Infiltrarse en ETA, convertirse en un hombre de confianza de los asesinos y recabar la información más valiosa sobre una bestia descomunal, con dentelladas feroces. José Antonio Anido Martínez, con el verde de la Guardia Civil corriendo por sus venas, asumió aquella misión de tintes suicidas. Corrían los primeros años de los 90 y este guión -que podría desbordar cualquier argumento de una película de ciencia ficción- supuso una de las claves de la lucha antiterrorista de este país.

Es la primera vez que José Antonio Anido cuenta su experiencia de infiltración con tanto detalle: desde los brindis que se le atragantaron para celebrar cada atentado de la banda hasta el miedo que le infundía dormir bajo el mismo techo que los pistoleros.

No olvidemos que su historia se remonta a los años de plomo, con la resaca de los atentados contra la casa cuartel de Zaragoza -once asesinados; cinco de ellos, niños- o el de Hipercor en Barcelona -21 víctimas mortales- todavía demasiado recientes.

El atentado de Hipercor de Barcelona se cobró la vida de 21 personas.

El atentado de Hipercor de Barcelona se cobró la vida de 21 personas. EFE

ETA era casi impronunciable. Tal era el terror que infundía.

Pero José Antonio Anido no dudó:

"Aunque soy español había vivido en Estrasburgo (Francia) toda mi vida. Vine a España poco antes de ingresar en la Academia de la Guardia Civil de Baeza; hablaba español mal y con fuerte acento francés. Miembros de la Unidad de Servicios Especiales (USE) me hicieron una entrevista en la misma academia y me ficharon [...] Me dijeron que me prepararían para infiltrarme en ETA, que sería largo, difícil; acepté el reto porque me atraía la aventura y quería ser útil para luchar contra el terrorismo. No tenía miedo en ese momento".

El adiestramiento de Anido no fue sencillo. Ocurrió entre noviembre de 1990 y mayo de 1991, explica en el libro Historia de un desafío. El agente se refiere a su propósito como la infiltración "en una banda terrorista de las más paranoicas". Y, para ello, tuvo que enfrentarse a duras pruebas. Una de las condiciones principales en su formación era que no revelase jamás su identidad. Por eso sufrió cuando otros miembros del Cuerpo le detuvieron pensando que era un colaborador de ETA. Hasta tal punto había adquirido las destrezas de camuflaje.

En esas, José Antonio Anido dejó de existir. Nacía Joseph, simpatizante de los terroristas. "En mayo de 1991 mis jefes consideraron que ya estaba preparado y me marché al sur de Francia con una nueva identidad".

"Empecé introduciéndome en los ambientes relacionados con Iparretarrak (IK), donde yo era un insumiso y un borroka más; fumaba porros, escuchaba reggae..., lo que exigiera mi cobertura, la que habíamos preparado minuciosamente durante meses y que se había convertido en mi nueva vida".

Esa nueva vida arrancó con la inscripción en un curso de euskera en Bayona, donde contactó con gente del entorno de ETA. Joseph comenzó a ejercer como tesorero de la escuela y ayudante en la cocina.

El primer contacto con ETA

De pronto llegó el primer contacto. "Poco a poco fui ganándome la confianza de los que me rodeaban, hasta que en 1994 recibí una nota con una cita para recoger a una persona. Para evitarme sustos y nervios nunca me decían qué hacían los equipos operativos con la información que yo iba facilitando; era la mejor manera de que yo siguiera teniendo la misma actitud de siempre".

Zorion Zamakola Ibaibarriaga. Delante de Joseph se presentaba un hombre de ojos saltones, pelo graso y castaño que se decía tesorero de ETA. Aquel era el primer contacto del guardia civil con la banda terrorista: "Me preguntó si podía alojarse en mi casa. Accedí, aunque procuré mostrarme receloso, tal y como me habían aleccionado". 

