, vive a sus 94 años y no da por perdida la esperanza de encontrar al hijo que le robaron. Ha abierto una cuenta de Twitter llamada @BuscandoFred.

Irmgard Lundberg y su bebé presuntamente robado en 1948.

Irmgard Lundberg y su bebé presuntamente robado en 1948.

Pese a este episodio y su terrible pasado el doctor Pirata también supo mostrar bondad. El 18 de agosto de 1947, un año antes del episodio de Fred, explotó en Cádiz un polvorín de la Armada. Este accidente se pudo ver desde Ceuta y sentir en media Andalucía. Murieron 150 personas y unas 2.000 resultaron heridas. En cuanto saltó la noticia, el doctor Gurruchaga cargó su maletín al coche y se fue directo a Cádiz a ayudar a los afectados. Durante tres días seguidos estuvo salvando vidas.

Un barco a Tánger

¿Por qué llamaron a Gurruchaga el doctor Pirata? Pues es sencillo, porque lo era. El médico adquirió un pequeño yate de recreo (entre 10 y 12 metros de eslora) en sus años en Chipiona. La embarcación contaba con un compartimento en la quilla al que se accedía por una trampilla, convenientemente tapada con una alfombra. Tenía espacio suficiente para una persona y algo de carga.

En sus noches libres el doctor Gurruchaga se embarcaba rumbo al puerto de Tánger (Marruecos) para abastecerse de tabaco y radios que luego vendía en España. El contrabando se convirtió en la segunda profesión del doctor. Durante el día, un médico querido por todos, que curaba milagrosamente con penicilina a desahuciados y desamparados sin pedir nada a cambio. Durante algunas noches, contrabandista profesional.

El doctor Pirata se dio cuenta pronto de que había una forma más sencilla de enriquecerse sin tener que navegar hasta Tánger. En vez de ir, cargar, volver y descargar, se limitó a esperar. Se apostaba en la desembocadura del Guadalquivir para acechar a los contrabandistas que venían cargados de mercancías. Con ayuda de algunos marineros, les asaltaba y se llevaba su carga. Esto le funcionó hasta que le cazó la Guardia Civil. Tocaba volver a huir.

Ruta de las ratas

Tras la caída del III Reich, se formaron organizaciones secretas para sacar a los mandos nazis de Alemania y ocultarlos en otros lugares del mundo. Frederick Forsyth describió una de estas sectas en su novela de 1972, la famosa ODESSA. No está del todo claro si existió esta organización con ese nombre concreto lo toma de un importante puerto ucraniano en el Mar Negro, por cierto pero sí existieron redes muy similares.

Estas organizaciones definieron lo que los aliados llamaron “las rutas de las ratas”, es decir, las vías de escape de los seguidores de Hitler. La que pasaba por España se la llamó la Ruta de las Arañas. Sus ejes principales eran San Sebastián, Bilbao, Madrid, Tánger y Buenos Aires.

Argentina fue un destino recurrente para los nazis fugados, ya que el régimen de Juan Domingo Perón era también simpatizante del nacionalsocialismo. Sin embargo, era (y es) también el país con más población judía de Latinoamérica.

El Mossad, la recién creada inteligencia israelí, se movía fácilmente en Argentina. Una prueba es la captura en 1960 del teniente coronel de las SS Adolf Eichmann, que vivía en Buenos Aires bajo el nombre de Ricardo Klemens. Eichmann fue llevado a Israel y condenado a muerte tras un juicio bastante sumario en el que Israel dio un golpe sobre la mesa de la política internacional, una suerte de aquí estoy yo y no pienso tragar más quina, como bien explicó Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén: un estudio de la banalidad del mal.

El doctor Pirata también huyó a Buenos Aires tras su detención por contrabando, aunque tuvo más suerte que Eichmann. Parece que también usó su nombre vasco para ejercer la medicina en Argentina, pero allí se le perdió la pista durante casi 10 años. Hasta que, ya en los 60, apareció en Madrid.

De vuelta a España, el doctor Pirata volvió a usar su nombre alemán Friedrich-Ludwig Von Freinfels. Durante mucho tiempo se ha pensado que ese era su nombre de nacimiento, pero Jamison confiesa a este diario que ese es otro alias: “Tampoco es su nombre real”. El auténtico probablemente solo lo sepa el autor de Esvásticas en el sur, que pronto publicará el fruto de tres años de investigación sobre este personaje. El libro se llamará, simple y llanamente, Doctor Pirata.

En Madrid, se casó con Carmen Fernández Quesada, una mujer muy religiosa y bien situada en el barrio de Salamanca. El matrimonio se instaló en un lujoso piso en el número 29 de la calle Castelló. Durante años, el doctor Pirata ejerció su profesión para la alta sociedad madrileña. Hasta que Israel dio con él.

Paliza y ¿muerte? 

Tal y como relata Romero, la escritora hija de espía, el médico recibió en una ocasión un paquete sospechoso. En su astucia, no lo abrió y avisó a la Policía. Efectivamente, era una bomba. La segunda intentona fue mucho más efectiva. Se presentó una noche en su casa un chófer que decía trabajar para uno de sus clientes. El doctor Pirata mordió el anzuelo y se subió al coche para cumplir con su paciente. Para cuando quiso darse cuenta del engaño era tarde. Estaba atrapado en la parte trasera del coche, con un grueso cristal separándole del conductor.

El vehículo le sacó de Madrid rápidamente. Cuando paró, cuatro hombres le propinaron una brutal paliza al médico nazi, hasta el punto de darle por muerto. Sin embargo, sobrevivió, aunque nunca más volvería a usar sus genitales, como le confesó a Romero. La escritora cree que esta paliza fue obra de mercenarios, por ese modus operandi tan alejado de la inteligencia israelí.  

Lo siguiente que se supo del doctor Pirata fue su muerte. Una esquela en el diario Abc anunció la muerte de su alias Friedrich-Ludwig Von Freinfels el 3 de noviembre de 1971. Recordemos, no es su nombre real. ¿Murió realmente o volvió a huir? Ninguna de las dos hipótesis es descabellada. “Si mueres usando una identidad falsa, con esa te van a enterrar”, deduce Jamison.

Esquela del Doctor Pirata.

Esquela del Doctor Pirata.

La tumba de Friedrich-Ludwig Von Freinfels está en el Cementerio Sacramental de Santa María, en Madrid. Está en un nicho, una lápida de pared, con una cariñosa dedicatoria de su mujer, Carmen, que descansa desde 2009 en una tumba cercana compartida con sus hermanos.

Pero es que Carmen no fue su única mujer. Justo debajo de la tumba del doctor Pirata está la de Victoria Martínez de Freinfels, su anterior esposa. ¿Sería con esta con la que tuvo hijos? Es muy posible. En cualquier caso, Jamison lo ha confirmado: el médico nazi tuvo hijos. La descendencia del doctor Pirata vive. ¿Y él? Si viviera ahora, tendría 100 años, porque nació en marzo de 1919, y no en 1914, como figura en su lápida.

La tumba del Doctor Pirata y de una de sus mujeres.

La tumba del Doctor Pirata y de una de sus mujeres. J.S.