Participé en alguna celebración festiva tras un atentado sangriento de guardias civiles; eso era motivo de fiesta para ellos

José Antonio Anido, Joseph, recuerda los movimientos que se gestaban en la escuela con la que colaboraba: intercambio de notas entre personas vinculadas con ETA, información relevante que podría ser de interés para los servicios de información de la Guardia Civil. Los colaboradores de los terroristas tenían claro el procedimiento. Tras su entrega, rompían los papeles y los tiraban a la basura.

"Cuando esto ocurría, esperaba a la hora del cierre y buscaba en la basura para localizarlas y recuperarlas; en una ocasión casi me descubren, ya que tuve que esperar al cierre con la excusa de que tenía que dejar todo limpio para el día siguiente, y alguien entró para recoger algo que se le olvidó. Yo estaba con un montón de trozos de papel, que pude esconder en medio segundo".

Pese a los contratiempos, Joseph ya era uno más en aquel entorno proetarra. Había conseguido ser uno más a base de constancia, a base de tragarse sus propios sentimientos. Qué duro se le hacía estar presente de las fiestas que montaba su entorno cada vez que ETA asesinaba a los guardias civiles: "Comían marisco, bebían y consumían drogas; yo, metido en mi papel, lo celebraba con ellos".

Un etarra en casa

Zorion Zamakola.

Zorion Zamakola.

Volvamos a Zorion, aquel tesorero de ojos saltones que contactó con Joseph por primera vez: "Pasó en mi casa de Bayona dos meses; era receloso y suspicaz. Dormía de día y no hacía ningún ruido para que los vecinos no notasen que alguien se ocultaba en mi casa cuando yo trabajaba, ni siquiera utilizaba la cisterna del váter".

Aquella convivencia se convirtió en un infierno. Joseph hacía las veces de encubridor, colaborador, chófer y compañero de fatigas del terrorista, un hombre que "bien vestido, llevaba pistola y tenía inhibidores de frecuencia". Un individuo, en definitiva, "peligroso".

Convivir con aquel avezado terrorista fue un infierno. Joseph controlaba cada movimiento, pero su subconsciente era un peligro que no debía pasar por alto: Llegué a tener miedo de soñar en voz alta y ser descubierto por él; esa era mi gran obsesión, hablar en sueños". 

Aquellos sufrimientos, no obstante, obtenían sus frutos. El guardia civil infiltrado recogía la basura del etarra -entre la que se encontraban sus documentos y cartas triturados- y la colocaba en la misma bolsa. Así arrancaba un juego que fue especialmente útil para el Instituto Armado.

Llegué a tener miedo de soñar en voz alta y ser descubierto por él; esa era mi gran obsesión, hablar en sueños

"[Zorion] siempre rompía en pedazos las cartas que recibía o documentos escritos por él, los metía en una bolsa de plástico y me lo entregaba para que lo tirase a la basura justo antes de que pasase el camión de recogida. Procuré que todas las bolsas de basura que había en casa fuesen iguales, del mismo comercio. Ocultaba una en un recoveco que me prepararon en la escalera de bajada y le daba el cambiazo cuando me pedía que la tirase; algún otro compañero de apoyo sería el encargado de recuperarla durante la noche y de dejarme otra para el día siguiente. De este modo obtuvimos mucha información sobre sus actividades".

Aquellas semanas se grabaron a fuego en la memoria del agente infiltrado. "Pasé miedo con este individuo. Mucho miedo".

Mano derecha de Mikel Antza

"A los dos meses [Zorion] me dijo que ya no me iba a necesitar más, pasaría al servicio del jefe del aparato político de ETA, Mikel Albisu Iriarte, Mikel Antza; era un ascenso por mi valía personal y por lo eficaz que era consiguiendo todo lo que me pedían".

Mikel Antza, en una foto de la época y otra actual, era considerado el cerebro de ETA.

Mikel Antza, en una foto de la época y otra actual, era considerado el cerebro de ETA.

De aquel jefe de ETA, Joseph recuerda a una figura diametralmente opuesta a Zorion. "Un hombre culto y con estudios universitarios, pero que ordenaba asesinatos y presumía de ello delante de mí", es como describe el agente infiltrado a Mikel Antza.

En estas, Joseph aguzaba su disimulo, haciéndose pasar por un partidario de "la lucha armada sin límites": "Me dediqué a trasladarle con mi coche de la misma manera que hacía con Zorion, y hacer los recados que me mandaba, llevar notas y dar consignas a gente. La calidad de la información que obtenía el Servicio era ahora mucho mayor. Era lo máximo a lo que podíamos aspirar".

Descubierto por ETA

Joseph ya no era uno más. Era la mano derecha de Mikel Antza. Era un miembro respetado -casi temido- dentro de ETA. Era un adalid de la lucha armada. Todos confiaban en él.

Todo ello, en el tiempo que dura un suspiro, se vino abajo. Los terroristas descubrieron su verdadera condición de guardia civil.

"Un día, como hacía semanalmente, llamé a mi familia, que seguía residiendo en Estrasburgo y que no sabía nada de mis actividades profesionales. Mi padre me contó que hacía una semana había estado en casa un amigo mío que pasaba por allí y había subido a verles; que estuvo un rato en la casa y de repente se puso muy nervioso y dijo que se tenía que marchar. Cuando me dio su descripción se me heló la sangre. Era Zorion Zamakola".

La foto de mi jura de bandera fue lo que motivó que se marchara corriendo

¿Qué había ocurrido en esa vivienda? Los padres de Joseph [mejor dicho, José Antonio Anido] tenían en la cómoda del salón la foto de la jura de bandera de su hijo. "Me habían descubierto".

Aquello rompió todos los esquemas del agente infiltrado: "Nunca sabré por qué Zorion fue a ver a mi familia, tal vez para buscar otra fuente de apoyo a la banda terrorista (otra casa donde cobijarse en caso de apuros) o tal vez porque desconfiaba de mí. Lo que sí tengo seguro es que la visión de la foto de mi jura de bandera fue lo que motivó que se marchara corriendo, seguramente para avisar a Antza lo antes posible de lo que acababa de descubrir".

Todas las alertas se dispararon. José Antonio Anido se precipitó al interior de su casa de Bayona. Preparó el petate, recogió todo lo que pudo, y se marchó corriendo. Temía la llegada de los terroristas, de los asesinos que en los últimos meses se habían convertido en sus compañeros.

"Al salir de casa observé un vehículo que me vigilaba, eran ellos. Creo que no estoy muerto porque detectaron la seguridad que me daba mi unidad y no tuvieron ocasión de hacerlo. Cogí un avión con destino a Bruselas".

Sentenciado tras una portada de 'Egin'

La cabeza de José Antonio Anido tenía precio. Y lo que era más peligroso, su rostro había dejado de ser anónimo. Una portada del periódico Egin marcó la existencia del agente infiltrado:

"En mayo de 1995 Egin publicaba mi fotografía en su primera página con una condena de muerte por ETA. Tuve que contarles a mis padres toda la verdad, porque hasta ese momento desconocían que estaba infiltrado en ETA. Para ellos fue un gran golpe, temieron por mi vida y la suya cambió bruscamente, ya que tuvieron que salir de su casa, dejar su trabajo y, en definitiva, cambiar de país cuando no pensaban hacerlo".

Una salida abrupta de ETA. Y, de nuevo, otra ruptura en la existencia de José Antonio Anido. Dejar una vida por otra parecía ser el sino del agente, que hoy valora los años en los que convivió con los pistoleros, en los que se vio obligado a brindar por los asesinatos de sus compañeros de sangre benemérita. 

"A pesar de todo, nunca me he arrepentido de haber realizado ese trabajo; únicamente me pesa no haber podido mantener más tiempo mi cobertura y haber obtenido más información".

Historia de un desafío

Historia de un desafío

*El testimonio de Joseph está incluido en 'Historia de un desafío', editado por Península y escrito por los guardias civiles Manuel Sánchez y Manuela Simón. Publicado en octubre de 2017.